miércoles, 12 de septiembre de 2007

Relatos y Artículos


Primer relato de: "Espadas Rojas de Castilla".


Ficha técnica:
190 páginas. Encuadernación rústica. Portada en color. Tamaño : 15 por 21 centímetros. Papel reciclado. P.V.P 15 euros. Editorial Ka-Islas

(c) Eugenio Fraile la Ossa

EL ALTAR EN EL BOSQUE

“Escuchadme, nobles aventureros que, puesta la lanza en la cuja, caída la visera del casco, y jinetes sobre un corcel poderoso, recorréis la tierra sin más patrimonio que vuestro nombre clarísimo y vuestro montante, buscando honra y prez en la profesión de las armas.

La historia que voy a contaros acaeció hace muchísimo tiempo. No puedo deciros cuanto, pero, por aquel entonces, los moros ocupaban la mayor parte de España, se llamaban condes nuestros reyes y las aldeas y villas pertenecían en feudo a ciertos señores que, a su vez, prestaban homenaje a otros más poderosos. Después de oír la historia, los hechos que os voy a referir, podréis llamarme loco, pero vuestras palabras e insinuaciones no harán mella en mi viejo corazón.

Esta historia que os cuento a vosotros con la única intención de haceros pasar un rato distraído en esta noche de perros, me la narró mi padre, a quien mi abuelo hizo lo propio, y ha pasado, salvando la noche de los tiempos, de padres a hijos, desde la época en que sus hechos tuvieron lugar.”

El que así hablaba era un hombre anciano, de rala cabellera gris y doblada espalda. En su arrugado rostro de apergaminada piel brillaban dos ojillos vivaces e inquietos. Cubríase con una humilde capa de burda estameña y se apoyaba en un nudoso bastón de roble ennegrecido. Con fatigoso ademán, se dirigió hacia un taburete cercano a las llamas del hogar, en donde reposó su cansada humanidad. Las llamas rojas y azules, que se enroscaban chisporroteando a lo largo del grueso tronco de encina que ardía en el ancho hogar, daban una expresión irreal al rostro del anciano, que era conocido en el lugar en el que en ese momento se hallaba, con el sobrenombre de “El Abuelo”.

Este lugar era la “Taberna del Peregrino” y todos sus parroquianos conocían al “abuelo” y disfrutaban con sus cuentos extraños que hacían volar la imaginación hasta de los más simples.

Tras sentarse, una vez concluidas sus palabras a guisa de introducción histórica, el viejo narrador guardó silencio durante unos instantes, entrecerrando los ojos, como si recordara pasados días. Cuando pareció que hubo encontrado el hilo de sus pensamientos, habló así, con una voz cascada y silbante:

“Sucedió que, siendo todavía D. Rodrigo Díaz de Vivar un joven caballero que apenas sí contaba veinte años, y no habiendo aún logrado las hazañas que le harían famoso en toda la Cristiandad, bajo su sobrenombre de “Mío Cid”, el rey de Castilla marchó a la guerra de los moros, alzando lo más florido de la nobleza de sus reinos. Con las bendiciones de sus padres y allegados, nuestro joven y noble caballero se aprestó, sin falta, a ponerse bajo la protección, que se prometía gloriosa, de los estandartes reales.

La empresa del rey, una de las más heroicas y atrevidas de aquella época, había atraído a su alrededor a los más célebres guerreros de los diferentes reinos de la Península, no faltando algunos que de países extraños y distantes, como la ignota Tierra de Lhork, llegaran también, llamados por la anhelada fama de unir sus esfuerzos con los del emprendedor rey.

Erguidas a lo largo de la llanura, divisábanse, pues, tiendas de campaña de toda suerte de hechuras, formas y colores, sobre cuyas cimas ondeaban, fieramente al viento, infinidad de enseñas que, rivalizando en vistosidad y cromatismo, pregonaban la nobleza de aquellos a los que representaban.

Era un día de otoño, y en el cielo se arremolinaban las grises y plomizas nubes, cuando Rodrigo, en compañía de otros cuatro caballeros, cabalgaba en avanzada adelantándose hacia las líneas enemigas, dejando atrás la protección del campamento en la llanura. Con la desconfianza en el rostro, los caballeros espoleaban a sus monturas, atentos al menor accidente del terreno que pudieran esconder a un infiel. De repente, al trasponer una pequeña colina, un grupo de cerca de una docena de jinetes arremetió contra ellos. Sus flotantes ropajes los delataron como enemigos. Tras lanzar su salvaje grito de combate, Rodrigo cargó, al lado de sus compañeros, embriagado porque era la primera vez que medía sus fuerzas con el enemigo. A través de los espacios abiertos en su yelmo para permitir la visión, Rodrigo veía acercarse a los árabes. Toda su energía se concentraba en la lanza que se dirigía ya hacia el primero de los contrincantes, que tras unos instantes, mordió el suelo en un estrépito de hierro y polvo. Pero, podría decirse en su consuelo, que fue seguido por todos sus compañeros, pues ante el terrorífico embate, la morisma fue desarzonada. Ya desmontaban los cristianos con las espadas desenvainadas para dar fin al combate, cuando Rodrigo cayó en la cuenta de la fuga de un enemigo, riscos arriba.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó en pos de él, con una furia juvenil que ponía alas en sus pies, sin observar, en su ardor guerrero, cómo sus camaradas de armas iban quedándose atrás, enzarzados en singulares combates. El moro, mejor conocedor del terreno que el castellano, fue tomándole ventaja. Así corrieron ambos, perseguidor y perseguido, durante muchas horas, atravesando valles, cañadas, pedregosas quebradas... para, tras internarse en un umbrío bosque, perderse entre sus sombríos meandros.

Describir la ira de Rodrigo sería imposible y su desesperación inútil. Llamó a grandes voces a sus camaradas, tras caer en su extravío, y únicamente le contestó el eco de aquellas inmensas soledades y el diálogo del viento y los álamos: el primero agitaba los frondosos pabellones de verdor, que derramaban a su alrededor flotantes sombras y el penetrante aroma de las flores silvestres; los otros movían sus plateadas hojas con un rumor inquieto y susurrante, dejando ver, en el contraste de los diversos colores, las madreselvas que subían y se enredaban en sus troncos, para realzar con sus vistosas flores la impenetrabilidad del bosque.

Caía ya la noche y en el cielo surgían las primeras estrellas, análogas a titilantes luminarias, cuando Rodrigo, a la luz de la luna, que rielaba sobre las frondas, se encontró en un claro del bosque. El nocturno astro, que había ido remontándose con lentitud por el ancho cielo, estaba inmóvil y como suspendido encima de los árboles, permitió ver al caballero una gran roca que sobresalía en el centro del claro. Al acercarse y observarla más detenidamente a la luz de la luna, notó que tenía semejanza con un altar, pues se elevaba escasamente dos varas sobre el suelo alfombrado de hojas secas, y daba la impresión de ser de una extraña materia, análoga a mármol sin pulir veteado de trazos fosforescentes.

Sobre su superficie, se hallaban tallados unos extraños signos, de inusitadas formas, cubiertos parcialmente por manchas parduscas, que a Rodrigo le parecieron de sangre ya seca.

El viento dejó su canción. Así, el guerrero pudo apreciar, con la brutalidad de lo instantáneo, algo que había estado rondando el umbral de lo consciente sin manifestarse: no se oía ningún sonido que proviniera de animal alguno. Y recordó las charlas que años atrás tuviera con un fraile cluniacense acerca de cómo las tierras de España habían sido conquistadas, largo tiempo ha, por las legiones de la poderosa Roma. Pero con ellas, decía el fraile, no sólo llegaron las costumbres, el idioma y los cultos romanos, sino también sus inconfesadas perversiones.

Algo en su interior decía a Rodrigo que aquel altar, o lo que fuese, había sido alzado por impías manos romanas, por lo que un estremecimiento recorrió su cuerpo al imaginar los horribles ritos que se habrían celebrado sobre aquella roca pagana y maldita.

Finalmente, tras echar un vistazo a su alrededor, regresó al borde del claro por donde había llegado, y tras desmontar de su cabalgadura y beber agua de un fuente próxima, por la que antes había pasado en su persecución, hizo que su fiel caballo se echara al suelo. Así, amparado por el bosque, pero cerca del claro para poder escapar en caso de ataque, con la silla de montar como respaldo y la desenvainada espada hincada en la mullida tierra, al alcance de su mano, Rodrigo se preparó para pasar la noche. Se dijo a sí mismo que al amanecer regresaría al campamento, o al menos lo intentaría. A pesar de todas estas medidas de tipo defensivo, su oído estaba atento al más leve rumor y sus ojos estaban clavados en la dirección en donde se encontraba el altar, que ahora no era visible desde su posición.

La calma reinaba en el bosque. El silencio se oía, lo que producía una angustiosa sensación. Pero poco a poco, debido bien al peso de la noche que se encontraba en su segunda mitad, o al adormecedor murmullo del agua de la fuente cercana, el joven caballero, que hasta entonces se mantuviera vígil y alerta, comenzó a sentir que sus ideas se elaboraban con más lentitud y sus pensamientos giraban tomando formas más leves e indecisas. Tras mecerse un instante en ese vago espacio que conduce al sueño y que exime a todos los hombres de sus responsabilidades, por graves que sean, Rodrigo entornó los párpados y se quedó profundamente dormido.

Dos o tres horas llevaba ya Rodrigo perdido en las mágicas regiones del sueño. De repente, entreabrió los ojos, sobresaltado, aferrando la empuñadura de su espada, aún embargado por ese estupor tan propio del que vuelve en sí, de improviso, tras un profundo sueño, pues, transportado por el viento y confundido con los roces de las hojas consigo mismas, creyó percibir un extraño rumor de voces tenues y misteriosas, que cantaban acompañando a lánguidas y tintineantes músicas, que enervaron sus sentidos. Con cautela, Rodrigo musitó palabras de silencio dirigidas a su montura y avanzó hacia el claro del bosque, lugar del que procedía aquello que había perturbado su sueño. ¡Y cuál no sería su asombro y estupor al ver la escena que se desarrollaba en torno al altar! Pues, en efecto, se trataba de un altar, como lo iréis viendo por mis palabras.

En primer lugar, el castellano divisó un grupo de hermosas y jóvenes mujeres, ataviadas con ligeras túnicas de gasa de vistosos colores entre los que predominaban los tonos rojos, que se dejaban arrastrar por las cadenciosas melodías que tocaban en flauta doble algunas de sus compañeras, haciendo ondear sus bien moldeados cuerpos, al tiempo que entonaban con sus dulcísimas voces un canto misterioso.

Pero la contemplación de tales bellezas no despertó el asombro de Rodrigo, sino que éste fue causado por el hecho de que sobre el altar, y como si estuviera en trance, se hallaba tendido, completamente desnudo, el cuerpo de un hombre, que revelaba en sus rasgos y complexión al árabe que fuera perseguido el día anterior por él mismo. A su lado se alzaba una abominación de la naturaleza: algo que era, por partes iguales, hombre y cabra y que empuñaba con una peluda garra una curvada daga.

Era tal la extrañeza de la escena, que Rodrigo pugnaba con la parte racional de su yo, mas en vano, que le intentaba convencer de que todo lo que estaba viendo era el producto de su imaginación excitada por un cansancio del que aún no se había repuesto. Pero cuando, coincidiendo con un crescendo en el cántico de las danzantes, el horrendo ser, en un babeante rictus, hundió con veloz gesto el puñal en el corazón de su víctima, las inmateriales cadenas forjadas por la duda, que mantenían al caballero clavado literalmente en su sitio, se rompieron.

Y así, Rodrigo se precipitó en el centro del claro en el estrépito de un grito, con el que quería expresar todo el horror que sentía en su alma, cayendo como una tromba de agua sobre un campo de trigo. Su espada se abatió sin remilgos sobre aquellas endemoniadas formas femeninas, abriendo grandes huecos en sus filas. Pero en el instante en que la acerada hoja caía sin piedad sobre el demonio semi humano, el aire pareció estallar ante él, llenando el claro del bosque con una espesa oscuridad.

El dorado disco del Sol iluminaba ya las tierras de España y los animales del bosque hacían oír su amplia panoplia sonora, cuando los cuatro camaradas de armas de Rodrigo encontraron a su amigo que dormía reclinado en su silla de montar, dando muestras de un gran cansancio.

Nunca supo el castellano si lo ocurrido aquella noche en el claro del bosque fue algo real o el producto de un sueño febril, pues, cuando, ayudado por sus cuatro amigos, redujo a escombros el maldecido altar, encontró, entre las rotas losas que eran su base, una pequeña estatuilla manchada de lo que parecía ser sangre, que representaba un ser con aspecto de sátiro, que apoyado sobre unas negras pezuñas, sostenía una curvada daga entre sus engarfiadas garras.

En el pie de la estatuilla se leía una inscripción en latín que rezaba así:

PRO DIIS PANIBUS CAI...

La significación de estas fragmentarias palabras no dejaban ningún género de dudas acerca de la naturaleza de lo visto por Rodrigo: la corte de ninfas y silvanos rindiendo pleitesía a Pan, o a alguno de sus sirvientes análogos a él, que afincada en lo más profundo de los bosques atraía a los extraviados a su perdición.

Después de aquel su primer lance, nunca más volvió a hablar de lo sucedido en aquella irreal noche, pero cuando ya el Sol se había ocultado en sus cuarteles de sombras y la oscuridad debía ser disipada mediante hogueras en los campamentos, y los únicos sonidos que rompían el nocturnal silencio eran las pesadas y férreas pisadas de los centinelas en su ronda, se podía divisar la figura de Rodrigo que, envuelto en su capa escarlata, miraba hacia los oscuros bosques.

Sabía, en su fuero interno, que volvería a encontrarse con aquel demonio, que entonces solo se interpondría entre ellos la afilada hoja de su espada, y que frente a su arrojo cualquier tipo de magia sería inútil.

La furia del viento abrió una de las ventanas de la taberna, como si el relato hubiera incomodado a las potencias infernales. Con todo, las últimas palabras quedaron flotando en el, hasta ahora, cargado ambiente, mientras las sombras se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, empequeñeciéndose o adoptando formas gigantescas, según que el fuego del hogar desprendiera llamas más o menos violentas.

Tras unos instantes en los que pareció que el tiempo se detenía, las conversaciones de los asistentes, que hasta entonces permanecieron absortos y mudos, en callado homenaje al arte del anciano, subieron de tono para dar explicaciones, a cual más inverosímil, a lo sucedido a Rodrigo Díaz de Vivar en “el bosque encantado”. El viejo narrador, abriendo su descolorido zurrón, palpó con una escuálida mano la figura mitad hombre y mitad cabra que en él encerraba, y sonrió con esa enigmática sonrisa del que posee un secreto que nadie conoce.

(Continua...)


INTRODUCCIÓN HISTÓRICA DEL RELATO “AL SERVICIO DEL REY”

El siguiente relato, "Al Servicio del Rey" (“The King´s Service”) de Robert E. Howard, fue publicado en el volumen "The Sword Woman" de la editorial norteamericana Zebra Books, en su edición de mayo de 1977 preparada por Glenn Lord, como complemento a los tres relatos de Agnes de Chastillon, otra heroína de Howard, que componían el mencionado libro. "The King´s Service", es un relato ambientado en el siglo V d. C. sobre tiempos y lugares exóticos que le deja a uno deseando que hubiese sido terminado por Howard.

La ancestral India, los vikingos, los celtas, los griegos, el desmoronamiento del imperio romano, todos los elementos están aquí. Howard, conocedor sin duda del libro “Historia de los Reyes de Britania” de Geoffrey de Monmouth se permite, incomprensiblemente, por error o debido a que el relato aún no había sido completado y revisado, ciertas licencias e incorrecciones históricas respecto a un tema tan amplio y complejo como son las invasiones germánicas y eslavas en Europa en los siglos V y VI d. C, que contribuyeron en gran medida a la caída del Imperio Romano de Occidente. Recordemos que Howard era un entusiasta de la Historia y que, aunque bastante autodidacta respecto a esta materia, sus conocimientos eran muy extensos y más si se trataba de celtismo, germanismo y temas similares. Sin ir más lejos, Athelred el Sajón y su tripulación son presentados como vikingos, cuando lo correcto desde el punto de vista de la Historia es que hubieran sido de origen Normando -danés, sueco o noruego- y no sajones, que era un pueblo de origen germánico que habitaba en la región del Elba y parte del cual se estableció en Inglaterra en el siglo V llamados por el rey britano Vortegirn para que le ayudaran a luchar contra los pictos, a quienes previamente había traicionado.

Los anglos arribarían también a Inglaterra en el siglo VI. Los llamados “vikingos” eran un pueblo único distribuido por distintas regiones de Escandinavia, que compartían una misma lengua, los mismos dioses y similares costumbres.

Una teoría arqueológica abunda en la idea de que el término “vikingo” servía para designar a quienes componían una expedición marítima de saqueo a tierras más o menos lejanas. Prácticamente, todos los pueblos y territorios cercanos a los vikingos- celtas, gaélicos, anglos, sajones, eslavos -y posteriormente los reinos en los cuales se fragmentó el imperio de Carlomagno tras la muerte de este, sufrieron los ataques de los “hombres del norte”. Otro error es el representar a la tripulación del “pirata sajón” cubiertos con los cascos de doble cuerno, imagen típica del vikingo cinematográfico, excepto en la magnífica película “Alfredo el Grande”, de producción británica, que narra fielmente la unificación de todos los pequeños reinos anglosajones ante las invasiones de los normandos, “hombres del norte”, de pura raza vikinga.

El verdadero casco vikingo era cónico, de cuero o de metal, y solía tener una lengüeta metálica para la nariz y en absoluto tenía cuernos, que hubieran sido una verdadera molestia durante el combate. Otro de los errores que plasma Howard en el relato es el de fijar en ciento cincuenta el número de tripulantes del barco dragón de Athelred. El número máximo de guerreros que navegaban en los barcos vikingos era de sesenta hombres, que actuaban a la vez como remeros y como combatientes.

Pero obviando estos incomprensibles errores en la argumentación howardiana, y centrándonos en el absorbente trasfondo de la misma, como lectores, no podemos por menos que disfrutar ante lo que no deja de ser un fiel exponente del magnífico estilo howardiano en toda su épica grandeza.

Pecando de osado, pero deseando desde el principio respetar el estilo literario y sentimiento épico de REH, (e incluso sus “errores” históricos), he intentado, como un fiel admirador y seguidor de la obra del padre de la Espada y Brujería que soy, escribir el final de "Al Servicio del Rey" puntualizando con las notas anexas al relato los detalles históricos que al lector le fueran más oscuros o desconocidos.

Los lectores me juzgarán, pero como escritor no podía por menos que intentar cerrar una brecha en la obra de Robert E. Howard, autor que ha inspirado a todos aquellos que con mayor o menor acierto nos dedicamos a pergeñar historias en mundos donde los reinos se extienden como brillantes mantos de estrellas y los héroes existen para regocijo de las mentes inquietas y soñadoras.

Eugenio Fraile


Agosto de 2007

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AL SERVICIO DEL REY (THE KING´S SERVICE)


Autores: Robert E. Howard y Eugenio Fraile

Ilustraciones: Rafael Vargas, Estefan Steranko y Archivo “WT de Lhork”


Prólogo

El lento agonizar y la precipitada caída de Roma, conmocionó a todo el mundo occidental. En el rápido advenimiento del Este, las ruinas de las ciudades imperiales causaron sólo un momentáneo retraso en el enjambre de mareas de una humanidad incansable, y sus memorias se desvanecieron de los espíritus de los hombres de la misma forma que el esplendor de la jungla y el polvo del desierto agrietó los muros ruinosos y las torres destrozadas. Así ocurrió en un reino, Nagdragore, en el que sus Rajás con crestas de águila exigieron tributo del Decan, cuando los rubios bárbaros estaban acechando con manos sangrientas las puertas de Roma. Las glorias de Nagdragore han sido olvidadas durante mil años. Ni siquiera en el nublado golfo de una leyenda hindú, en donde centenares de dinastías olvidadas duermen desentendidas hay insinuación alguna de ese desaparecido reino. Nagdragore es uno de los reinos con miles de ruinas sin nombre, una masa de derruida piedra y mármol roto, perdido en las onduladas profundidades de la ciega jungla. Esta historia se desarrolla en los tiempos en los que Nagdragore perdió su esplendor, antes de que decayese y se rindiese ante los blancos Hunos y los salvajes Tártaros y Mongoles; un cuento de la época que vio relucir una joya en el oscuro seno de la India, cuando sus torres imperiales se alzaban doradas, blancas y púrpuras azuladas, fijando la mirada con el orgullo de un destino asegurado a través del círculo verde, del blanco y espumoso golfo de Cambay.

1


"Las Nieblas desaparecen"

Velludas y terribles, las crueles manos descansaban en el largo remo hecho de madera de arce y ojos gélidos miraban a través del fino velo brumoso. Era un barco extraño para provenir de las aguas del Este; largo, estrecho, bajo de talla, alto de popa y proa. Esta se curvaba bajo la forma tallada de una cabeza de dragón que caracterizaba esa embarcación tripulada por enormes guerreros de barbas rubias y helados ojos claros. En la popa había un pequeño grupo de hombres, y uno de ellos, gigante de ojos inquietantes y frente amenazadora, maldijo para sus adentros.

-Sólo las hordas de Halheim sabran donde estamos y en que dirección navegamos; sin embargo, el agua y la comida empiezan a escasear. Hrothgar, dices que tendría más sentido navegar hacia el Este, por Thor-

Un repentino grito se escuchó entre los tripulantes al tiempo que los remeros se quedaban boquiabiertos. Ante ellos la niebla se iba despejando y ahora, pendientes del oscuro cielo, una súbita llamarada de gemas y mármol estalló ante sus ojos. Parpadearon, temerosos ante las torrecillas, cúspides y murallas de una poderosa ciudad en el cielo.

-¡Por la sangre de Loki! -juró el jefe vikingo- ¡Es Midgaard!

Alguien rió en la popa. El vikingo se volvió hacia él irritado. Ese hombre no era como sus compañeros. Era el único que no llevaba armas ni cota de malla, sin embargo, el resto de los hombres le miraban con una especie de hosco respeto. Había en su porte una dignidad leonina, nobleza de formas y una realización de poder sin arrogancia. Alto, ancho de hombros y muy poderoso, tenía una cierta agilidad felina de la que los demás guerreros carecían. Su cabello era tan dorado como el de ellos, sus ojos igual de azules, pero nadie le habría confundido con uno de ellos. Su rostro fuerte y bronceado por el sol expresaba con viveza las caprichosas burlas que eran tan habituales en el carácter de los celtas.

-¡Donn Othna!- exclamó furioso el jefe de los piratas.- ¿De qué te ríes ahora?-

El otro sacudió la cabeza.

- Sólo me río de pensar en la resplandeciente belleza que podría ver un Sajón en esta fría ciudad; dioses salvajes que construyeron con espadas y calaveras más que con mármol y oro.

La brisa despejó las nieblas y la ciudad brilló más claramente. Puerto y muros surgían a través de la nube gris con asombrosa agilidad.

-Es como una ciudad de ensueño-murmuró Hrothgar con fríos y extraños ojos asombrados.- La niebla era menos densa de lo que pensábamos por lo que debemos habernos acercado a un puerto desconocido. Mira las embarcaciones que atestan esos muelles. ¿Y ahora qué, Athelred?

El gigante frunció el ceño.

-Nos han visto. Si zarpamos ahora tendremos a una veintena de galeras precipitándose sobre nosotros, pienso yo. Y deberíamos conseguir agua fresca- ¿Qué piensas tú, Donn Othna?

El celta se encogió de hombros.

-¿Quién soy yo para pensar nada? No estoy por encima de ti, pero creo que no podemos huir ya que dar la vuelta ahora en verdad, levantaría sospechas. Debemos mantener un frente audaz. Allí veo muchos barcos mercantes que tienen aspecto de venir de muy lejos y puede que esa gente no repare en nosotros. ¡No todos los pueblos son sajones!- concluyó el celta burlonamente.

Athelred gruñó rudamente al timonel que había estado descansando durante el diálogo entre ambos guerreros, sorprendiéndole un bostezo. Los largos remos de arce empezaron a agitar las olas de nuevo y la intrépida galera se deslizó hacia el puerto soñado. Las otras embarcaciones estaban remando también a su encuentro. Extrañamente construidas y ricamente talladas, las galeras tripuladas por hombres de piel oscura se deslizaron a lo largo de la orilla. Los vikingos contemplaron con asombro los adornos del costado de los barcos, y a los guerreros con turbante y rostros de cuervo cuyos trajes de plata y seda brillaban, y a sus armas que rielaban con cinceladuras de oro y brillantes gemas. Se quedaron atónitos ante los pesados arcos de acero, los dorados escudos, las estrechas lanzas y los curvados sables. Y mientras tanto, los orientales contemplaban fijamente a su vez, con igual asombro, a esos hombres de piel blanca, gigantes de pelo rubio, con sus cascos de cuernos, sus escamosas faldas de malla y sus resplandecientes hachas afiladas. Un alto jefe de barba oscura se levantó en la cubierta de la embarcación más cercana y gritó a Athelred, el cual le contestó en su propia lengua. Ninguno de los dos podía entender al otro y el jefe sajón comenzó a irritarse con la peligrosa impaciencia propia del bárbaro. Se respiraba la tensión en la aire. Los vikingos dejaron caer disimuladamente sus remos en busca del tranquilizador tacto de sus hachas, y a su vez, a bordo de las otras embarcaciones las cuerdas de los arcos se deslizaron en las muescas de las lengüetas. Entonces, Donn Othna, en un desesperado intento, gritó un saludo en latín. Instantáneamente se produjo un cambio en el jefe del bando contrario. Saludó con el brazo y contestó con una simple palabra en la misma lengua, que a Donn Othna le pareció una respuesta amiga. El celta habló algo más pero el jefe volvió a repetir la misma palabra latina y con un movimiento de su brazo, indicó a los extranjeros que podían precederle hasta el puerto. Los guerreros, a la orden de su jefe, empuñaron de nuevo los remos y el barco dragón se abrió camino hacia el puerto teniendo a un lado el muelle y al otro a una escolta de numerosas galeras. De pronto, el jefe del Este se aproximó al costado del barco y por gestos indicó que pretendían permanecer a bordo de su embarcación por un tiempo. La barba de Athelred se erizó al oír esto, pero no se podía hacer otra cosa. El jefe se alejó con grandes zancadas haciendo entrechocar sus armas, y un número de altos y barbudos guerreros tomaron posiciones en los muelles. Donn Othna apercibió que excedían en número a su tripulación y que a su vez también portaban temibles armas. Una enorme concurrencia de gente apareció sobre los muelles, gesticulando y gritando de admiración, mirando con grandes ojos a los feroces gigantes de piel blanca quienes devolvieron su mirada igualmente fascinados. Los arqueros hicieron retroceder con rudeza a la multitud, forzándoles a dejar un amplio espacio libre. Donn Othna sonrió; en mayor medida que sus impasibles compañeros, él sí que apreció el excéntrico panorama de color que se desplegaba ante sus ojos

-Donn Othna- era Athelred gruñendo detrás de él -¿De qué lado estás tú?

El gigante agitó una enorme mano señalando a los guerreros de los muelles.

-¿Si esto se convierte en una batalla campal, lucharás con nosotros o me apuñalarás por la espalda?

El descomunal celta rió cínicamente.

- Extrañas palabras hacia un prisionero. ¿Qué utilidad tendría una sola espada contra tus anfitriones?- Entonces la expresión de su rostro cambió.-Tráeme la espada que tus hombres me quitaron; si tengo que ayudarte no quiero parecer un esclavo ante los ojos de esta gente.-

Athelred refunfuño para sus adentros ante la abrupta orden, pero bajando sus ojos ante la fría mirada del otro gritó algo a uno de sus hombres. En ese instante, un enorme guerrero subió a la popa trayendo consigo una larga y pesada espada protegida por una funda de cuero, atada a una ancha hebilla plateada. Los ojos de Donn Othna centellearon al coger el arma y se la abrochó en su cintura. Tendió la mano hacia la suntuosa empuñadura de marfil con su pesado guardamano de plata y la desenvainó hasta la mitad. La doble y afilada hoja de una azul siniestro, zumbó tenuemente.

-¡Por Thor!- murmuró Hrothgar. -¡Tu espada canta, Donn Othna!-

- Canta por su vuelta a casa, Hrothgar- contestó el celta- Ahora sé que allá en la costa está la tierra de Hind, donde nació mi espada forjada por el martillo de un mago y posteriormente fraguada oscuros años atrás. Existió una vez un magnifico sable que pertenecía a un poderoso emperador del Este conquistado por Alejandro. Este se lo llevó consigo a Egipto donde residió hasta que los romanos llegaron y un cónsul se apoderó de él. No gustándole la hoja curvada, mandó llamar a un forjador de espadas de Damasco quien rehizo la hoja ya que los romanos usaban espadas rectas. Apareció en Bretaña de la mano del Cesar y fue perdida por los gaélicos en una gran batalla en el Oeste. Yo mismo se la arrebaté a Eochaidh Mac Ailbe, rey de Erin, a quien maté en una batalla naval en la costa del Oeste.-concluyó sencillamente su relato el celta.

-Una espada para un príncipe-dijo Hrothgar con sincera admiración-¡Mira, alguien viene!-

Con un formidable grito y entrechocar de armas, una poderosa concurrencia bajaba tumultuosamente hacia los muelles. Un millar de guerreros con brillantes armaduras, montados en caballos árabes, camellos y mastodónticos elefantes escoltaban a una figura sentada en un balancín sobre los lomos de un majestuoso ejemplar de largos colmillos recubiertos con finas placas de oro. Donn Othna divisó un enjuto y altivo rostro de oscura barba y nariz aguileña; profundos ojos negros, translúcidos pero penetrantes, que vigilaban a los occidentales. El celta percibió que ese rey, señor o lo que fuese, no era de la misma raza que sus súbditos. La cabalgata se detuvo delante del barco dragón. Las trompetas, acompañadas de platillos ensordecedores, desgarraron los cielos con una atronadora fanfarria, y a continuación un jefe vestido llamativamente espoleó su caballo más allá, y vociferando a pleno pulmón desde su silla de montar irrumpió con una grandilocuente lluvia de palabras que no significaban absolutamente nada para los anonadados occidentales. El personaje del balancín mandó callar a su vasallo mediante un lánguido agitar de su blanca y engalanada mano y habló en claro y puro latín.

-Está diciendo, amigos míos, que el exaltado hijo de los dioses, el gran rajá Constantius, os ofrece el inmerecido, desconocido y totalmente asombroso honor de venir en persona a saludaros .

Todos los ojos se volvieron hacia Donn Othna, el único hombre a bordo de la larga serpiente que podía entender las palabras. Los enormes sajones le miraron con rabia igual que grandes niños desconcertados, y fue también en él donde todos los ojos de los orientales se concentraron. El alto celta, de brazos cruzados, la cabeza echada hacia atrás, se encontró firmemente con la mirada del rajá, y a pesar de todo el esplendor y atavíos del oriental, su majestuosidad no era menos aparente que la imponente apostura del occidental. Eran dos líderes por naturaleza, enfrentados cara a cara, reconociéndose a sí mismos su regio nacimiento

-Yo soy Donn Othna, un príncipe de Bretaña- dijo el celta- Este jefe es Athelred de los Sajones. Hemos navegado durante largas lunas y deseamos únicamente paz y una oportunidad para comerciar a cambio de comida y agua. ¿Qué ciudad es esta?-

-Esto es Nagdragore, uno de los más importantes principados de la India- contestó el rajá.- Venid a tierra; sois mis invitados. Hace mucho tiempo desde que volví mi rostro al Este y estoy hambriento de hablar con un hombre en la vieja lengua de Roma y conocer las noticias del Oeste.-

-¿Qué ha dicho? ¿Es la paz o la guerra? ¿Dónde estamos?- Las continuas preguntas de los sajones asediaban al celta.

-Estamos en efecto en el país de Hind-respondió Donn Othna- Pero este rey no es hindú. ¡Si no es griego, entonces yo soy un Sajón! Nos invita a ser sus invitados en tierra; eso puede significar ser sus prisioneros, pero no tenemos elección. Quizás quiera negociar de forma justa con nosotros.

2

Donn Othna alzó una copa tallada en piedras preciosas y bebió profundamente. La posó y miró más allá de la rica mesa de madera de teca al rajá que degustaba las viandas sensualmente en el diván de seda. Estaban solos en la habitación, exceptuando al enorme negro mudo que, vestido sólo con un taparrabos de seda, se erguía justo detrás de Constantius, portando una cimitarra de ancha hoja casi tan larga como él.

- Bien, príncipe- dijo el rajá, jugueteando ociosamente con un espléndido zafiro en su dedo- ¿No he jugado limpiamente contigo y con tus hombres? Incluso en este mismo momento se atiborran y engullen unas comidas y bebidas con las que nunca habían soñado que existieran, y descansan en cojines de seda, mientras que unos músicos tocan instrumentos de cuerda para complacerles y ágiles chicas como panteras danzan para ellos. Ni siquiera les he quitado sus hachas. En cuanto a ti, aquí estás, festejando conmigo pero veo suspicacia en tus ojos.-

Donn Othna señaló la espada que se había desabrochado y dejado en un pulido banco.

-No he sacado de la eslinga la espada de Alejandro. ¿No confío en ti entonces? En cuanto a los sajones, ¡Crom, bromeas!, son como osos en un palacio. Si hubieras pensado en desarmarlos su asombro se habría transformado en desesperada rabia y esas mismas hachas habrían bebido profusamente en las rojas mareas. No es suspicacia lo que ves en mis ojos sino sorpresa. ¡Por los Dioses! Cuando era un impulsivo muchacho que únicamente había luchado ante las aldeas de los scotos y en los oscuros y profundos bosques pictos, en las marchas del oeste me maravillaba ante Tara en Erin y me asombraba ante Caer Odun. Después, cuando era un joven y combatí en los territorios conquistados por los romanos, pensaba que Corintia, Aquae Suli, Eburacum y Lundinium eran las ciudades más poderosas de la tierra. Cuando alcancé la madurez, la memoria de aquellas se esfumó ante mi primera vista de Roma, aunque se estaba derrumbando bajo los profanos pies de Godos y de Vándalos. Y ahora, Roma parece un lugar sin brillo cuando contempló las abarrotadas espirales y las torres de dorados engastes de Nagdragore!

Constantius asintió con una cierta amargura en sus ojos.

-Es un imperio por el cual merece la pena luchar, y una vez tuve sueños de atravesar la tierra de la India de mar a mar. Pero háblame de Roma y del imperio Bizantino; hace ya mucho tiempo desde que volví mi rostro hacia el Este. Entonces los bárbaros germanos estaban rebasando los límites territoriales romanos, Genserico (1) estaba saqueando la mismísima ciudad imperial y rumores de unas extrañas y terribles gentes llegaron al imperio romano de Oriente el cual sé retorcía bajo los talones de los Ostrogodos.

-¡Los Hunos!-exclamó Donn Othna, con su cara brillando de furia- Sí, surgieron del Este como un vendaval de muerte e igual que una plaga de langostas. Empujaron a los Godos, los Francos y los Vándalos ante ellos y pisotearon Roma a su paso. Entonces con el mar enfrente de ellos, no pudieron volar más allá. Y regresaron acorralados, enfrentándose a los restos de las otrora orgullosas legiones de Roma y sus romanizados aliados en Chalons.(2) ¡Por los dioses, aquello fue una terrible matanza! ¡Allí, los cuervos se alimentaron a su gusto y las hachas se saciaron de sangre! Continuaron su paso sobre nosotros como una marea negra, y como una ola que rompe en las rocas, rompieron ellos en el muro de defensa germano y en las filas de las legiones de Aetius (3)

-¿Estuviste allí?- preguntó con mal disimulada admiración Constantius.

-Sí, ¡con quinientos hombres de mi tribu!

Los ojos de Donn Othna llamearon y golpeó violentamente con su puño haciendo resonar toda la mesa.-Navegamos con aquellas olvidadas legiones britanas que acudieron al auxilio de Roma y no volvieron nunca a su tierra natal. En las llanuras de la Galia e Italia se encuentran los huesos putrefactos de muchos de aquellos que eran miembros de un clan celta del Oeste que nunca se inclinó ante Roma, pero que siguieron a sus civilizados parientes romanizados a las guerras para intentar detener a los lobos sanguinarios del este que arrasaban a sangre y fuego los restos de un imperio que agonizaba. Luchamos todo el día y al final, los Hunos se dispersaron ¡Por Crom, mi espada estaba roja y cuajada de sangre desde el puño hasta la punta, y apenas podía sostener mi arma! ¡De mis quinientos hombres, sólo cinco sobrevivieron! Pues bien, mientras esto ocurría, Vortegirn (4), dos años antes de esto que te cuento, había llamado a los sajones del continente para ayudarle contra los Pictos a quienes había traicionado. Tras la batalla de Chalons, regresé a Britania aún lamiéndome las heridas que me habían dejado como recuerdo las espadas de los Hunos y en el torbellino de la guerra que barría las costas del Sur, caí cautivo de Atherlred el Sajón quien, conociendo mi nombre y mi rango, quiso retenerme en vista de un posible rescate. Pero algo extraño pasó.-Donn Othna hizo una pausa y rió brevemente.-Nosotros, los del Oeste odiamos de forma persistente, y nuestros vecinos Gaélicos hacen un culto de la revancha, pero ¡Por Crom!, yo nunca imaginé como podía ser el ansia de venganza hasta que avistamos los barcos de Asgrimm el Anglo(5)

Ese rey del mar tenía una antigua deuda de sangre con Athelred y le dio caza con sus diez largas serpientes. ¡Por Crom!, nos persiguió alrededor de medio mundo! Se pegó a nuestra popa igual que un perro de caza, y no podíamos eludirle. Le hicimos correr alrededor de la costa gala hasta pasada Hispania, en cuyas norteñas costas y en el interior de aquella tierra mis hermanos celtas mantuvieron una lucha feroz con los Hijos de Roma. Cuando quisimos girar hacia el Mediterráneo, nos bloqueó el paso conduciéndonos a las Columnas de Hércules. Durante todo el tiempo huimos hacia el Sur plagado de pasos tétricos, vaporosas costas, nauseabundas ciénagas y oscuras junglas donde salvajes negros desnudos nos gritaban y lanzaban flechas desde arenosas playas. Al fin bordeamos un cabo envuelto en terribles tormentas y nos dirigimos al Este. Y en algún lugar del camino nos libramos de nuestros perseguidores. Desde entonces hemos navegado y remado al azar. Como puedes ver, rey Constantius, mis noticias son solamente de hace un año.-

Los profundos y oscuros ojos del rajá reflejaban un oculto pensamiento. Suspiró y bebió abundantemente de la copa que el esclavo negro le llenó después de haberla probado este primero.

-Hace casi veinte años que navegué desde Bizancio con comerciantes ciprios hacia Alejandría. Era un joven totalmente ignorante y lleno de admiración por el mundo, pero con sangre real en mis venas. Desde Alejandría erré por intrincados caminos hasta Damasco, y allí me uní a una caravana que regresaba a Shiraz en Persia. Más tarde, busqué perlas en el golfo de Omán y fue allí donde fui capturado por un pirata de las islas Maldivas que me vendió en una subasta de esclavos en Nagdragore. No es necesario que te cuente la enrevesada ruta que seguí para alcanzar el trono. La vieja dinastía se estaba desmoronando, a punto de caer. Nagdragore fue asolada por incesantes guerras con los reinos vecinos. Fue un largo sendero teñido de rojo, lleno de conspiración y traición el que tuve que seguir, pero hoy soy el rajá de Nagdragore, aunque el trono tiemble bajo mis pies.- Constantius apoyó los codos en la mesa y su barbilla en sus manos; sus grandes y melancólicos ojos se clavaban en el gigante rubio que tenía frente a él.-

-Tú eres igualmente un príncipe, aunque tu palacio sea una choza de zarzas.-dijo este-Pertenecemos al mismo mundo, aunque mi nacimiento haya sido en una punta, y el tuyo en el otro extremo de este mundo. Necesito hombres en quienes poder confiar. Mi reino está dividido internamente y yo juego enfrentando un jefe contra el otro para la desgracia de Nagdragore, pero en mi propio beneficio. Mis jefes enemigos son Anand Mulhar y Nimbaydur Singh. El uno es rico, cobarde y avaricioso; demasiado precavido y suspicaz para oponerse a mí abiertamente. El otro es joven, apasionado, romántico y valiente, pero una víctima de los prestamistas que vigilan los saltos del pez. La gente corriente me odia porque aman a Nimbaydur Singh que tiene trazos de sangre real en sus venas. A los nobles, los Rajsputs, no les gusto porque soy un extranjero. Pero gobierno a los prestamistas y, a través de ellos, a Nagdragore. La guerra es un secreto en mayor o menor medida en el que me están oprimiendo Anand Mulhar por un lado, y Nimbaydur Singh por el otro, pero todavía mantengo en mis manos las riendas del poder. Se odian demasiado entre ellos para aliarse contra mí. Pero es la silenciosa daga asesina a la que tengo que temer. No confío totalmente en mi guardia, pero una cierta incertidumbre es mejor que una suspicacia absoluta que sería todavía más peligrosa. Ese es el motivo por el que bajé yo personalmente a los muelles a recibiros. ¿Os quedaríais tú y esos bárbaros aquí en el palacio y pelearíais para mí si la ocasión llegase? No puedo nombrarte oficialmente mi salvaguardia porque ofendería a los nobles y todos se levantarían instantáneamente contra mí. Pero aparentemente os haría formar parte del ejército; permaneceréis aquí en Palacio y tú, príncipe, podrías ser mi compañero de festines.

Donn Othna esbozó una lenta y tenue sonrisa y estiró su brazo para alcanzar la jarra de vino.

-Hablaré con Athelred-dijo- Pienso que aceptará.

3

El britano encontró a Athelred sentado con las piernas cruzadas en un sofá de seda, desgarrando una gran pieza de cordero asado, entre enormes tragos de vino hindú. El sajón refunfuñó un saludo y siguió atracándose de comida y bebida, mientras que Donn Othna se sentaba lanzándole una mirada burlona. La tripulación pirata se derrumbaba cómodamente en los almohadones del suelo de mármol y sorprendidos ante la magnifica estancia, miraban curiosamente sobre sus cabezas la cúpula ricamente adornada o bien fijaban su mirada hacia el exterior de las ventanas de dorados barrotes donde se podían ver patios con frondosos árboles y exóticas flores perfumando el aire, o bien daban paso a aposentos guarnecidos con fuentes que arrojaban un destello plateado al aire. Se mostraban curioso y encantados igual que niños y suspicaces como lobos. Cada uno guardaba su terrible afilada hacha al alcance de su mano.

-¿Qué hacemos ahora, Donn Othna?-dijo Athelred entre dientes, sin dejar de masticar-

-¿Qué harías tú?- eludió el britano la pregunta-

-Pues bien- el pirata balanceó un hueso medio roído- aquí hay un botín que conseguiría que los ojos de Hengist (6) se abrieran de par en par y que haría la boca agua a Cerdic. (7) Déjanos hacer esto; por la noche nos levantaremos furtivamente y prenderemos en llamas el palacio; así, aprovechando el alboroto, arrebataremos fácilmente el botín y no nos resultará difícil recorrer el camino hacia nuestro barco que permanece sin vigilancia en los muelles. Entonces, ¡rumbo a los mares del Oeste! ¡Cuándo mi gente vea lo que traemos, habrá un centenar de barcos dragón siguiéndonos! Saquearemos Nagdragore como Genserico saqueó Roma y esculpiremos un reino con nuestras hachas.

-Atraerá a los lobos de mar de la Bretaña y en especial a tu perseguidor, el anglo Asgrimm.- dijo Donn Othna severamente.

-Puede ser. Pero es un plan demasiado ambicioso para olvidarlo, incluso si atrajera detrás nuestro a esos perros de la Anglia- comentó con los ojos brillando de furia y codicia a un tiempo el sajón.

- En el caso de que lográsemos ocultar la traición a nuestro huésped, no podríamos recorrer ni la mitad de la distancia al barco. ¿Ciento cincuenta hombres contra un posible bloqueo de cincuenta mil? No pienses más en ello.-aseveró el celta negando con un movimiento de su cabeza.

-¿Entonces qué?- gruño Athelred. -¡Por Thor, parece que nuestras posiciones han cambiado! ¡A bordo del barco tú eras nuestro prisionero! ¡Ahora, más bien somos nosotros los tuyos! Hereditariamente somos enemigos; ¿Cómo puedo saber si pretendes jugar limpio con nosotros? ¿Cómo puedo saber que habéis estado maquinando el rey y tú entre vosotros? Quizás planeáis cortarnos las gargantas.

-Y sin saberlo debes aceptar mi palabra-contestó con calma el príncipe- No tengo ninguna simpatía hacia ti o hacía tu raza, aunque sé reconocer a un hombre valiente. En nuestro propio beneficio, debemos actuar en este asunto conjuntamente. Sin mí no tienes intérprete; sin ti, no tengo el respaldo de las armas para hacerme respetar. Constantius nos ha ofrecido un puesto en su guardia de palacio. No confió en él más de los que tú confías en mí; el trato no se cumplirá por su parte en el momento en el que esté en ventaja. Pero hasta entonces nosotros salimos ganando si cumplimos su petición. Conozco a los hombres, y la avaricia no es uno de los defectos de éste. Nadaremos en su abundancia. Justo ahora necesita nuestras espadas. Después no le haremos falta y podremos embarcar de nuevo, pero entiende, Athelred, que éste apoyo que te hago ahora es mi rescate.-

-Lo juro por mi espada- gruñó Athelred y Donn Othna asintió satisfecho, sabiendo que el franco sajón era un hombre de palabra.

-El Este está lleno de posibilidades ilimitadas- dijo el britano- Aquí, un corazón intrépido y una afilada espada pueden llevar a cabo tanto o más que en el Oeste y, además, la recompensa es mayor. Ahora mismo, dudo de sí Constantius confía en mí plenamente y debo probarle que somos de gran valor para él.

4

La oportunidad llegó antes de lo que él esperaba. Durante los días siguientes, Donn Othna y sus compañeros vagaron por los laberínticos recovecos de la ciudad del Este, asombrados por los extraños contrastes; el esplendor y la riqueza de los nobles, la miseria y la suciedad de los pobres. Para aquel que se alzaba en el trono, no existía la menor paradoja. Donn Othna se sentó en la habitación de oro batido y bebió vino con el rajá Constantius, mientras que el enorme y silencioso hombre negro les servía. El príncipe britano se quedó mirando curiosamente el rajá. Constantius bebía desmesuradamente, de un solo trago. Estaba borracho, sus extraños ojos se oscurecieron y eran más transparentes que nunca.

-Eres un alivio al igual que una protección para mí, Donn Othna- dijo éste, con un ligero hipo- Contigo puedo ser yo mismo, por lo menos eso creo. Confío en ti porque llevas el limpio y sincero poder de los vientos del Oeste y el húmedo y salado sabor de los mares del Norte. No necesito estar en guardia para siempre. Te digo, Donn Othna, que éste negocio del imperio no es de los que se hacen por la comodidad o por la felicidad. Si tuviera que vivir mi vida de nuevo, preferiría ser lo que fui una vez, un joven de piel morena y musculoso, buceando en busca de perlas en el golfo de Oman y desperdiciándolas luego con chicas árabes de ojos oscuros y penetrantes Pero el manto púrpura es mi maldición y mi obligación por nacimiento, igual que para ti. Soy rajá, no porque fuera astuto o hábil, sino porque tengo en mis venas la sangre de emperadores y seguí un destino que no puedo eludir. Tú, también, vivirás para imponer un trono y maldecir la corona que soportará tu cansado cuello. ¡Bebe!

Donn Othna rechazó la jarra ofrecida.

-Ya he bebido bastante y tú también- dijo sin rodeos-¡Por Crom, he descubierto ser bastante glotón y borracho! Eres increíblemente listo e sorprendentemente hábil. ¿Cómo puede ser rey un hombre como tú?

Constantius rió.

-Esa es una pregunta que a otro hombre le costaría su cabeza. Te contaré por qué soy rey; porque puedo halagar a los hombres y ver a través de su arrogancia; porque conozco las debilidades de un hombre fuerte; porque sé como usar el oro; porque carezco de cualquier escrúpulo y recurro a cualquier método justo o sucio para obtener mis fines; porque habiendo nacido en el Oeste y crecido en el Este, tengo la astucia de ambos mundos. Porque, aunque soy por lo general un necio, tengo momentos de verdadero ingenio, más allá de la capacidad de coherencia de un hombre sabio. Y porque, y todas mis anteriores aptitudes serían inútiles sin esta, tengo el poder de moldear a las mujeres igual que la cera en mis manos. Déjame mirar a los ojos de cualquier mujer y tenerla cerca de mí y será mi esclava para siempre.

Donn Othna encogió sus poderosos hombros y posó su jarra.

-El Este me provoca una extraña fascinación- dijo Othna- aunque hubiera preferido gobernar una tribu de desgreñados cimerios. Pero, ¡por Crom, tus propósitos son enmarañados y extraños!

Contantius rió y se levantó titubeando. El retiro del rajá era atendido solamente por un enorme mudo negro. Donn Othna dormía en una habitación colindante a la habitación de pan de oro. Y ahora, Donn Othna, despidiendo a su propio esclavo, anduvo hacia la pesada ventana de barrotes que daba afuera a un patio interior, y respiró profundamente los picantes perfumes del Oriente. La ensoñadora antigüedad de la India rozó sus párpados con adormecidos dedos y en las profundidades de su oscura alma se removieron sus recuerdos sobre su raza. Después de todo, sentía un cierto parentesco con aquellos Rajsputs de cara de halcón y ojos afilados. Eran de su sangre, si eran ciertas las antiguas leyendas de los días en los que los hijos de Aryon eran una gran tribu en los oscuros tiempos, antes de que los ancestros de Nimbaydur Singh se exiliaran de la nación hacia aquella gran deriva del sur, y antes de que los ancestros de Donn Othna comenzaran su larga emigración hacia el Oeste. Un débil sonido le devolvió de vuelta al presente. Mediante rápidos pasos atravesó la habitación y miró hacia el aposento de pan de oro, a través de la cortina de tela dorada.

5

Una bailarina había entrado en la habitación y Donn Othna se preguntó con asombro cómo podía haber llegado ahí con los guardianes del exterior vigilando la puerta. Era una pequeña joven, delgada, ágil y bonita, su ligera faja de seda y el dorado peto acentuaban su sinuosa hermosura. Se acercó hacia el enorme negro que le observaba de forma amenazadora. Se aproximó a él, sus encarnados labios suplicantes, sus profundos ojos lujuriosos, extendiendo sus pequeñas manos vueltas hacia arriba implorantes. Donn Othna no pudo entender lo que decía, aunque había aprendido mucho del lenguaje de los Rajput, pero vio como el negro negaba con su enorme cabeza y levantaba de forma amenazadora su descomunal cimitarra. La joven estaba muy cerca del mudo ahora y se movió como una cobra.

De algún lugar de sus escasas prendas sacó una daga y con el mismo movimiento le asestó un golpe debajo del corazón. El mudo se tambaleó igual que un enorme ídolo negro, su espada resbaló de su nerviosa mano y luego él cayó al suelo, su cara retorciéndose por la agonía del esfuerzo que hacía su media lengua para avisar a su amo. Entonces la sangre salió a borbotones de la silenciosa boca entreabierta y el esclavo permaneció quieto. La chica brincó rápida y silenciosamente hacia la puerta, pero Donn Othna se colocó delante de ella de un solo salto. La examinó durante un fugaz segundo, y a continuación ella saltó a su garganta como una furia. Las danzas del Este volvían a sus devotas ágiles y cada uno de sus músculos duro como el acero. Años atrás, cuando los occidentales invadieron el Este de nuevo, se encontraron con que una esbelta chica podía resultar ser mejor rival que un hombre. Pero aquellos hombres no habían tirado nunca de los remos en una galera, blandido un hacha de guerra que pesase veinte libras, ni refrenado a cuatro salvajes caballos de cuadrigas sobre sus cuartos traseros. Donn Othna mostró su furia felina, la desarmó con un ligero esfuerzo y la sostuvo bajo su brazo igual que a un niño No sabía cuál iba a ser su siguiente paso cuando de repente apareció el rajá saliendo de la habitación real, sus ojos seguían enturbiados por el vino.

Un simple vistazo le bastó para comprender lo que había sucedido.

-¿Otra mujer asesina?- preguntó con indiferencia-Mi trono contra tu espada, Donn Othna, a que fue Anand Mulhar quien la envió. Nimbaydur Singh es demasiado honrado para semejantes tretas, el incauto es honorable por encima de todo.

De forma despreocupada tocó con el dedo del pie el cuerpo de su fiel esclavo, pero no hizo ningún comentario.

-¿Qué hago con la fierecilla?-preguntó Donn Othna.-Es demasiado joven para colgarla... ¿y si la dejamos marchar?

Constantius negó con la cabeza.

- Ni una cosa ni la otra; déjame que me quede con ella.

Donn Othna le entrego la chica al rajá con la misma facilidad que a un niño, contento de librarse de los arañazos y mordiscos del pequeño demonio. Pero al primer contacto con las manos de Constantius se quedó quieta, temblando como un corcel asustado. El rajá se sentó en un diván y forzó, sin brusquedad pero sin piedad, a la chica a arrodillarse delante de él.

Lloriqueó un poco, bastante más asustada de la tranquilidad del griego que de la furia de Donn Othna. Una blanca mano enjoyada sujetaba sus finas muñecas, la otra reposaba sobre su cabeza forzándola a levantar la mirada hacia el rajá que mantenía la vista imperturbable ante sus ojos huidizos.

- Eres muy joven pero muy estúpida- dijo Constantius en un tono pausado- Viniste aquí para matarme porque algún perverso amo te envió-su mano la acarició lentamente igual que un hombre acaricia a un perro- Mírame a los ojos; yo soy un amo justo. No te haré daño; te quedarás conmigo y me amarás.

- Si, amo- la chica contestó en voz baja como si estuviera en trance; sus ojos ahora no trataban de evitar a Constantius. Estaban muy abiertos y poseían un nuevo y extraño brillo; se amilanó bajo la caricia del rajá. Éste sonrió y la calidad de esa sonrisa le hizo extrañamente atractivo.

-Dime quien eres y quien te envía- ordenó éste, y ante el completo asombro de Donn Othna, la chica inclinó su cabeza obedientemente.

-Soy Yatala; mi dueño Anand Mulhar me envió para matarte, mi señor. He bailado en tu palacio más de una noche. Mi señor me vendió en la subasta de esclavos y tu eunuco jefe me compró entre otras bailarinas. Estaba bien planeado, amo. Vine anoche y seduje a los guardianes; entonces cuando me dejaron acercarme, viendo que era menuda y estaba desarmada, aproveché para soplar unos polvos secretos en sus ojos, y de esta forma el sueño se apoderó de ellos. Después cogiendo una daga de uno de ellos, entré aquí, y ya conoces el resto, mi señor.

Ocultó su rostro entre las rodillas de Constantius y el rajá miró a Donn Othna con una vaga sonrisa.

-¿Qué piensas ahora, Donn Othna, de mi poder sobre las mujeres?

- Eres un demonio- respondió el príncipe con franqueza. -¡Apostaría mi cabeza a que ninguna tortura podría haber arrancado de esa chica lo que te acaba de contar ella libremente!

Unas cautelosas pisadas sonaron a lo lejos. Los ojos de la chica se encendieron con repentino terror.

-¡Cuidado, mi señor!- gritó- ¡Es Tamur, el estrangulador de Anand Mulhar; me siguió para asegurarse!

Donn Othna se giró hacia la puerta y la abrió revelando una terrible figura.

6

Tamur era más alto y pesado que el poderoso britano. Desnudo excepto por un taparrabos, su oscura piel bronceada resaltaba sus poderosos músculos de hierro. Sus miembros eran igual que el roble y el hierro, ágiles y elásticos como los de un tigre, y sus hombros increíblemente anchos. Un corto y macizo cuello sostenía una bestial cabeza. La baja y sesgada frente, la olfativa nariz, la cruel abertura de la boca, las pegadas orejas, el afeitado cráneo de mono, todo delataba a la bestia humana, al sanguinario hombre primitivo. En su cinturón estaba enrollado el instrumento de su oficio; una siniestra cuerda de seda. En su mano derecha sujetaba un sable curvado. Donn Othna avistó su formidable figura en un rápido vistazo, y al momento estaba lanzándose al ataque con la impetuosa furia de su raza. Su espada centelleó en el aire formando un brillante y azulado arco justo cuando el otro golpeó. En ninguno de los dos podía haber lugar para la duda. Ambos saltaban y golpeaban simultáneamente, rápidos para lanzar toda su fuerza en un solo golpe demoledor. Y en el aire, la espada curvada chocó estruendosamente con la espada recta. La cimitarra se desintegró en mil pedazos y, antes de que el britano pudiera golpear de nuevo, el estrangulador soltó la empuñadura e igual que una boa, aferró a su enemigo de piel blanca en un fiero abrazo. El príncipe britano dejó caer su espada, inútil a esa corta distancia y se agarró a su contrincante.

En un instante supo que estaba midiéndose con un diestro y cruel luchador. El terso y desnudo cuerpo del hindú era como una gran serpiente e igual de escurridizo. Pero de algo le serviría a Donn Othna sus combates con luchadores romanos en el pasado. Ahora, rechazó, arremetiendo con la rodilla y el codo, la garra de hierro que le aprisionaba. El ligero barniz de civilización adquirido por el contacto con sus vecinos romanos se había desvanecido en el fragor de la batalla, y era un bárbaro de piel blanca, salvaje como cualquier godo, sajón o celta quién estaba desgarrando y gruñendo en la habitación de pan de oro del rajá de Nagdragore. Donn Othna vislumbró, por encima del pesado hombro de Tamur, a Constantius acercándose con la espada que él había soltado y, con los ojos azules brillando por el ardor del combate, lanzó un gruñido al rajá para mantenerle apartado y poder terminar su propia pelea. Pecho contra pecho, los gigantes luchaban, tambaleándose de atrás a adelante, abrazados estrechamente, pero todavía en pie, cada uno frustrando del esfuerzo del otro. El pulgar de Tamur presionó el ojo de Donn Othna, pero el príncipe hundió su cabeza contra el masivo pecho del otro, zafándose del agarre, y el estrangulador se vio forzado a quebrar el aprisionamiento del britano para salvar su columna. De nuevo asió Tamur el brazo de Donn Othna en un terrible agarre que le habría roto el codo igual que una rama si el príncipe britano no hubiese arremetido de repente con su cabeza de forma bestial y desesperada en la cara del hindú. La sangre brotaba mientras que la cabeza de Tamur chasqueaba hacia atrás y Donn Othna, aprovechando su ventaja, le derribó al suelo. Los dos cayeron pesadamente, pero el estrangulador que se retorcía de dolor bajo el britano encontró el cuello de su adversario que agarró dejando su cabeza en un peligroso ángulo. Con un jadeo se deshizo de la presión, justo cuando Tamur dirigía su rodilla hacia la ingle del britano. Entonces, al relajarse involuntariamente la garra de hierro del hombre blanco, el negro saltó libre, cogiendo de su cinturón la cuerda mortal. Donn Othna se levantó con mayor lentitud, mareado por el dolor de la última arremetida; y Tamur, con un graznido inhumano de triunfo, brincó y arrojó su cuerda. El britano escuchó el grito de la chica, a la vez que sentía el largo y fino látigo alrededor de su cuello, igual que una serpiente, cortándole inmediatamente la respiración. Pero en el mismo instante lanzó ciega y terriblemente su puño cerrado de hierro a la mandíbula de Tamur. El estrangulador cayó al suelo como un tronco y Donn Othna, jadeando, se quitó la cuerda de su torturada garganta y la arrojó a un lado, justo cuando Tamur gateaba hacia sus pies, con sus ojos brillando como los de un hombre loco. El britano cayó sobre él rabiosamente, apaleándole con golpes continuos y secos, aprendidos tras largas horas de práctica con los Cestus. (8)

Semejante ataque estaba por encima de la destreza de Tamur para enfrentarse a él. El Este carecía del instinto de golpear con el puño cerrado Un golpe que se estrelló de pleno en su boca hizo brotar la sangre y astilló sus dientes; el hindú contraatacó con el único golpe que conocía, un ataque con la mano abierta desconcertó a Donn Othna llenando sus ojos momentáneamente con chispas de oscuridad. Pero al instante devolvió el golpe con un directo que se hundió profundamente en el diafragma de Tamur y le hizo doblarse sobre sus rodillas retorciéndose de dolor y jadeando El estrangulador aferró las piernas de Donn Othna y le arrastró hacia abajo, y una vez más, estaban luchando cuerpo a cuerpo. Pero el feroz britano sintió la creciente debilidad de su enemigo y, redoblando la furia de su ataque, como un tigre cegado por el olor de la sangre, movió al hindú hacia atrás y adelante hasta que al final encontró el agarre mortal que buscaba, y asfixió al estrangulador, hundiendo sus dedos de hierro cada vez más, hasta que sintió la vida fluir a través de sus dedos y su cuerpo se quedó rígido. Entonces Donn Othna se levantó apartando la sangre y el sudor de sus ojos y sonrió de manera sombría al embelesado rajá, todavía de pie, sosteniendo petrificado la espada de Alejandro.

- Bueno, Constantius - dijo Donn Othna - Puedes ver que soy digno de tu confianza.

Aquí termina el relato original de Robert E. Howard. La continuación del mismo es obra de Eugenio Fraile.

- Así parece, mi terrible protector de sombrías tierras - contestó éste con voz musical a pesar de la evidente embriaguez producida por el vino- Y deseo que tu furia no se vuelva nunca contra aquel que se sienta en el inestable trono de alabastro y pieles de tigre de Nagdragore. ¡Pero basta por ahora de luchas y traiciones! Dejemos que el alba pálida disipe los terrores y acechanzas nocturnas.

Y acercándose con un andar ligeramente tambaleante a una de las paredes de la estancia, Constantius golpeó con un pequeño mazo un batintín dorado que colgaba entre los tapices. Aún no se había extinguido el suave eco de la llamada cuando aparecieron en la habitación dos esclavos que a un gesto despectivo del rajá cargaron con el cuerpo del estrangulador retirándole de la vista de los allí presentes.

- Vamos, mi dulce Yatala - continuó hablando Constantius mientras rodeaba, tal y como haría una serpiente con un ratoncillo, la cintura de la joven con uno de sus brazos y la empujaba fuera de la cámara con paso vacilante- ¡Aun has de contarme más cosas sobre esta pequeña conjura contra mi persona y el príncipe Donn Othna querrá descansar de su épica demostración de fuerza y poder!

El britano no dijo nada, mientras recuperaba de manos del rajá la espada de Alejandro, pero le pareció notar un leve tono de irónica burla en las estropajosas palabras del griego y se juró a sí mismo, con los brillantes ojos puestos en la espalda del rajá, no confiar demasiado en sus aparentemente amistosos modales.

7

"Dos Tigres se encuentran"

El amanecer envolvía, como un velo de seda y tul, las doradas cúpulas de Nagdragore y los incipientes rayos del sol se reflejaban cegadores en las aguzadas espiras cuando Donn Othna penetró en la estancia que servía de aposento a Athelred.

El vikingo ya se encontraba levantado y fiel a sus tormentosos e imprevisibles estallidos de mal carácter, apenas sí dejó que el celta mascullara un saludo y comenzó a gritar, más que hablar, con voz tronante mientras se ajustaba furioso la cota de malla en su voluminoso torso y sujetaba su descomunal hacha al cinturón de gruesa hebilla metálica.

-¡Por mil trolls hediondos, celta de los demonios! -rugió- ¿Acaso os creéis tú y ese griego loco de Constantius que somos como débiles y desdentadas viejas? ¡Mis hombres son vikingos, lobos de los mares y no servimos para permanecer como estatuas decorativas en un corredor de Palacio! ¡Necesitamos empaparnos con la sangre de nuestros enemigos, oler el humo y el fuego de los poblados ardiendo y escuchar los gritos aterrorizados de sus mujeres!

Donn Othna permaneció en silencio mientras el jefe sajón escupía en sus amenazadoras palabras toda la rabia acumulada durante los días de inactividad. Cuando el celta pensó que Athelred había terminado con sus bravatas, le interpeló suavemente con una sombría sonrisa de lobo en los labios.

-¿Y qué crees que deberíamos hacer, oso sanguinario?

-¡Tentado estoy de enviaros a ti y a tu pacto con el griego a los negros infiernos de Hela y saquear este nido de perfumadas víboras, poniendo rumbo después a Occidente mientras las llamas envuelven esta maldita ciudad a nuestras espaldas! - bufó Athelred abriendo y cerrando sus grandes manos ante el impasible rostro del celta.

Este rió con desgana y aquello aguijoneó aún más la furia del vikingo que cerró el puño sobre el mango de su hacha con la intención evidente de abalanzarse sobre el britano.

Pero este, lejos de hacer frente a la acometida del gigante, se retrepó cómodamente en un almohadillado diván de la estancia. Aquella actitud tan desconcertante del celta tuvo el efecto de detener la embestida de Athelred que con la barbuda cara enrojecida por la ira que le consumía, no podía articular palabra alguna.

Por fin, sólo acertó a resoplar como una morsa de los mares del norte y apoyando su masivo corpachón en una columna de frío mármol, cruzó los brazos sobre el imponente pecho mirando interrogante a aquel exasperante contrincante.

-¡Maldito celta, no sé si eres valiente hasta la locura o no te importa la muerte! -murmuró.

-¡Salve, Athelred! -habló al fin tranquilamente Donn Othna utilizando el antiguo saludo romano incorporándose del diván- ¡Ya veo que un vikingo es un vikingo hasta el final, a pesar de tener de todo a su alcance!

-¡Loki te fulmine a tú y a tus lujos! - contestó más calmado el sajón gruñendo las palabras.

-¿No es el sueño dorado de todo vikingo el morir empuñando la espada y que las hermosas valkirias le lleven hasta el reino de Valhalla y así compartir una eternidad de festines, canciones y peleas con sus hermanos héroes? - se burló el britano.

-¡Cesa en tus burlas o romperé la palabra que te di y uno de los dos morirá aquí y ahora!- amenazó de nuevo el vikingo.

Donn Othna rió calladamente y ofreció una copa de vino de una cercana jarra de fino cristal a Athelred al tiempo que hablaba ya con la seriedad instalada en su pétreo semblante.

- No era mi intención ofenderte sin más, sino asegurarme que las comodidades y diversiones de este palacio no habían ablandado tu vitalidad y mellado el filo de tu hacha. Las mujeres hermosas y el fuerte vino de especias producen tal efecto sobre los guerreros. ¡Y bien sabe Crom que en la ciudad de Nagdragore abundan ambas cosas además de la traición! - sentenció el celta.

Y ante la expresión de ignorancia de su compañero, en breves palabras le puso al corriente de su mortal lucha nocturna con Tamur y la actitud tan inquietante de Constantius, mostrándose casi indiferente ante aquel ataque.

-¡Por el martillo de Thor! ¡Deberíamos seguir mi plan y arrasar este pozo de serpientes! - abundó en su idea inicial Athelred.

-¿Un puñado de hombres contra miles de espadas? - dudó Donn Othna-. ¡No daríamos ni un centenar de pasos hasta el puerto y antes de que los pocos que lo lograran pudieran embarcar en tu bajel dragón, seríamos barridos como la hojarasca por el viento!

-¡Quizás sea como tú dices, pero por Odín que sería una lucha que hasta los mismos dioses contemplarían con envidia! ¡Enviaríamos a muchos de estos chacales oscuros a las puertas del infierno de Hela! - rugió el vikingo con el fuego y la pasión ardiendo en los claros ojos.

Donn Othna también se sintió arrastrado durante unos momentos por la visión de gloria y muerte que Athelred le describía, notando cómo su sangre celta hervía henchida de salvajismo y locura en las venas. Al fin, su razón acabó imponiéndose barriendo las brumas sangrientas de aquella imaginaria gesta y negó con la cabeza de cabellos dorados semejando el gesto de un león desafiante.

-¡No, Athelred. Hemos de mantener la calma y esperar a que sea Constantius quien dé el primer paso en este juego de traiciones que se trae entre manos. Por el momento nos necesita como su guardia pretoriana, al estilo de los grandes Césares de Roma, pero él mueve los hilos de esta tragedia desde las sombras según le conviene. ¡Y por Crom, que haríamos bien teniendo el filo de nuestras espadas y hachas a punto para cortarlos junto a su adornada cabeza! - meditó el celta pensativo.

-¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Que nos inclinemos con sumisión al sacrificio y esperar a que sus silenciosos asesinos nos embosquen en la oscuridad de los corredores de este palacio maldito?- protestó Athelred.

- Ni lo uno ni lo otro - le calmó el britano- Ya he pensado en ello. Hoy mismo reunirás a tus hombres y harás que se instalen todos en el ala del palacio que da a las caballerizas y que es la más cercana al puerto de la ciudad. En caso de necesidad, utilizaríamos los caballos para huir más rápidamente hacia el puerto. Los turnos de guardia se harán por parejas y nos equiparemos con las cotas de malla. Eso nos dará una importante ventaja sobre los soldados del rajá ataviados con sus finos petos plateados. Así, cada hombre valdrá por tres. ¡Aunque sólo los dioses saben el tiempo que podríamos resistir si Constantius decida que ya no le somos de utilidad y azuza a sus perros contra nosotros!

-¡El suficiente para arrancarle de su podrido pecho el negro corazón! - sentenció hoscamente el sajón lanzando la copa de la cual había estado bebiendo contra el brillante suelo.

Donn Othna ya no comentó nada más, reafirmando con su silencio la decisión de su compañero mientras miraba cómo el rojo vino se deslizaba por las blancas losas del suelo. No pudo evitar pensar que quizás aquél estallido de furia del sajón fuera como una premonición que teñiría las calles de Nagdragore con algo más oscuro que el vino.

* * * * **

El sol colgaba como un escudo de bronce bruñido en un cielo de azul cobalto cuando Donn Othna abandonó la compañía de Athelred que, junto a su piloto Hrothgar, habían comenzado a reunir a sus hombres.

El celta franqueó con paso firme las grandes puertas de madera de sándalo tallado engastadas con rubíes y zafiros del palacio del rajá. Simuló ignorar aquel derroche de oriental opulencia y aún más a la docena de altos guerreros barbudos de piel oscura, expresión hierática y rostro aguileño que custodiaban el lugar ataviados con vistosos uniformes de lino y seda blanca, turbantes negros adornados con una llamativa pluma de faisán, escudos de endurecida piel de rinoceronte sujetos a la espalda y curvas espadas al cinto.

Dejando a sus espaldas el gran pórtico donde se hallaba la guardia palaciega, el guerrero atravesó un patio espacioso y un jardín poblado de árboles frutales en cuyas ramas se posaban delicadas aves cantoras de exóticos plumajes.

Rodeó una galería calada con pavimento de mármol y admiró de pasada los muros de azulejos de diversas tonalidades que combinaban enrevesadas escenas de caza y luchas al tiempo que escuchaba el suave murmullo del agua cristalina que surgía de múltiples surtidores de varias fuentes doradas. El alma melancólica del celta se sentía atraída por aquellas muestras artísticas de un pueblo más sofisticado y ablandado por la civilización pero su musculoso pecho se ensanchó orgulloso cuando interiormente comparó la salvaje y sombría vitalidad de su tierra natal en el lejano norte occidental con la lujuriante y embriagadora belleza, casi mareante y obsesiva, de Nagdragore.

Encaminó sus elásticas zancadas hacia la avenida principal de grandes losas de pizarra veteada que desembocaba en el puerto de la ciudad y sobre la cual las densas copas de los sicómoros vertían alargadas sombras.

Al penetrar en la gran plaza del durbar (9) el britano se vio asaltado por un maremagno de rostros y razas diferentes y una barahúnda de lenguas, sonidos, olores y colores golpeó como el mazo del otator (10) sus afinados sentidos. Las avenidas de Nagdragore, amplias y refrescantes con hermosos palacetes y mansiones de perfumadas balconadas o las estrechas y húmedas callejuelas, con oscuros soportales formaban una abigarrada urbe de placeres y peligros. Su gran físico y constitución destacaban poderosamente entre las innumerables cortesanas, nobles, sacerdotes, guardias, astrólogos, comerciantes y mendigos que se apartaban a su paso como las olas ante la proa de una galera de combate.

Más de un individuo de torva catadura, desde las sombras, siguió su caminar, especulando con los posibles beneficios a conseguir de aquel bárbaro extranjero, pero un rápido vistazo a su gran espada y la desafiante forma que tenía de devolver las miradas acobardaban cualquier intento de interponerse ante él.

Esclavos sudorosos de apretados músculos de ébano transportaban lujosas literas con hermosas y veladas mujeres en su interior, mientras las filas de camellos y elefantes de adornados colmillos romos cargaban las más diversas mercaderías desde las galeras y caravanas que, provenientes de los rincones más lejanos de Malabar, del Turquestán, de Cathay o de Persia, arribaban a los muelles y puertas de Nagdragore como un faro que atrajera toda la riqueza y el esplendor de Oriente.

Donn Othna se percataba de todo aquel colorido y variedad en su deambular por las calles de la ciudad mientras tenía presente en todo momento que su salida del palacio del rajá había sido motivada por la necesidad urgente de alertar a la reducida tripulación de guardia que permanecía a bordo del barco dragón de Athelred. El celta era portador de la orden del sajón a sus hombres de que estuvieran atentos y dispuestos para izar velas al menor indicio de intento de abordaje por parte de la guardia de Constantius u otra facción rebelde al rajá. Ya divisaba los mástiles y velámenes de los navíos del puerto cuando de repente una cacofonía de alaridos y gritos aterrorizados llegó hasta sus oídos, al tiempo que una multitud de hombres y mujeres con el pánico pintado en sus rostros avasallaba todo a su paso, volcando tenderetes, derribando fardos y mercancías y empujando en su loca carrera a los más débiles que caían ante sus pies. El caos era total y el britano evitó ser aplastado por enormes elefantes que barritaban furiosos y descontrolados, trepando a una de las muchas estatuas que representaban a la multitud de divinidades orientales y que jalonaban el malecón del puerto. Tras dejar pasar la primera avalancha, Donn Othna saltó ágilmente al suelo y sujeto por el cuello con mano de hierro a un vociferante y gordinflón mercader que había perdido su turbante en la huida. Fue como si el hombre chocara de repente con una pared, quedándose clavado en el lugar, jadeando y resoplando por el esfuerzo de la carrera.

-¡Por Crom! - rugió el celta- ¿Qué os hace correr de tal manera?-

El mercader pareció no escuchar la pregunta del guerrero mientras giraba con dificultad su cabeza mirando a sus espaldas a punto de desmayarse de terror.

-¡Habla ya, maldito seáis tú y tu loca ciudad! - le apremió el britano levantando un palmo de suelo al hindú, que entonces balbuceó:

-¡El Demonio Rayado está libre! ¡Que Shiva nos proteja!

-¿El Demonio Rayado? ¿Qué nueva locura es esta? - preguntó airado Donn Othna.

-¡Es el portador de la muerte en la oscura noche! ¡Déjame que viva para poder reunirme con los míos, extranjero! - suplicó el mercader.

El celta soltó al hindú, que salió corriendo gritando entre agradecido y atemorizado alejándose de allí. Donn Othna, intrigado y receloso como un lobo, siguió adelante aferrando con fuerza la empuñadura de su espada. Sus sentidos estaban alertas y al doblar un recodo de la calle que seguía, desembocó en una plazuela, quedando ante sus ojos una sangrienta escena de muerte y destrucción. Hasta media docena de hombres yacían despedazados en medio de grandes charcos de sangre y sobre los cadáveres se alzaba, terrible y majestuosa a un tiempo, la figura imponente de un gran tigre rayado que rugía ásperamente su desafío al cielo de Nagdragore. En el otro extremo de la plazoleta el britano pudo ver una jaula de gruesos barrotes de hierro con los cierres de la puerta abombados y reventados, como si una fuerza primitiva hubiera aplicado contra ellos una bestial presión. A su lado, caído en el suelo, había un hombre atrapado de cintura para abajo por el peso muerto de un caballo destripado. Era joven, vistiendo ricos atavíos y trataba de mantener alejado de él al felino dando inútiles tajos al aire con una cimitarra de adornado pomo.

Todo eso lo apreció Donn Othna en un parpadeo y al instante siguiente, con un poderoso salto, se plantó con la gran espada desenvainada entre el carnívoro y su indefensa víctima. El tigre se detuvo un momento, con sus amarillentos ojos fijos en aquel nuevo estorbo y mostró al aire sus terribles y aguzados colmillos de sable. Donn Othna permaneció en su sitio pues si huía, el felino saltaría sobre su espalda de manera inmediata. Pero no pensaba caer bajo las zarpas de la gran bestia, así que tensó los músculos que se abultaron como cuerdas nudosas y afirmó sus piernas como columnas en el pavimento. Echó hacia atrás su cabeza y la abundante y desgreñada melena de rubios cabellos pareció prestarle la apariencia de un mítico semidiós de las odas nórdicas. Como si aquello hubiera sido una señal, la fiera saltó sobre el celta y un momento antes de que sus poderosas mandíbulas aplastaran la cabeza de éste, el guerrero se desplazó a un lado con rapidez esquivando la acometida. El impulso que llevaba el enorme tigre le hizo precipitarse sobre el cuerpo del caballo. Ignorando al indefenso y atrapado jinete que asistía a aquella épica lucha con el asombro y la incredulidad más que con temor, reflejados en su rostro, el felino, entre rugidos y zarpazos al aire, volvió al ataque.

Blandiendo su espada, el celta lanzó un tajo de arriba a abajo que abrió un profundo surco sangriento en el cráneo del animal, evitando a duras penas por un palmo que las chasqueantes y demoledoras fauces se cerraran sobre su garganta. Otro movimiento veloz de Donn Othna logró que la punta de su acero se clavara en el cuello de grueso pelaje del tigre, que retrocedió gruñendo furiosamente de dolor, salpicando de sangre el rostro del britano. Ahora, hombre y tigre, componían una terrible y estremecedora figura de puro y primitivo salvajismo, tal y como habría sucedido en la más oscura noche de los tiempos, cuando los ancestros de ambas especies cazaban, mataban y morían en primigenias selvas o en profundas cavernas. Las mortíferas mandíbulas del tigre babeaban mientras su gran cola azotaba furiosa el aire como un látigo en todas direcciones. Con la sangre empapando su lustrosa piel y la rabia y el dolor resplandeciendo en sus pupilas verticales como rojos carbones del infierno, el felino presentaba un aspecto demoníaco. Por su parte, Donn Othna, con el sudor chorreando por el rostro y el cabello desgreñado y pegajoso por la sangre del animal distaba mucho de ser una presa fácil para la fiera. El tigre, con un profundo rugido, embistió como un ariete contra el celta y éste, con los blancos dientes apretados en señal de desafío, se dejó arrastrar por la locura mortífera que a veces hacía presa en los de su raza y hundió su acero profundamente en los costillares del felino con un golpe seco. A cambio, la fiera clavó con saña las zarpas en los hombros del britano, dibujando dos largas y sangrientas heridas. Ignorando el ardiente dolor, sostuvo el aplastante peso del animal sintiendo cómo sus músculos estallaban por el titánico esfuerzo. El fétido aliento del devorador de hombres golpeó su rostro produciéndole arcadas mientras las patas traseras del tigre trataban de esparcir sus entrañas. Con un movimiento de calculada desesperación, logró montarse sobre el lomo de la bestia rodeando con sus hercúleos brazos y piernas, en una presa asfixiante, el grueso cuello de la misma. Ambos rodaron por el suelo, rugiendo y agitando las afiladas garras el tigre en un vano intento por alcanzar el cuerpo de su martirizador y desgarrar su carne. Donn Othna sintió cómo su piel se laceraba con las violentas vueltas y saltos del felino por el áspero pavimento mientras su cabeza golpeaba el mismo, pero aunque le parecía como si el corazón fuera a salírsele por la garganta y sus pulmones le estallasen por la falta de aire, no aflojó ni un instante la presa que mantenía como un dogal de acero. ¡Le iba la vida en ello!

Poco a poco, la gran cabeza del felino fue girando hacia un lado mientras su columna se arqueaba hacia atrás formando un ángulo imposible de mantener. Los rugidos habían pasado a ser gorgoteos agónicos y el celta, con un sobrehumano tirón de sus brazos que se tensaron como cadenas de hierro, consiguió partir las vértebras del tigre que chascaron con un horripilante sonido semejante a ramas rotas. Hombre y bestia quedaron inmóviles en el suelo, el uno agotado y respirando afanosamente con la sangre goteando de sus heridas y la otra rota y desmadejada, pero muerta al fin. En aquel momento apareció, con un estruendoso entrechocar de metal contra metal, un numeroso grupo de hombres armados con escudos, cimitarras largas, picas y arcos a cuyo frente destacaba un individuo de gran estatura y poblada barba. A una imperiosa orden suya, varios de los recién llegados pasaron gruesas maromas de cáñamo por debajo del cuerpo del caballo y entre todos lograron levantar lo suficiente el cadáver para que el prisionero jinete, ayudado por fuertes y ansiosos brazos, quedara libre.

Mientras, otros apartaban, con temerosa precaución, el inmóvil cuerpo del tigre de encima del celta utilizando los astiles de madera de las picas. Donn Othna rechazó con un gesto seco las manos que se tendían hacia él y se levantó tambaleante con la mirada extraviada por unos instantes.

-¡Crom os maldiga por vuestra lentitud y cobardía! - gruñó el britano apartando con el dorso de la mano la sangre y el sudor que nublaban sus ojos, recuperando con un fuerte tirón su espada enterrada en el cuerpo del tigre. Por fin, pudo sostenerse en pie y encarándose con el hombre al cual había salvado, envainó el acero en su vaina sin mirar. Este, como todos los de su raza, era alto y de constitución fibrosa, destacando en su joven rostro de facciones nobles y aguileñas una barba cuidada de negro azabache y unos ojos de mirar franco. Por el respeto y preocupación que mostraban los demás ante su presencia, el celta suponía en su fuero interno que aquel hombre pertenecía sin duda a la más alta casta dominante de Nagdragore, la de los rajsputs.

-¡Por el divino nombre de Shiva! - murmuró admirado el hindú- ¡Jamás había presenciado tal hazaña de fuerza y valor, ni aún lo leído en los Sagrados Textos Veddas!

-¡Más te hubiera valido leer menos y ser más hábil transportando fieras! - le recomendó el bárbaro hoscamente.

- Mis torpes y desdichados sirvientes cerraron mal los cerrojos de la jaula y el tigre, el cual había comprado a unos expertos cazadores del interior del país, despertó del profundo sueño narcótico en el cual estaba sumido escapando de su encierro. Para las castas más bajas, el señor de la jungla representa la encarnación del Demonio Rayado, un espíritu que penetrará en sus casas por las noches y devorará sus cuerpos y espíritus - explicó el hindú sin mostrarse ofendido aparentemente por el áspero comentario de su salvador- Pero dime, ¿quién eres tú que me has salvado la vida y que pueblo es el tuyo que lucha con tal locura que iguala en fiereza al gran tigre rayado?

-¡Soy Donn Othna, un príncipe celta de la lejana isla de Britania, en el norte occidental! ¡Aprendí a luchar contra los grandes gatos de la selva en las sangrientas arenas del Circo Máximo de Roma! Pero ¡por Crom!, qué hubiera preferido no tener que demostrártelo - contestó con un deje irónico de orgullo en sus palabras el britano.

- Y yo me alegro de que lo hayas hecho, aunque me apena saber también que eres el hombre que, junto a otros bárbaros de allende los mares, esta sirviendo a un loco tirano extranjero - habló con pesar el hindú.

-¡Yo no sirvo a nada ni a nadie! -masculló el celta con ojos fulgurantes- ¡Sólo respeto un trato entre príncipes!

-¿Príncipes?-dudó el hindú con la burla bailando en su mirada- ¡Si, quizás tú sí lo seas en tus lejanas tierras barridas por los vientos del norte, pero no ese usurpador griego manteniendo a mi pueblo dividido y atemorizado para su codicioso provecho!

- Peligrosas palabras son las que pronuncias tan a la ligera, joven señor, rodeado como estás de hombres armados. Yo no te he salvado hoy la vida para tener que enfrentarme a ti mañana, aunque podría verme empujado a ello si el destino o las acciones de cada hombre se confabularan en contra nuestra forzando nuestros caminos de nuevo-comentó endureciendo el tono de su voz Donn Othna.

-¡Hay sensatez en lo que dices, príncipe Donn Othna! Pero ¿quiénes somos nosotros para saber lo que nos deparan los dioses? Lo que haya de suceder, sucederá - sentenció suavemente el noble- En cuanto a estos guardias que nos rodean, no has de preocuparte por ellos, pues pertenecen a la noble familia de los Singh, bajo cuya enseña sirven y... ¡yo soy Nimbaydur Singh!

El celta no demostró emoción alguna al conocer el nombre del noble, pero retrocedió un paso apoyando su mano diestra en el pomo de la espada. Tal gesto motivó que el destacamento de soldados que flanqueaban al rajsput alzaran sus armas en dirección al britano. Pero un gesto imperioso de su señor hizo que humillaran las largas lanzas contra el suelo.

-¡No, príncipe Donn Othna, no será hoy el día en el cual las espadas de ambos beban de la sangre del otro! ¡Mi palabra es mi honor, pero la próxima vez que nos encontremos, quizá nuestros destinos obedezcan a otros intereses más altos! - habló altivamente Nimbaydur Singh.

-¡Si así fuera, noble señor, que los dioses decidan!-repuso el britano con calma cruzando sus musculosos brazos sobre el ensangrentado pecho, ignorando el punzante dolor de sus heridas recientes.

El hindú inclinó ligeramente la cabeza y pareció agradarle la contestación del guerrero, al tiempo que señalaba el cadáver del felino.

-¡Tuya es ahora, príncipe Donn Othna, la piel del gran tigre, puesto que has sido tú su matador! ¡Dispón a tu antojo de mis sirvientes para que te ayuden a transportar su cuerpo al palacio de Constantius!

-¡Me sentiré más honrado si aceptas su piel como un presente de respeto por mi parte!- repuso con presteza Donn Othna.

El rajsput hindú no dijo nada más, pero el celta alcanzó a adivinar, por la expresión satisfecha de su rostro, que aquellas muestras de cortesía palaciega envueltas en aguzadas puntas de espada, eran del agrado de Nimbaydur Singh. Este, escoltado por sus sirvientes y guardias, alzó la mano en un gesto de breve despedida hacia el celta y volvió la espalda al guerrero, alejándose de la multitud que poco a poco había recuperado el valor y miraba con ojos atónitos el cadáver del tigre que cargaban cuatro robustos esclavos.

Donn Othna se apartó hastiado de los vocingleros y ahora envalentonados curiosos, caminando pensativo hacia los muelles del puerto. Su alma bárbara, más cercana al valor primitivo y fiera nobleza del tigre que a las intrigas y codicias ocultas de la civilización, despreciaba la hipocresía de los hombres que se cobijaban entre sus muros, aunque éstos tuvieran sangre principesca en sus venas.

8

"Una Trampa para Lobos"

La noche en Nagdragore olía a perfumes de índigo y canela, mezclándose con los efluvios salados de la acariciadora brisa marina que llegaban del puerto. Las bailoteantes llamas de las antorchas disipaban las sombras en las largas avenidas y estrechos callejones rivalizando en claridad con las lámparas de aceite y fogariles que lucían en el interior de las viviendas de la ciudad. En el cielo nocturno, una redonda y rojiza luna se incrustaba en el titilante manto de las estrellas como el ojo mítico de un cíclope. En las tabernas y burdeles de los barrios más miserables, individuos malencarados y de aspecto sórdido, bebían y hablaban en apagados susurros de robos y asesinatos mientras en las señoriales avenidas donde se alzaban los palacios de mármol y marfil con torres de color púrpura de los rajsputs se afilaban, al amparo de causas partidistas envueltas bajo los estandartes de la guerra, las curvadas espadas empuñadas por hombres de fiero mirar y rostro halconino. También en la morada real de Constantius, Rajá usurpador de Nagdragore, había hombres de lejanas tierras, gigantes feroces de piel blanca y cabellos claros que vivían y morían por y para la espada jurando en nombre de terribles y crueles dioses que habitaban en brumosas montañas de hielo y nieve.

Donn Othna, Athelred y el resto de los vikingos que formaban la tripulación de lobos del mar del jefe sajón, celebraban una ruidosa asamblea, como si se hallaran proyectando provechosas incursiones de rapiña y pillaje en su aldea natal. El vino corría abundante por las mesas regando las grandes fuentes de carne asada. No faltaban las rudas chanzas y las canciones entonadas con voces roncas que narraban historias de héroes, luchas sangrientas o la añoranza del regreso al hogar. Nada parecía importarles y aún menos el mañana incierto, tan sólo la gloria y el botín que les deparase el presente. Aunque no menos fiero que ellos en la batalla, el celta les observaba con cierto aire sombrío en su hosco rostro pues su raza, enemiga por la sangre y el acero de todo aquello que representaban los salvajes hijos de Odín, entendía las celebraciones de una manera más melancólica. Donn Othna apartó su vista del gran salón y fijó sus ojos, a través de la gran balconada cubierta de tallos de enredaderas, en las luces que brillaban en la ciudad dormida a sus pies. "El rutilante lecho de un rey", pensó para sus adentros, ajeno a la bacanal de los vikingos. Su mente vagaba por lejanos y ensoñadores imperios que aún no habían nacido y que esperaban al hombre que los forjase y gobernara.

Una fuerte palmada de Athelred en su espalda, que habría derribado a otro hombre de menor estatura y constitución que la suya, le sacó de su ensimismamiento. Ni un rictus de dolor o queja alguna asomó en su pétreo rostro, a pesar de que las heridas que le había infligido el tigre esa misma mañana le ardían a cada movimiento que hacía. Una fina capa de grasa de foca de un barril traído de la bodega del barco dragón de Athelred, le cubría los profundos surcos dejados por las garras del felino. Eso era suficiente para los hombres del norte.

-¡Por los Gigantes Helados de Nordheim, Donn Othna!-bramó el jefe sajón ofreciéndole una mordisqueada pierna de venado- ¡Por dos veces desde que llegamos a esta maldita ciudad has combatido como un verdadero vikingo! ¡Casi podría jurar que por tus venas corre la sangre de algún Jarl¡(11)

-¡Que Crom me condene si así fuera!-replicó abruptamente el britano- ¡La única sangre vikinga que ha empapado mi cuerpo ha sido la que he derramado con mi espada mientras mis hermanos de clan y yo os empujábamos desde las oscuras colinas hasta las rugientes costas del Sur de Britania!-

-¡Por el Martillo de Thor!-gruñó el sajón-Recuerdo bien a tus salvajes parientes, con los rostros pintados como los pictos del norte, con el odio brillando en sus ojos y aullando como lobos rabiosos surgidos de los altos brezales mientras nos arrojaban rocas desde los acantilados. ¡Si, han sido provechosas y sangrientas incursiones, aunque los cuervos picotean los huesos blanquecinos de muchos hijos de Odín en las playas britanas!-

-¡Así ha sido y así será mientras los barcos dragón arriben a nuestras costas y aldeas con sus cubiertas repletas de fieras sanguinarias!-sentenció Donn Othna haciendo resbalar una hosca mirada por la tripulación de Athelred.

Este no pareció ofenderse demasiado por el comentario del celta y rió salvajemente, al igual que sus hombres más cercanos, ante lo que ellos consideraban un halago, pues el odio que les profesaban sus enemigos aumentaba el prestigio e importancia de sus saqueos y pillajes.

*******

Las horas nocturnas transcurrían con la lentitud propia de los sueños inspirados por las flores de adormidera en Nagdragore y en el suntuoso palacio del Rajá, los lobos de Athelred fueron acallando sus altisonantes gritos y las roncas canciones dejaron paso a las historias susurradas por las rotas gargantas de los hijos de una sombría y brumosa tierra. Incluso las jarras de vino habían dejado de pasar de mano en mano.

Donn Othna se mantenía apartado, apoyados sus anchos hombros en una de las frías paredes de mármol, mientras acariciaba lentamente la empuñadura marfilesca de su espada y paseaba una preocupada mirada por los lujos de la estancia y la tripulación de Athelred. Los componentes de esta, aunque retrepados cómodamente entre gruesos cojines de seda, miraban a todos los lados como osos inquietos que sienten la presencia de una partida de caza tras de ellos. Sus pesadas hachas y largas espadas estaban al alcance de las manos y ninguno se había despojado de las cotas de metálica malla entrelazada. La tensión era evidente e incluso Athelred lanzaba continuas miradas, entre furioso e interrogante, al aparentemente despreocupado celta.

Por fin, su impaciencia pudo más que su orgullo de jefe vikingo y con un par de pasos rápidos, se plantó delante del britano resoplando como era su costumbre.

-¿Y bien, Donn Othna?- inquirió el sajón- ¿Qué estamos esperando? ¡Por el martillo de Thor, esta inactividad me hace hervir la sangre en las venas!

El celta se apartó de la pared y cruzando sus brazos de nudosos músculos sobre el poderoso pecho, respondió con calma, sintiendo las miradas de todos sobre él.

-Es Constantius quien ha de dar el primer paso en este juego de intrigas. Hemos de mantenernos alerta y aprovechar la ocasión propicia para atacar o huir. Cuando estuve al servicio de Roma, aprendí que no siempre es conveniente que el enemigo conozca tu verdadera fuerza y... -

-¿Huir?- gruñó Athelred escupiendo las palabras con desprecio sin dejar que el britano terminara lo que estaba diciendo- ¡Creo que has estado demasiado tiempo entre romanos! ¡Por Odín, la paciencia y la precaución son para los débiles y los cobardes! ¡Empuñemos las armas y arrasemos esta jaula dorada!-

Mientras Donn Othna palidecía de furia, un murmullo de salvaje aprobación surgió de entre las filas de los vikingos, que rodearon a su jefe en filas compactas con el ansia de la batalla instalada en los barbudos rostros surcados de pequeñas cicatrices.

El celta retrocedió, como lo hubiera hecho un gran felino ante el acoso de una manada de lobos, enseñando los apretados dientes en una feroz mueca de desafío y apoyó su mano en el pomo de la espada recogiendo claramente el reto de Athelred y mostrando su desacuerdo con el strandhugg (12) que proponía el vikingo.

El príncipe britano y el jefe sajón cruzaron relampagueantes miradas, en las cuales refulgía con helado furor, el sanguinario brillo de la lucha tribal, prestos a lanzarse el uno contra el otro olvidada su momentánea alianza, arrastrados por los antiguos odios de sangre que mantenían secularmente ambas razas.

De repente, un débil gemido se escuchó en el hostil ambiente de la estancia, proveniente del otro lado de la gran puerta, rompiendo la tensión de la escena.

Donn Othna reaccionó antes que ninguno y cuando Athelred y sus hombres le siguieron, el celta ya se inclinaba sobre el delicado físico de una mujer joven, ataviada con ligeras prendas transparentes que dejaban a la vista sus múltiples encantos. Se había arrastrado hasta allí, dejando un sangriento reguero tras ella. Sin esfuerzo, alzó el desmadejado cuerpo y lo depositó con suavidad sobre uno de los divanes cercanos.

-¡Yatala! ¿Qué ha ocurrido, muchacha?-preguntó el celta al tiempo que trataba de taponar la profunda herida que esta mostraba en el pecho, entre los turgentes senos y por la cual manaba abundante sangre.

-¡Ha sido...Constantius- gimió con apagadas palabras la bailarina- Ordenó que me acuchillaran....!

-¿Por qué lo hizo?- demandó con sorda rabia Donn Othna.

-¡Sí, por Freia! ¿Qué locura es esta?- rugió el sajón por encima del hombro del britano.

La mujer emitió un silbante murmullo y habló con voz fatigada.

-Apenas había caído la noche, cuando uno de los sirvientes del palacio vino a buscarme para que bailara en el Gran Salón ante Constantius. Me dejó allí sola y como temía el silencio y las sombras que ahí imperaban, me oculté entre los tapices que se alzan tras el trono del rajá. Empezaba a sentirme vencida por el sueño y la tranquilidad de la estancia, cuando vi aparecer a Constantius seguido por un hombre alto que se cubría el rostro con una capucha oscura.....-

-¡Continua muchacha!- demandó el sajón con brusquedad.

Por contra, Donn Othna acercó con suavidad una copa de vino a los labios de Yatala, que tras beber un largo sorbo miró agradecida al britano y pareció recuperar un tanto el aliento que le faltaba mientras atendía a la pregunta de este.

-¿Qué trama el griego?-

-¡Constantius se sentó en el trono-prosiguió la bailarina con dificultad-mientras el encapuchado permanecía de pie ante el. Seguros de no ser escuchados hablaban con entera libertad. Así supe que Constantius había contratado los servicios de la secta de sacerdotes asesinos conocidos como la Orden de los Hijos de la Daga y que su plan consiste en asesinar a Nimbaydur Shing y Anand Mulhar, dejando las suficientes pruebas falsas para que los seguidores de uno y otro se acusen mutuamente de los crímenes y luchen entre sí. Luego, cuando ambos bandos estuvieran debilitados, el atacaría con su guardia de palacio con vosotros al frente como fuerza sacrificable. Quise acomodarme mejor tras los tapices y escuchar de cerca lo que el otro hombre parecía decirle sobre esa parte de la conjura, pero involuntariamente uno de mis brazos rozó la tela de la colgadura, que se agitó delatando mi escondite. Con un grito de advertencia y antes de que pudiera reaccionar, el hombre alto y delgado arrancó el tapiz del trono y me sujetó con una mano semejante a un cepo, arrastrándome a los pies de Constantius. Este, loco de furia, dio una orden al encapuchado, que me hirió con su puñal. Tras pensar que estaba muerta, me dejaron allí y abandonaron el Salón del Trono. ¡Pude arrastrarme por los desiertos corredores y llegar hasta vosotros....!- una tos ahogó el resto de las palabras de la moribunda joven.

-Ya veo cual es el juego de ese loco- continúo el hilo de la explicación Donn Othna impidiendo con un leve gesto que Yatala se esforzara innecesariamente hablando- Una vez que termine la lucha, los supervivientes de la matanza no le seremos de utilidad alguna a Constantius y puesto que admira tan profundamente los usos de gobierno de los Césares de Roma, pensará que un banquete de la victoria es una forma tan buena como otra cualquiera para eliminarnos. Posiblemente, envenenando el vino y la comida.

-¡Loki fulmine a ese perro traidor! ¡Caeremos sobre el y los chacales que le guardan!- rugió Athelred entre el griterío furioso de sus hombres.

Un doloroso quejido de Yatala concitó la atención de Donn Othna, que con una orden seca acalló las voces de los vikingos.

-¡Muchacha, ¿por qué nos has avisado?- dijo el celta, acariciando con una suavidad que contrastaba con su poderoso físico, el rostro de la desafortunada.

-¡Tú fuiste generoso conmigo.... y se que me vengarás, pues Constnatius es tu enemigo ahora al traicionaros! ¡Prométemelo, mi señor....!

-¡Así lo haré, lo juró por Crom!-

Coincidiendo con el último suspiro de muerte de Yatala, un griterío ensordecedor que iba en aumento, al igual que los rojizos resplandores de nacientes incendios, llegó hasta las amplias estancias del palacio del rajá. Donn Othna , Athelred y su tripulación miraron por los amplios balcones y ventanales y vieron como un humo ennegrecido, proveniente de las mercancías y fardos apilados en los muelles, cubría el resplandor de la luna.

-¡La lucha ha comenzado al fin!- murmuró Donn Othna pensativo, recordando por un momento a Nimbaydur Shing- ¡Los asesinos de Constantius han tenido éxito!-

-¡Esos dementes van a quemar mi barco!- aulló el sajón lanzando espumarajos de rabia- ¿Qué hacemos Donn Othna?- preguntó enarbolando su pesada hacha, sometiéndose inconscientemente al liderazgo del britano.

-¡Ve con tus hombres hacia la zona de las caballerizas y abriros paso por sus puertas! Es la parte menos vigilada, pues no suele haber más de una docena de guardias. Aprovechad la confusión del momento antes de que Constantius nos llame para reforzar su ataque e intentad llegar hasta vuestro barco o capturad otro si el drakkar estuviera ardiendo- ordenó sin perder la calma el celta.

-¿Y tú, no vienes con nosotros?-

-¡He de cumplir un juramento y además, sin Constantius al frente, no habrá nadie que dirija a sus soldados. ¡Iros ya, malditos hijos de mil padres, y aprovechad el tiempo que pueda daros! ¡Crom os maldiga!-

-¡Sea, puesto que así lo quieres, pero si no tuviera la responsabilidad de guiar a mi tripulación, no habría dioses, demonios o celta alguno que me impidiera cortarle el gaznate a ese griego traidor de negro corazón! ¡Nos veremos en el Valhalla, Donn Othna!-concluyó solemnemente Athelred alzando su gran hacha en un gesto que representaba un saludo y un desafío al tiempo.

Tras una última mirada al tropel de vikingos que se alejaban por el pasillo encabezados por el gigantesco sajón y al cadáver de Yatala tendido en un diván, Donn Othna corrió en sentido contrario, hacia el Salón del Trono del Rajá usurpador de Nagdragore

9

“Dagas entre las Sombras”.

Donn Othna, con la espada desenvainada, avanzó cautamente por los dormidos corredores y galerías balconadas del palacio, silencioso como un vengativo lobo de las colinas ignorando los complicados ornatos que decoraban las paredes. Por un momento, a la tenue luz que prestaban las antorchas en sus hornacinas, el celta tuvo la fugaz impresión de ser observado por huidizas sombras que, escondidas en los rincones más oscuros, se aprestasen a saltar sobre él.

Más a pesar de sus recelos, no se veía a ningún servidor o guardia de Constantius y eso parecía ser un indicio evidente de que el rajá había concentrado todas sus fuerzas leales en otro punto del palacio para atacar al vencedor de la lucha entre los partidarios de Nimbaydur Shing y Anand Mulhar.

El britano evitó algunas estancias poco iluminadas y que parecían desiertas. No descartaba, a tenor de las últimas palabras pronunciadas por Yatala, que pudiera haber asesinos emboscados entre los recovecos laberínticos que formaban los alargados soportales interiores que atravesaba, ya que esa manera de proceder era muy del gusto del griego que gobernaba en Nagdragore.

Con el cuello encogido entre sus anchos hombros, Donn Othna se deslizó agachado de medio lado como una pantera al acecho. No hacia más ruido que el que pudiera haber hecho tal felino acercándose hacia una confiada presa, envuelta en el manto de la noche en la profunda jungla.

¡Y esa presa era Constantius, Rajá traidor y asesino de Nagdragore.!

Se hallaba muy cerca ya de las estancias privadas del hombre que buscaba, cuando al rodear una de las salas menores el britano escuchó un leve ruido, semejante a un apagado silbido serpentino, que le hizo girar sobre sus talones. Delante de él, al pie de las escaleras de pulido y brillante mármol de vetas rojizas que conducían hacia el Salón del Trono, se alineaban moviéndose entre las sombras media docena de hombres de elevada estatura y complexión elástica y fibrosa empuñando largas dagas que refulgían amenazadoras. Se cubrían con cortos faldellines de seda negra y sus rostros estaban cubiertos con una ligera capucha de lino también oscuro que representaba los rasgos de una cobra. Unas livianas sandalias de tiras de cuero trenzado y curvos cuchillos en las manos completaban la apariencia de los allí reunidos.

Tras aquellas especies de máscaras, Donn Othna alcanzó a distinguir en los ojos de aquel silencioso grupo el fulgor del fanatismo y la muerte.

¡Aquellos eran los Hijos de la Daga, los mortíferos asesinos que rendían culto al reptil tras cuya máscara se ocultaban!

Una terrible expresión de furia y regocijo a un tiempo, cruzó el rostro de Donn Othna al observar como la línea de asesinos se abría formando un medio anillo a su alrededor con la evidente intención de atacarle ¡Pero esta vez no encontrarían a un hombre dormido presto a ser sacrificado como un cordero, sino un tigre de acerados colmillos!

En medio de un silencio sepulcral, los asesinos se abalanzaron sobre el norteño que los recibió atacando a su vez. El celta, en un ataque repentino, saltó hacia delante abriendo un espacio con su gran espada entre el y sus enemigos, golpeando de arriba abajo en un poderoso tajo al atacante más cercano, cuyo brazo y cuchillo saltaron por el aire en medio de un surtidor escarlata. Antes de que el hombre se hubiera dado cuenta de lo que en realidad ocurría, otro corte de Donn Othna le segó la cabeza del cuello, que rodó sordamente por el frío suelo, ahogando así el incipiente grito de dolor causado por la primera herida.

El celta gruñía y se reía salvajemente, exteriorizando toda la rabia acumulada mientras se movía con una facilidad natural, deteniendo y esquivando sin aparente esfuerzo las ineficaces cuchilladas de los asesinos enmascarados.

Los ligeros pies de los asesinos producían un sonido ahogado sobre el bruñido suelo trazando una danza mortífera en torno al britano, tratando en su intento de acorralar a aquel salvaje hijo de las colinas. Pero los movimientos y tajos de la espada de Donn Othna eran letales. El acero chocaba con violencia contra el acero y las hojas de los carniceros refulgían centelleantes cuando los filos resbalaban contra la cantarina hoja de la espada del celta.

Los asesinos jadeaban, retorciéndose, saltando y atacando con los movimientos sinuosos de las serpientes en busca de un hueco en la guardia de su enemigo, más todos sus intentos eran frenados en seco por la violencia y fuerza indómita con la que Donn Othna manejaba su espada.

Aquellos sicarios, acostumbrados a acuchillar en la oscuridad y mediante el factor sorpresa a víctimas indefensas no eran enemigos para alguien que había luchado junto a los mejores guerreros en sangrientos campos de batalla y en el Circo Máximo de Roma.

Donn Othna esquivó una cuchillada, aún antes de que esta descendiera sobre su cuello. Su contraataque, volteando su espada en un medio arco, acabo de manera relampagueante con el cuello de su adversario cercenado limpiamente de los hombros.

Todavía estaba cayendo el cuerpo del asesino de manera desmadejada, mientras su cabeza rebotaba siniestramente por las losas del suelo, cuando el celta atacó a un tercer individuo que no pudo hacer nada por evitar que la punta del acero del britano se hundiera en su pecho. Con un estertor, se dobló sobre sus rodillas soltando la larga daga y llevando sus manos al pecho por donde brotaba un gran chorro de sangre. Ya estaba muerto cuando se desplomó sobre el frío mármol.

Ahora sólo eran tres los enemigos que se alzaban ante Donn Othna ¡y retrocedían visiblemente ante la terrible ferocidad del celta!

Enseñando los dientes como una fiera, el britano avanzó hacia ellos y río con una mezcla de enajenación y regocijo, muy propia de los hijos de su raza.

¡La locura de la batalla y el sabor de la muerte invadían su mente!

Uno de los asesinos hizo un complicado amago con la mano que sostenía su daga al tiempo que giraba sobre una pierna lanzando una patada hacia la cabeza del celta, pero este, a pesar se su corpulencia, se agachó con rapidez esquivando el desesperado ataque y lanzó su puño contra el desprotegido rostro de su atacante. El brutal impacto hizo crujir la mandíbula del asesino que fue lanzado contra una de las paredes como si hubiera sido golpeado con una maza. Roto mortalmente y sangrante quedó tendido en el suelo de donde no se movió.

Había sido un feroz estallido de velocidad .Cuatro hombres yacían en el suelo muertos y los dos supervivientes se miraban con el temor brillando en sus ojos.

Impelidos por su fanatismo y desesperación, los dos asesinos se lanzaron al unísono contra el celta gruñendo su miedo. Donn Othna saltó a un lado evitando al atacante más cercano y sin dar tiempo a rectificar al que venía detrás de el le hundió el cráneo con un tajo descendente de su espada. El hombre cayó con un gorgoteo siniestro y más que ver, el celta percibió el desplazamiento del aire del último asesino cuando este se abalanzó sobre el con un chillido de odio y temor a un tiempo. Donn Othna asió con fuerza la muñeca del sicario frenando la daga que descendía hacia su pecho y con un brusco tirón volteó el cuerpo de su enemigo por encima de sus hombros, girando el brazo del mismo en un ángulo imposible. La extremidad crujió totalmente rota, como una rama seca. El aullido de dolor del asesino fue cortado con brusquedad cuando su misma arma, empuñada por el guerrero del norte, se sepultó con sequedad en su corazón.

El celta apartó de su lado el cadáver y aún lanzo una fiera mirada a su alrededor, poseído todavía por el ansia de sangre y esperando el ataque de más enemigos. Pero desde las sombras ya no surgió amenaza alguna y únicamente el jadeo de la respiración del britano alteraba el ominoso silencio de los corredores.

Muy alejados y apagados llegaban hasta Donn Othna los sonidos de la lucha que se estaba desarrollando en las calles de la ciudad y ahora, debido a las llamas de los incendios que se alzaban más allá de los muros del palacio, una extática y carmesí luminiscencia sangrienta cubría los pasillos por donde volvió a avanzar el ensangrentado celta como un dios vengador de las sagas nórdicas.

Tras lo que le pareció una eternidad, el príncipe britano desembocó en el Gran Salón del Trono, cuya amplitud, magnificencia y riquezas estaban de acorde con el esplendor oriental y los opulentos excesos de la ciudad de Nagdragore;

Una decorada bóveda de entrelazado pan de oro se perdía en las alturas creando una sensación de profundidad y los muros de rosado mármol esculpidos con delicadas cinceladuras ponían el contrapunto y atestiguaban los delirios de grandeza y divinidad que anidaban en la mente del rajá usurpador.

Bordeando elegantes columnas de un azulino alabastro se alzaban refrescantes fuentes de cristalinas aguas donde nadaban peces de resplandecientes colores entre exóticas plantas y flores acuáticas; siguiendo una línea pavimentada cubierta de finas alfombras tejidas con una delicada mezcla de sedas y plumas de aves exóticas se llegaba hasta las escalinatas que ascendían hacia el impresionante trono construido por entero en verde jade forrado de las más suaves pieles de tigres y panteras de las junglas del país de Hind. Todo eso lo observó Donn Othna con los ojos melancólicos tan del gusto de su raza, herederos de una perspectiva artística que desaparecía brutalmente con la locura guerrera que invadía a sus hermanos de clan cuando aullaban como lobos al lanzarse al combate.

Más todos aquellos pensamientos y disquisiciones desaparecieron de la mente de Donn Othna dando paso a una terrible furia que comenzó a crecer como una llama vengadora en su pecho.

Pues allí, con el afilado rostro desencajado por la enajenación, Constantius le miraba retrepado como una serpiente enroscada en su cubil, con ojos hundidos donde refulgía un odio animal y primigenio, murmurando palabras sin sentido. Se había despojado del turbante de seda y sus negros cabellos, largos y rizados, caían sueltos por su semblante.

Su mano diestra aferraba con desesperación la pesada corona de los rasjputs de Nagdragore, forjada y cincelada en oro bruñido. Engastados en el metal precioso la tiara mostraba rubíes, ópalos, zafiros y diamantes. El remate final era una maciza cabeza de águila en plata pura.

El repulsivo rictus de su boca delataba el loco extravío de sus delirios y mientras bebía vino de una gran jarra de oro sin importarle que la bebida goteara desde su boca manchándole las ricas vestimentas, Donn Othna tuvo la certeza que el griego había perdido la razón.

¡Sus propios desvaríos de grandeza, los excesos con la bebida ambarina macerada en plantas alucinógenas que ingería en sus bacanales y el juego de conspiraciones y traiciones que durante años habían martilleado su desconfiada mente en la soledad habían hecho enloquecer por fin al usurpador!

Donn Othna se mantuvo desafiante ante el trono, con la gran espada alzada ante el y se dirigió con voz de trueno al rajá.

-Tus sueños de imperio acaban esta noche Constantius. Has jugado con los dados de los dioses pero estos te han abandonado en tu locura y mi espada se tomará, con tu sangre, la retribución que me debes.

Una risa perturbada salió de los labios del griego que pareció recobrar en parte la coherencia de sus actos al escuchar las palabras del celta.

-¿Locura? ¿Hablas de locura, tú, que empuñas la espada del gran Alejandro y que eres descendiente de una raza terrible que entra en la batalla con un velo rojo dominando sus actos y que sólo se satisface con la sangre de sus enemigos? ¡Yo poseo la corona de los rajás y según la tradición establecida por el mismo Alejandro, aquel que la gana por la fuerza es quien gobierna Nagdragore!

-Nuestra demencia guerrera es efímera y desaparece cuando acaba la batalla, luchando hombre contra hombre y no ocultos entre las sombras traicioneras-gruñó con desprecio el britano-Y en cuanto a Alejandro, aún admitiendo que la mano de los dioses estuviera sobre el, era un hombre al fin y al cabo, sujeto a las debilidades y equivocaciones de los mortales.

-¡Blasfemia y sacrilegio!-gritó iracundo Constantius levantándose del trono como un resorte, lanzando espumarajos de rabia por la boca y lanzando contra el suelo la dorada copa que rebotó con un sonido tintineante por los escalones del estrado.- ¡Por mis venas corre su sangre y aún la de los Césares descendientes de su linaje! ¡Cuando vine a estas tierras ya tenía formada en mi mente la idea de forjar imperio! ¿Pues, acaso no era yo el más indicado por mi linaje para reclamar cuantos reinos y tronos estuvieran ante mí?-gritó Constantius alzando la corona hacia la bóveda del salón arrastrado por una visión fatua- ¡Y me juré a mi mismo que aquello que no pudiera tomar por la fuerza de la espada, lo haría amparándome en el falso halago, la traición más negra y el asesinato, explotando las debilidades de aquellos que se opusieran a lo que por derecho de conquista o herencia me correspondiese!-

-Tu quimera acaba aquí y nada más oportuno que la espada de un verdadero rey para poner fin al baño de sangre que cubre Nagdragore -replicó el celta dando un salto de felino hacia el trono con la espada presta a descargar un golpe mortal.

Más Constantius, como si el enloquecimiento le prestara alas en los pies, brinco ágilmente desde el trono hacia el suelo llevándose a los labios un silbato de hueso que sacó de entre sus ropajes, emitiendo un sonido largo y agudo que hirió los oídos de Donn Othna.

Durante un momento nada ocurrió en la gran estancia palaciega y ya volvía el celta a acorralar al demente rajá cuando sintió que la sangre se helaba en sus venas.

¡Una enorme y deforme figura simiesca acababa de penetrar en el gran salón!

10

“La Bestia del Abismo”

Desde una arcada oculta al fondo, detrás del trono, un fétido hedor animal precedió una visión de pesadilla. Una forma monstruosa, con una apariencia vagamente humana, se hallaba en pie ante Donn Othna y Constantius.

Este mantenía el silbato en los labios y sonreía con una expresión necia, mientras un hilo de baba resbalaba por la comisura de sus labios.

El celta ignoró por completo al griego y tensó todos los abultados músculos de su endurecido cuerpo.

Aquel ser semejaba la representación primigenia de una terrible pesadilla encarnada en carne y hueso. Un simio gigantesco, con un cuerpo ancho, voluminoso y encorvado, aunque más alto que aquellos fieros monos que el britano había tenido ocasión de ver en las jaulas que los tratantes de animales vendían al Circo Máximo de Roma, provenientes de las oscuras junglas que se alzaban más allá de la última gran catarata del poderoso río Nilo.

Donn Othna había luchado un par de veces con aquellos primates, pero la criatura que estaban contemplando sus azules ojos excedía con mucho el tamaño de los grandes monos del circo romano. Su pelaje, de color blanquecino grisáceo era más espeso e hirsuto, formando una capa coriácea en torno a los masivos miembros y enormes músculos.

Lo que parecían sus formidables pies y manos estaban rematadas en negras y grandes uñas curvadas. No se trataba de un animal aunque tampoco era un hombre, sino una mezcla bestial de ambas especies, como si fuera un eslabón perdido que la naturaleza hubiera desechado a lugares ignotos. El aspecto del rostro era lo más inquietante, ya que aunque mostraba rasgos simiescos, debajo de ellos se apreciaban líneas aterradoramente prehumanas. Una maligna inteligencia brillaba en dos ojos pequeños y rojizos, acentuada por la postura erguida del ser y una mandíbula donde sobresalían enormes y amarillentos colmillos.

Allí se alzaba un exponente del abismo de bestialidad por el cual había ascendido penosamente el hombre, desde las noches de los tiempos.

-¡Es Yetai!- chilló fuera de sí Constantius- Proviene de los negros abismos de la humanidad. Un viejo brujo oriental me habló en susurros de su existencia y de cómo los de su especie atemorizaban a las aldeas de las montañas atacando y devorando su ganado de espeso pelaje. Lo capturé en una profunda caverna, cuando era una cría, tras matar a sus monstruosos progenitores en una expedición de caza a los Grandes Montes de Nieve que vertebran el reino de Hind, muy lejos de los valles de Nagdragore. Muchos de mis soldados murieron aquel día, pero conseguí el trofeo que quería. Le alimenté de una forma especial, con la carne de mis enemigos, que eran muchos y le enseñé a obedecerme y a temerme con el fuego, el sonido agudo de un simple silbato y el poder de mi mirada. ¡Oh, sí, y aprendió mucho mejor que la mayoría de los animales o que incluso alguno de los esclavos de las castas inferiores! ¡Ahora el tendrá un festín con tu cadáver!-

Donn Othna no malgastó su atención en replicar las atropelladas palabras del griego y esperó, afianzando sus pies con firmeza en el suelo, girando lentamente sin perder la cara al monstruo, con su habilidad, fuerza y espada en contra de la naturaleza salvaje de su enemigo.

A la bestia le habían entregado víctimas casi destrozadas por la tortura o muertas y posiblemente, el fulgor semihumano que prendía en su pequeño cerebro y que le distanciaba de la verdadera bestia que era, habría disfrutado con horrible alegría de la agonía y el terror de sus indefensas presas.

Para el hombre mono, en su simple concepción de las cosas, aquella captura que tenía ante el era tan sólo otra débil criatura que desmembraría y destrozaría, quebrando su cráneo para llegar a saborear su carne y su sangre, sin sentir temor alguno por aquella cosa larga y reluciente que tenía ante el de manera amenazadora.

El celta, por su experiencia en anteriores luchas con fieras, sabía que su única ventaja era mantenerse alejado del alcance de los enormes miembros, los cuales podían aplastarle el cráneo y los huesos en un instante. A eso había que añadir el peligro que suponían los afilados colmillos y las curvadas y aceradas garras que podían destriparle o dejarle ciego.

Pero el britano ya no tuvo más tiempo para especular, ya que la bestia saltó hacia el emitiendo un gruñido bajo y profundo. El celta aguantó la embestida hasta el último momento, sintiendo el fétido del ser a escasa distancia de su cara. Las potentes garras de los pies del monstruo rasgaron el aire, allí donde instantes antes estaba el guerrero agazapado como un leopardo de las nieves, y al momento la bestia aulló de manera inhumana cuando la espada del britano cercenó con un sonido silbante su zarpa derecha.

Arrojando un chorro de oscura sangre por el muñón, el pavoroso ser dio media vuelta para atacar nuevamente. Esta vez, su rápido ataque sorprendió a medias a Donn Othna, que esquivó a duras penas el tremendo zarpazo de la garra izquierda con sus negras uñas, pero no pudo evitar ser lanzado al suelo violentamente por el empujón del corpachón del gran simio.

El britano sintió como sus huesos crujían por el tremendo impacto, pero su instinto de luchador hizo que se pusiera en pie con la rapidez de un gato, retrocediendo hasta una de las paredes del salón, esquivando de nuevo una espeluznante dentellada de las mandíbulas de la fiera y clavando su espada hasta la empuñadura en las entrañas del monstruo.

Hombre y bestia chocaron con igual ferocidad llevados por el irrefrenable impulso de matar cada uno al otro y rodaron por el suelo entrelazados en una mortal postura. Un brazo del gigantesco mono rodeó férreamente las costillas de Donn Othna mientras los biliosos colmillos se acercaban de manera mortífera a la garganta del celta.

Este, sintiendo como crujían sus vértebras, consiguió con un sobrehumano esfuerzo asir con sus manos las pavorosas mandíbulas del ser y tirar poco a poco de ellas hacia atrás sintiendo como la fétida baba chorreaba por sus brazos. La sangre golpeaba con fuerza en las sienes del britano y el sudor brotaba a raudales por cada poro de su piel. Un velo de dolor e inconsciencia empezaba a golpearle el rostro mientras los músculos del guerrero palpitaban por el titánico esfuerzo que estaba llevando a cabo.

Un hilillo sangre goteaba desde la nariz de Donn Othna hasta su abombado pecho y de no haber sido por la férrea construcción de su raza, el celta hubiera sucumbido como una rama seca ante el aplastamiento que estaban soportando sus huesos y músculos.

Por último, en un desesperado esfuerzo, Donn Othna apoyó sus pies en las caderas del monstruo y con un titánico impulso de sus músculos dio un empellón conjunto de brazos y piernas hacia atrás.

Con un gruñido de dolorosa complacencia el celta escuchó como crujían de forma horrible las mandíbulas de la bestia y su cuello quedaba colgando de manera fláccida hacia abajo. Aún se mantuvo en horcajadas unos instantes el enorme corpachón del simio, para caer seguidamente como un gran árbol talado con un ruido ensordecedor y un estremecimiento convulsivo. Sus fieros ojos quedaron inmóviles, y los miembros, tras una leve sacudida, también se paralizaron.

Donn Othna se puso en pie, tambaleante, buscando apoyo contra la pared y jadeando de manera ruidosa y lanzando saliva y sangre a un tiempo, mientras apartaba el revuelto cabello de su rostro y limpiaba sus ojos del abundante sudor que goteaba desde su frente.

Aquella descomunal lucha había sido una hazaña digna de un semidiós y pocos hombres habrían sobrevivido a un encuentro de tales características.

Las garras del simio habían dejado surcos sangrientos en el cuerpo del celta, cubierto de sangre suya y de la muerta bestia y sin dudarlo, el britano, con la garganta seca, se acerco a una de las cantarinas fuentes y sumergió su cabeza dentro de las frescas aguas bebiendo a grandes tragos, empapándose los rubios cabellos, el pecho y los doloridos brazos.

Todavía estaba el britano recuperándose del esfuerzo de la lucha cuando sintió a su espalda la presencia de Constantius quien, con el brillo de la demencia bailando en sus ojos y el odio deformando su semblante se abalanzó sobre el de manera inconsciente con un cuchillo que había sacado bajo sus amplios ropajes. Con silenciosa y terrible ferocidad, Donn Othna había vuelto a convertirse en un combativo luchador que ni daba ni pedía cuartel y aún menos ante la traición.

Entonces, todo ocurrió como si hubiera sido el delirio de una mente febril.

El britano, con un par de elásticos pasos se acercó al cadáver del primate y con un seco tirón sacó la espada del vientre de la bestia. Se giró con serenidad y cuando Constantius llegó a su altura ciego de furia babeante, le ensartó con su espada con un movimiento fulgurante. La hoja atravesó el pecho del demente rajá y la punta surgió entre sus omóplatos.

Donn Othna mantuvo la sorprendida mirada de Constantius, que ante la inminencia de la muerte pareció recobrar por unos instantes la lucidez perdida. El griego quiso decir algo, pero su boca se llenó con una bocanada de sangre y se venció, ya inerte, sobre los anchos hombros del celta mientras su muerta mano dejaba caer el cuchillo que golpeo el suelo de manera sorda.

Donn Othna retiró con suavidad la espada del cuerpo de Constantius, que se desplomó a unos pasos junto a su bestial engendro. En su mano diestra aún asía, con una desesperación más allá de la muerte, la corona de Nagdragore.

Ahora, un tremendo desaliento y vacío se apoderó del cuerpo del celta, que se apoyó en una de las columnas del gran salón y dejó vagar por unos instantes sus pensamientos mientras sus ojos se posaban en la ensangrentada tiara de los rasjputs.

Desde el exterior, los ruidos de la lucha y los gritos de los combatientes habían cesado casi por completo y sólo el resplandor lejano de las llamas de los incendios hacía relucir las piedras preciosas de la corona en medio de la sombría soledad.

11

“Sueños de Imperio”

Las pálidas luces del amanecer rompían por el este las sombras nocturnas de la ciudad y sólo las columnas de humo de los incendios ya extinguidos o apunto de consumirse ensombrecían el despertar de Nagdragore.

Sangrientos combates habían cubierto sus calles de muertos y la sangre había corrido a raudales tiñendo de rojo carmesí desde los palacios hasta las miserables callejas. Príncipe contra príncipe, facción contra facción, hombre contra hombre, se habían acuchillado con los fuegos de la venganza y el odio ardiendo en los ojos.

Por último, todas las lanzas y espadas convergieron sobre un reducido grupo de lobos del norte que, aún rotos, magullados y sangrantes mantenían una firme línea de acero y muerte ante ellos, como así lo atestiguaban las pilas de cadáveres que se amontonaban ante a sus pies.

Los vikingos habían combatido toda la noche contra los diferentes partidarios al trono de los rajas, sin importarles quienes fueran, con tal de arribar hasta su barco, pero al fin la fuerza del número de sus enemigos les había acorralado a escasos metros del embarcadero.

Ahora, Athelred, con su rubia barba erizada por la furia, su hierático piloto Hrothgar al lado y una escasa treintena de vikingos formaban un cuadro épico y aterrador al tiempo que golpeaban con sus hachas y espadas los redondos escudos incitando a sus enemigos al combate mientras lanzaban puyas y entonaban canciones de gloria y muerte.

A sus espaldas se balanceaba sobre las esmeraldas aguas del puerto el barco dragón, que apenas había sufrido daños de consideración, pero ninguno de ellos pensaba en embarcar como así lo refrendaban las satisfechas palabras que el jefe vikingo dirigía a sus hombres con voz de trueno.

-¡Hoy cantaremos canciones en el Valhalla y nos emborracharemos con cuernos de espumosa cerveza e hidromiel al lado de los héroes! ¡Entonemos una canción de muerte para estos perros oscuros!-

Ya se cerraban las filas de los guerreros de Nagdragore para acometer con la embestida final cuando de entre sus filas surgió un apagado murmullo que fue creciendo a medida que la las lanzas, espadas y arcos se abatían abriendo un ancho pasillo por donde surgió la imponente figura de Donn Othna.

El celta empuñaba su gran espada en una mano y sujetaba la corona de Nagdragore en la otra. Una extraña expresión cubría su rostro otorgándole una pétrea dureza.

Con firmes pasos llegó hasta las filas de los vikingos deteniéndose enfrente de Athelred.

-¡Por Thor!-gruño este bajando su escudo un tanto aunque sin dejar de empuñar con fuerza su gran hacha- ¡Donn Othna!¡Te creíamos muerto por alguna de las trampas de Constantius o con una daga en la espalda!

-Poco faltó para que así fuera y aún más que dagas se ocultaban en las sombras del palacio de Constantius- contestó circunspecto el celta sin entrar en más detalles.

-¿El griego ha muerto?-preguntó el sajón mientras señalaba con su hacha la corona que el britano sostenía.

-Por mi mano, en su propio Salón del Trono, víctima de su traidor comportamiento y de la locura que anidaba en su alma como una retorcida serpiente.- dijo con hastío en la voz.

-¡Por Odín y Thor! Ahora eres rey de esta ciudad de locos, pues posees su corona-sentenció Athelred sin darle más importancia al hecho -¿Y bien, lucharas a nuestro lado contra estos chacales o por el contrario habré de buscarte en el combate como enemigo para dirimir nuestros ancestrales feudos de sangre?

El silencio se hizo plomizo entre los dos hombres, ajenos a las amenazadoras espadas y lanzas que se alzaban a sus espaldas. Donn Othna y Athelred mantuvieron con firmeza sus respectivas miradas, acariciando cada uno la empuñadura de su arma.

Allí se estaba dirimiendo algo más que el futuro de una ciudad. Se trataba de una lucha primitiva, de dos hombres, dos lobos sanguinarios, cuyas respectivas razas eran enemigas desde el alborear de los tiempos y para quienes la sangre vertida en mares de heladas aguas era más importante que todas las coronas de los reyes.

Por un momento pareció que celta y sajón se abalanzarían el uno sobre el otro, pero una fanfarria de trompetas y los gritos jubilosos de los guerreros de Nagdragore a sus espaldas rompieron la tensión del momento.

Instintivamente, Donn Othna se alineó al lado del sajón y alzó su espada manteniendo el frente vikingo. Athelred no dijo nada pero un sordo gruñido de satisfacción brotó de su pecho al comprobar la maniobra del celta.

Los gritos habían ido cesando gradualmente mientras hasta ellos se acercaba un jinete montado en un nervioso semental negro. Al reconocer a quien montaba el caballo, Donn Othna hizo una seña tranquilizadora al jefe sajón y avanzó unos pasos fuera de las menguadas filas de los hombres del norte.

El jinete llegó hasta el britano y descabalgó sin aparente temor alguno.

-¡Te saludo, príncipe Donn Othna!- habló con voz calmosa el rasjput.

-¡Salve, mi señor Nimbaydur Singh!-contestó el celta de igual manera.

-Vengo del palacio y he visto tu rastro de destrucción y muerte. Me ha complacido hallar el cadáver del perro de Constantius, muerto por tu mano sin duda, ya que observo en tu mano el más preciado tesoro de mi pueblo. No niego que me hubiera agradado hundir mi espada en su negro pecho y hacerme merecedor de la corona que ceñía el usurpador.-explicó con mal disimulada decepción en la voz el noble

-Al final, su locura fue su perdición-sentenció con gravedad el celta.

-Yo he matado al chacal de Anand Mulhar en su propio cubil, mientras trataba de huir. Ahora, eres rajá de Nagdragore-habló Nimbaydur Singh señalando la corona que Donn Othna mantenía sujeta- Y aunque nuestras tradiciones nos obligan a reconocerte como tal, ya que cada hombre es amo de lo que consigue por derecho de conquista y sangre, no esperes que mi pueblo guarde fidelidad a otro bárbaro usurpador proveniente de unas lejanas colinas del norte que nada significan para nosotros. Tú podrás sentarte en el trono de Nagdragore pero te advierto que, más pronto o más tarde, la traición te acechara en las sombras y surgirán otros como Anand Mulhar. Por mi parte, no alzaré mi espada contra ti amparado en la traición pero te combatiré en los valles y las junglas hasta que consiga que un verdadero descendiente de los verdaderos rasjputs se siente en el trono de jade de Nagdragore.

-Así lo creo mi señor y esa actitud te honra, pero aunque te confieso que he soñado con mi propio reino, no será la corona de esta ciudad la que ceñirá mis sienes- respondió con una risa amarga Donn Othna- Sé que el trono se tambalearía ante mis pies ante las intrigas y murmuraciones de los cortesanos y aún he de conquistar mi verdadero destino por la fuerza de la espada ante un auténtico adversario, no ante un infeliz loco como fue Constantius, enfermo de temores y codicia. ¡Tuya es, pues, la corona de Nagdragore!-

Y tras estas palabras, el britano tendió sin dudar la tiara al asombrado rasjput quien la aceptó tras un momento de indecisión.

-¡Pero nuestras tradiciones obligan a…..!- comenzó una débil protesta Nimbaydur Singh que fue acallada por el juramento del celta.

-¡A los Infiernos Helados con ellas! ¡Prefiero navegar con los lobos de Athelred antes que engordar y volverme loco en una jaula dorada!

Las risotadas del jefe sajón y sus hombres a sus espaldas, mezcladas con los gritos de gozo de los habitantes de la ciudad, retumbaron como timbales en los oídos Donn Othna y el reciente y desconcertado rajá de Nagdragore.

******

La brisa del amanecer era suave y cálida y arrastraba consigo un suave olor a salitre, tensando la vela de la nave vikinga. Las espumosas olas lamían suavemente el casco del barco dragón de Athelred cuando este abandonó los alargados muelles de Nagdragore con su bodega repleta de provisiones y riquezas suficientes para contentar a la tripulación. Era el obsequio que Nimbaydur Singh les había otorgado en pago a sus servicios, aunque nadie dudaba que la recompensa fuera también una clara invitación a abandonar cuanto antes la ciudad.

Ahora, los supervivientes, tras lamerse como lobos las heridas del combate, gruñían y maldecían ante las voces destempladas de su piloto Hrothgar inclinando las anchas espaldas sobre los remos para alcanzar el mar abierto.

En el altillo de proa, sintiendo el rítmico vaivén del barco bajo sus pies y el viento azotando su curtido rostro, Donn Othna estiró los poderosos brazos como un gran gato y llenó sus pulmones con el aire fresco saboreando satisfecho el yodo y el salitre.

-¡Por Loki, Donn Othna, aún pienso que debes de estar loco al renunciar a ser rey de una ciudad llena de riquezas como Nagdragore!-maldijo con su rudeza habitual Athelred acercándose hasta el.

-¿Por qué? ¿Porque no deseo enloquecer y rodearme de enemigos amparados tras las sombras de un trono? ¡No, no tengo el menor deseo de morir con una daga en la espalda y con la espada enmohecida en la vaina!-arguyó el celta- Además, sabes bien que Nimbaydur Singh, aunque hiciera honor a su palabra de no planear traición alguna en contra mía, no iba a ayudarnos contra otros enemigos. Nuestra posición y recursos militares hubieran sido bastantes precarios sitiados en la ciudad si por un infortunado golpe de suerte Asgrimm el Anglo arribara hasta los muelles de Nagdragore. Nos habrían superado siempre cien a uno en el mejor de los casos.

-Tal vez tengas razón, ¡pero que gran combate hubiera sido ese para hombres de nuestro temple!- masculló el sajón golpeando con fuerza la borda de la nave con su enorme mano brillándole los ojos con un ardiente odio ante la sola mención del nombre de su odiado enemigo.

Donn Othna no dijo nada aún cuando sus azules ojos centellearon de manera volcánica durante unos instantes, posando su vista en el horizonte donde la línea alargada de la costa se iba difuminando cada vez más.

Athelred también guardó silencio siguiendo la dirección de la mirada de su extraño aliado.

-No se cual es el destino que me aguarda, pero estas aguas y estas costas están repletas de ciudades y misterios por conocer y ¿quien sabe?, quizás un hombre empuñando el acero que perteneció al gran Alejandro pueda abrirse camino entre un mar de sangre hacia los tronos por conquistar-habló al fin el celta de manera pensativa acariciando la empuñadura de su gran espada que parecía dormir en su vaina soñando quizás con algún imperio venidero.

Athelred esbozó un fiera mueca mostrando su dentadura y exclamó lanzando una gran carcajada.

-¡Me gustará ver como lo consigues y pienso que te harán falta unas cuantas espadas del norte como las nuestras que te allanen el camino!

Y se alejó a grandes zancadas mientras reía despreocupadamente.

El velamen y los aparejos crujieron gozosamente, la proa del barco escindió las profundas aguas con firmeza y el viento entonó una canción que hablaba de imperios que sólo Donn Othna, nacido en una choza de barro en una tierra brumosa y salvaje pareció escuchar dentro de su alma bárbara.

FIN

11 de Agosto de 2007

NOTAS. Por Eugenio Fraile.

(1) Genserico: Rey de los Vándalos que en el año 455 d.C invadió Italia y saqueó Roma durante el gobierno del emperador Avito.

(2) Chalons: Localidad cercana a Troyes, la antigua ciudad de Augustobona en la Galia, donde se libró la batalla de Campus Mauricus o Campos Cataláunicos en el año 451 d.C.

(3) Aetius: Robert E. Howard, en boca de su personaje Donn Othna, se refiere al Consul Aecio (407 d.C), general de los ejércitos del Emperador Valentiniano III (425-455 d.C.).En la batalla de los Campus Mauricos (ver nota anterior) derrotó a Atila, rey de los Hunos, que moriría en el año 453. El Cónsul Aecio fue asesinado por orden del emperador Valentiniano III en el año 454 d.C. Un año después, el mismo emperador sería asesinado.

(4)Vortegirn: Rey britano del siglo Vd.C que, tras traicionar a sus aliados pictos y temiendo que sus hermanos menores, Aurelio Ambrosio y Úter Pendragon, el que fuera padre del futuro rey Arturo de las leyendas, le disputaran el trono desde el exilio, pactó en el año 449 d.C. con los tripulantes de tres naves de guerra fuertemente armados que habían desembarcado en Dorobernia, la actual Contuaria. Estos guerreros provenían de la región de Sajonia, en la Germania continental y eran paganos adoradores del dios Woden o Wotan, la versión germanizada del Odin escandinavo. Sus caudillos eran Hengist- a quien nombra Athelred durante la historia escrita por Robert E. Howard- y su hermano Horsa, quienes siguiendo una ancestral costumbre sajona se habían exiliado junto con gran número de guerreros debido a que la población de su región era demasiado numerosa. Howard juega con esta circunstancia dando a entender al lector que Athelred pudo haber sido uno de los capitanes que acompañaron a los dos hermanos en su primer desembarco pacífico en Britania. Con ellos al frente, Vortegirn cruzó el rio Humber, cerca de la muralla entre Deira y Escocia ( la Muralla de Adriano) y se enfrentó a los pictos que, sorprendidos por la salvaje manera de luchar de los sajones, sufrieron una sangrienta derrota. Maravillado con aquellos guerreros, Vortegirn “abrió” las puertas de Bretaña a más emigraciones sajonas, que, desde Germania, se instalaron en la región de Lindsey y Castrum Corrigiae (Kaercarrei). Vortegirn se casó con la hija de Hengist, Ronwen, a pesar de que el era cristiano y ella la hija de un pagano y el caudillo sajón recibió a cambio la provincia de Cantia. Una tercera oleada de trescientas naves sajonas aumentó el poder de Hengist en Britania, y no tardó mucho tiempo en volverse contra Vortegirn. Los sajones se apoderaron de Londinum (Londres), Eboracum (York), Lincoln y Güintonia, retirándose Vortegirn a la región de Cambria, en la fortaleza de Ganarew. Con el paso del tiempo, su hijo Aurelio Ambrosio le daría muerte en el asedio al mencionado castillo.(Bibliografía. “Historia de los Reyes de Britania”. Geoffrey de Monmouth. Edición preparada por Luis Alberto de Cuenca. Editora Nacional.1984.)

(5) Anglos: Tribus de raza germánica que en el siglo VI d.C. se establecieron en Inglaterra. Eran enemigos declarados de los Jutos y Sajones, cuyos territorios fronterizos en el norte de Europa estaban en constante guerra entre sí. Entre los años 449 y 451 d.C. los anglos y los jutos desembarcaron en la Gran Bretaña.

(6) Hengist: Ver Vortegirn.

(7) Cerdic: Hijo de Hengist, que junto a sus hermanos Octa y Ebisa, desembarcó en Britania al frente de trescientas naves, en la tercera oleada de migraciones sajonas.

(8) Cestus: Los Cestus eran primitivos guantes confeccionados con las crines de los caballos o en su defecto con cuerdas de esparto, con los cuales los gladiadores del Circo Máximo de Roma se cubrían los puños para practicar el antiguo Pankratio o pugilato griego, antecesor del boxeo actual que más adelante estructuraría el Marqués de Quensbury como deporte de caballeros.

(9) Durbar: Mercado Hindú.

(10) Otator: Encargado de marcar, con un mazo de madera sobre un tambor de piel de vaca tensada, la cadencia y ritmo de los remeros en las galeras romanas de combate.

(11) Jarl: Jefe guerrero vikingo.

(12) Strandhugg: Término que utilizaban los vikingos para referirse a un ataque fulminante por sorpresa, tomando rápidamente y por la fuerza bruta lo que encontraban de valor, matando a aquellos que se interpusiesen en su camino, incendiando las casas y desapareciendo con la misma rapidez con la que llegaban.

Bibliografía consultada:

- “Enciclopedia de la Historia Universal”.Editorial Espasa y Calpe. Madrid

-“Los Grandes Imperios y Civilizaciones”Ediciones Sarpe .Madrid 1984.

-“Historia de los Reyes de Britania”.Geoffrey de Monmouth. Editora Nacional. Madrid 1984.

-“Vikingos en España”. Editor Historia y Vida .Barcelona 1968

-“Ejércitos y Batallas: Los Vikingos, Tropas de Elite.” Osprey Military. Ediciones del Prado 1995.



"ESPADAS DE PARÍS"


Autores: Eugenio Fraile y Miguel Ángel Garrido

Portada y Contraportada: Joan Arocas

I

Ilustraciones Interiores: Francisco Nájera y Marvel Comics Group

(Archivo “Weird-Tales de Lhork”)

Basado en los personajes creados por Robert E.Howard y Alejandro Dumas

Introducción al Relato

Cuando Miguel Ángel Garrido me envió su primera versión original de “Las Espadas de París” comprendí rápidamente que el hecho de enfrentar a un personaje hosco, duro y en cierta medida, marcado por el destino, siempre en pos de un afán de justicia divina entre los hombres como es Solomon Kane y unos oponentes tan afamados e idealizados en la literatura como son los cuatro mosqueteros del Rey de Francia ideados por Alejandro Dumas ,era una idea de lo más brillante, novedosa y atractiva de cara a los lectores del género de aventuras.

Tras corregir algunas lagunas arguméntales y encajar en el entorno histórico personajes tan dispares entre sí en cuanto a caracteres, situaciones y fechas, lo que en un principio sólo era una revisión, como editor, de cara a una posible publicación en nuestra revista, se convirtió en un arduo y gustoso desafío para mí otra parte de escritor. Así que, casi sin darme cuenta, me vi atrapado por la trama y me deje llevar por el entusiasmo hasta rescribir la versión que ahora publicamos en este número de “Weird-Tales de Lhork”, sin desmerecer en absoluto lo aportado por Miguel A. Garrido.

Para que el lector tenga una ubicación histórica lógica de los personajes en el tiempo ha de saber que:

1-Los acontecimientos narrados por Alejandro Dumas en su obra, “Los Tres Mosqueteros”, finalizan en el año 1628.

2-El presente relato, “Espadas de París”, se sitúa un año después, en 1629.

3- Luis XIII, (1601-1643), Rey de Francia, tiene por aquel entonces 28 años.

4-Armand-Jean du Plessis, Cardenal de Richelieu, (1585-1642), Primer Ministro de Francia y verdadero poder en la sombra, tiene 38 años.

5- Athos y Phortos tienen 29 años, Aramis 23 y Artagnan 22 años.

6-Solomon Kane “nació” en Devonshire, en la quebrada costa oeste de Inglaterra, en el año 1530, bajo el reinado de la reina Isabel I. Fue instruido en la ortodoxia puritana y por ello tuvo que exiliarse de su país. Ateniéndonos a su año de “nacimiento” otorgado por Howard, Kane tendría ¡99 años! en los hechos ocurridos en “Espadas de París”, lo cual le incapacitaría como esforzado vengador justiciero. Aquí, como escritor, me he permitido utilizar la llamada “licencia poética” y los múltiples recursos que ofrece la literatura de aventuras y más concretamente el género de Espada y Brujería, para trasladar a Solomon Kane desde su presente hasta el futuro de los mosqueteros, tras la aventura narrada en el relato de Howard, “Las Colinas de los Muertos” y antes de que tenga lugar “Hawk de Basti”. En “Las Colinas de los Muertos”, Solomon Kane recibe del viejo hechicero africano, N`Longa, el bastón ju-ju de madera negra con cabeza de gato, de incalculable antigüedad y que se supone utilizó el rey judío Salomón para expulsar a los demonios que poblaban el mundo.

Ya que en “Espadas de París” Kane porta el mítico bastón fetiche, es lógico suponer que la acción de este relato ocurre inmediatamente después de “Las Colinas de los Muertos”. Según el artículo de Fred Blosser, que puede leerse de nuevo en el n º25 de la revista “Weird-Tales de Lhork”, dedicado al género de Capa y Espada y titulado“La Senda de Solomon Kane”, la historia contada en “Las Colinas de los Muertos” ocurriría, aproximadamente entre los años 1591 y 1592, tras escapar de un cautiverio a manos de españoles y portugueses, después de una gran batalla naval cerca de las islas Azores. Kane tendría unos 61 años y aunque es una edad en la que el puritano aún podría morder como un viejo lobo, sería demasiado anciano para batirse contra varios espadachines duchos en su oficio y con fuerzas de sobra como eran los mosqueteros franceses. El lector habrá adivinado ya que el renombrado bastón africano tendrá mucho que ver en el “rejuvenecimiento” de Solomon Kane en esta aventura.

Por lo demás, ya sólo queda que el lector disfrute con esta versión tan particular de las aventuras de unos personajes tan carismáticos.

******

Prefacio

En el año 1629, acabadas las guerras religiosas entre los herejes hugonotes y los católicos que habían asolado Francia durante más de seis décadas, este constituía un reino que trataba de recuperar su hegemonía a la cabeza de una Europa en constante cambio. Se trataba de un gran país en pleno desarrollo que centraba toda su fuerza y poderío en la capital París. Allí gobernaba el rey Luis XIII y junto a él, se encontraba el que para muchos hombres era el verdadero poder más influyente en la corte. Ese hombre era el Cardenal Richelieu. En aquellos años se hallaba a flor de piel un conflicto que había perdurado durante largo tiempo en el reino y que trataba sobre cual era el cuerpo de caballeros más apto para constituir la guardia personal del rey. A un lado, se encontraban los Mosqueteros, capitaneados por su capitán, el caballero de Treville, y enfrentados a estos estaban los hombres de la Guardia Personal del Cardenal Richelieu, quienes no dudaban en provocar y desafiar a duelo en repetidas ocasiones a los Mosqueteros haciéndoles caer de esta forma en las trampas preparadas por el Cardenal para desacreditar a estos caballeros ante los ojos del Rey.

Finalmente, la responsabilidad de velar por la seguridad de Luis XIII recayó sobre los hombros de los Mosqueteros, provocando así un odio ciego en el Cardenal hacia los hombres capitaneados por de Treville.

Entre la pequeña tropa de Mosqueteros del Rey destacaban por su valor y fama tres caballeros que acudían siempre juntos al combate a pesar de las muchas diferencias evidentes entre el carácter y la personalidad de cada uno de ellos. Se trataba de Aramis, antaño hombre de iglesia y letras reconvertido en caballero del Rey; Porthos, espadachín orgulloso y burlador de mujeres casadas, mucho más hábil con las palabras que con el uso del acero, aún reconociendo su habilidad como esgrimista; y Athos, seguramente el más valeroso combatiente de los tres, fraguado su hosco carácter en un pasado oscuro en el que se creía que pudo estar emparentado con la nobleza dada su elegancia y demás cualidades innatas en su persona.

Por aquel entonces llegó a París un joven procedente de las tierras de campiña de la región de Gascuña. Se trataba de un mozalbete con la cabeza repleta de ambiciones y que aspiraba a convertirse en uno más dentro del cuerpo de Mosqueteros del Rey. Su nombre era Artagnan. Su llegada a París coincidió con el despertar de una serie de intrigas en la corte real que relacionaban a la Reina Ana con cierto miembro de la nobleza británica, y fue también entonces cuando surgió en escena la figura de una enigmática dama, Anna de Breuil, más conocida como Milady de Winter. Esta mujer se convertiría en una auténtica diablesa burlando el corazón de multitud de hombres sólo para obtener su cometido en la misión que desde la sombra el Cardenal Richelieu le había encargado, y que no era otra que el descubrir la verdad sobre la supuesta infidelidad de la reina de Francia a espaldas de su marido el rey. Gracias a la intervención de los Mosqueteros, tal plan del Cardenal no pudo llevarse a cabo y esto desembocó en una particular venganza llevada a cabo por Milady para acabar con Artagnan y los tres más famosos Mosqueteros de Treville, con los cuales el joven gascón había entablado una gran amistad. Al final acabaría descubriéndose la relación de Anna de Breuil con el oscuro pasado de Athos, y después de que la malévola mujer asesinara de forma traicionera, a la amante de Artagnan, Madame Bonacieux, los Mosqueteros determinaron acabar con la vida de Milady haciendo así justicia a todos los hombres a los que durante su vida había conseguido engañar y mujeres a las que asesinó la malévola Anna de Breuil.

Una valerosa intervención de Artagnan en toda la trama por descubrir las aventuras vividas entre la rey Ana y Jorge de Villiers, Duque de Buckingham, acabaría con el nombramiento de Artagnan como teniente de los Mosqueteros, nombramiento aparentemente impulsado por Richelieu, y la consecuente inocencia fuera de toda sospecha de la mano del Cardenal en toda las intrigas despertadas alrededor del palacio real del Louvre en los últimos tiempos. Todo esto había acontecido un año atrás.

******


1. El Hombre Embozado y el Extraño Viajero

El frío de un desapacible otoño envolvía la capital de Francia cuando, traspasando la Puerta de San Dionisio en la cual acababa o comenzaba, según se fuera o viniera, la carretera proveniente de la ciudad portuaria de Calais, rindió viaje un inquietante jinete de mirada sombría y oscuros ojos de fuego. Era este un hombre de alta estatura, de gran fortaleza y bajo el ajado y negro sombrero de copa baja y ancha ala, los endurecidos rasgos de su rostro se marcaban de forma saturnina.

Las calles de París, durante el reinado del joven Luis XIII, reunían un variado cúmulo de gentes de muy distinta clase en los puestos y tenderetes de los mercadillos populares, atestados de curiosos viandantes y vocingleros comerciantes. Allí se mezclaban por igual, los orgullosos hombres de uniforme y casaca, los bribones mal encarados de espada fácil y más fácil traición aún, los opulentos burgueses y perfumadas mujeres engalanadas, y en contraposición, gentes ataviadas de modo humilde con cansada mirada y manos atadas al duro trabajo en el campo y oficios miserables. Sin duda, para un viajero como aquel, acostumbrado a una naturaleza salvaje y a una vida espartana entregada a lograr la justicia entre los hombres, lo que veía suponía un espectáculo que desaprobaba en lo más profundo de su austera alma, educada en la más estricta creencia puritana. Las gentes, impresionadas por la felina serenidad que emanaba del cuerpo de aquel extranjero, clavaban con curiosidad no exenta de cierto temor, sus ojos en la figura del extraño hombre de oscura mirada, larga espada enfundada en un tahalí de cuero y pistolas remetidas entre el ancho cinturón de gruesa hebilla metálica que rodeaba su estrecha cintura. Con un trotecillo lento y acompasado sobre el desgastado y sucio empedrado callejero dirigió a su montura, un bayo corcel de fuerte estampa, hacia calles menos concurridas.

El enigmático bastón rematado en una cabeza de gato que el viajero portaba sujeto también al costado, así como sus ropas sencillas y oscuras, no dejaba de conferir a su conjunto un cierto aire de exotismo fuera de lugar, ajeno al ambiente claramente provinciano que imperaba en aquellos barrios del París profundo. Sin duda, el desconocido personaje distaba mucho de pasar inadvertido dado su particular aspecto y lobuno porte abriéndose camino entre la multitud congregada en las calles de la ciudad.

Para Solomon Kane, París suponía sin duda el principio y fin de todas sus inquietudes convertidas en punzante razón de ser durante las últimas jornadas vividas en tierras francesas. No era el mero placer ni la búsqueda de calor humano lo que le había llevado hasta aquel barrio de las afueras de París, sino una extraña llamada hecha a su persona por medio de un mensaje que se convertía en el auténtico móvil de su perdido transitar por las calles de una ciudad maravillosamente noble y repugnantemente pordiosera en cada una de sus esquinas.

La posada “Le Petit Homme(1) era el lugar al que Kane dirigía sus pasos, local con fama de discreto y donde nadie se interesaba por los asuntos de los demás y que conformaba un punto de reunión y acogida para bribones y prostitutas, aventureros y negociantes poco dados a cumplir con las leyes del rey, que encontraban en las conversaciones huecas y los vasos llenos de buen vino francés la respuesta para tanta vida marginal que en aquellos oscuros muros se daba cita. Tras dejar amarrado al caballo en uno de los postes anillados del patio exterior, el puritano empujó la puerta de grandes remaches metálicos incrustados en la gruesa madera que daba entrada a la fonda. La única sala principal, de alto techo de vigas de roble ennegrecidas por el humo de los asados y las velas, se hallaba poco concurrida en esos momentos. Al fondo de la misma, en un apartado rincón, una delgada figura embozada y silenciosa hizo un movimiento evidente con la mano ante la entrada del inglés por la puerta de la posada. Kane asintió con un gesto apenas perceptible de su cabeza respondiendo a la llamada, evitando a los escasos parroquianos y encaminó con una rapidez atípica para alguien de su tamaño sus pasos hacia aquel que ocultaba su rostro, tras una oscura capa de terciopelo rematada por una discreta capucha.

-Tened la bondad de sentaos-susurró como bienvenida el desconocido interlocutor en un francés suave y cultivado, señalando con una pequeña mano cubierta con un fino guante de piel, el taburete vacío que ante él se hallaba- ¿Habláis mi idioma, monsieur? (2)

- Mi nombre es Solomon Kane, como vos bien debéis saber, ya que si estoy aquí es debido a vuestro urgente requerimiento-contestó el espadachín en un francés de acento aceptable, aunque de entonación profunda, mientras se sentaba con una elasticidad innata sin perder de vista el entorno que le rodeaba y escudriñaba fijamente al hombre que tenía frente a él-Y como podéis comprobar, os entiendo perfectamente.

En otra época, que no sé como interpretar respecto al momento actual, aprendí vuestro idioma como capitán de fortuna interviniendo en las muchas guerras religiosas que devastaron este país, incluso mandé una compañía en una importante batalla, para después licenciarme hastiado, enfermo por los muchos actos malignos que se cometieron bajo el manto de la causa (3), aunque no os sé decir cuando ocurrieron tales hechos, ya que mi mente se halla confusa respecto a mi presencia en esta ciudad, a la que reconozco como el París que visité una vez, aunque la encuentro diferente de lo que yo recordaba.-

-Bien cierto, monsieur, París y Francia han cambiado y en cuanto a las luchas que recordáis, estas ya acabaron-asintió su misterioso interlocutor , dejando entrever únicamente el perfil afilado de su rostro y unos ojos inquisitivos-Y es debido a vuestra audaz participación en ellas, años atrás, por lo que tuve conocimiento de vos y vuestras hazañas consignadas en ciertos documentos que no viene a colación comentar ahora.

Dispuse todo lo necesario para que, a través de un servidor que envié a Calais, facilitaros el viaje hasta París, y poder celebrar esta entrevista en este, digámoslo así, encantador retiro -concluyó con una untuosa risa que al puritano le recordó el suave sisear de una serpiente.

- Más hay algo que nubla mi mente y mis pensamientos- continuó Kane, como si hablara consigo mismo- Recuerdo un sangriento combate naval con los españoles y portugueses cerca de las Azores que duró todo un día, mientras me batía espalda con espalda con Sir Richard Grenville y la sangre nos anegaba hasta el codo. Un golpe, oscuridad y luego, negras mazmorras. Tiempo después pude escapar y conseguí llegar a la costa de Africa y... ¡Dios Bendito, allí di muerte a la reina de una ciudad de negros vampiros!-(4) remachó con voz cortante el espadachín, mientras su mano se cerraba instintivamente, como un cepo de hierro, sobre el bastón sujeto a su costado.

Aquellos aparentes desvaríos no parecieron inquietar en absoluto al hombre sentado frente a él. Al contrario, parecieron estimular su curiosidad mientras señalaba el bastón de Kane.

-¿Y cual es el origen del extraño objeto que portáis con tanta veneración?- preguntó el embozado - Mis informes sobre vos hablan de que sois un hombre de gran fe y el veros con tal adminículo idólatra me desconcierta, monsieur Kane.-

-¡Por el Altísimo, jamás renegaría del nombre de Dios, aunque me enfrentara a todos los demonios del infierno!- masculló en tono bajo y airado el puritano- A lo largo de mi azarosa vida me han ocurrido las cosas más extrañas y me he enfrentado a hombres y engendros de naturaleza diabólica.¡ Y una de las más extrañas fue el aceptar este objeto de magia de las manos de un brujo africano al cual, sin embargo, confiaría mi vida sin dudar!Bien es cierto también que esto que os cuento ocurrió en mi memoria hace muchos años y sin embargo, mi cuerpo y mis fuerzas son las de un hombre en la cúspide de su poderío, aunque mis recuerdos de cómo llegué hasta las costas francesas son nebulosos. A mi mente vienen imágenes cambiantes de sendas tortuosas entre profundas junglas y el resonar de tambores batidos por manos negras en perdidas ciudades mientras me dirigía hacia la costa del continente en busca de algún barco que me devolviera al hogar, pues mi alma se hallaba hastiada de peligros y muerte(5) En mi caminar, sentí una gran debilidad y me recosté contra el tronco de un árbol para descansar...¡ y por Dios que no estoy loco si os digo que desperté en los muelles de Calais y que tengo la certeza de que en este misterioso y antinatural suceso tienen mucho que ver las desconocidas fuerzas que rodean el origen de mi báculo africano ! -

- Extraño es en verdad lo que contáis, aunque quizás yo pueda aportaros algo de luz respecto a ese detalle- intervino el embozado

-¿Vos? ¿Qué sabéis de mí? ¡Hablad! - demandó perentoriamente el inglés.

-En ello estoy, mi impaciente amigo. Supe, por medio de mis contactos y hombres situados por todo el reino, que en los muelles de Calais, un extranjero desconocido que atendía al nombre de Solomon Kane, se había batido y dado muerte a tres guardias de su Eminencia, el Cardenal Richelieu, y que sólo cuando se vio rodeado por más de una docena consiguieron reducirle y apresarle, encerrándole en los calabozos de la Prefectura del puerto. Llamó mi atención el hecho de que el prisionero se llamara igual que el hombre que aparecía en los documentos que yo tenía en mi poder y que había luchado con anterioridad por la causa de los hugonotes contra los católicos franceses.-

-Aquellos hombres se lanzaron sobre mí como perros al saber que yo era inglés, sin mediar palabra o provocación alguna por mi parte. Mi única intención era embarcarme en algún navío que partiera hacia Portsmouth.-arguyó con furia contenida en la voz Solomon Kane- ¡Incluso, el necio prefecto del puerto llegó a tacharme de espía del rey de Inglaterra, Carlos I, de quien nunca oí hablar, ya que yo pensaba que aún seguía en el trono la reina Isabel!-

-No ha de extrañaros tal acusación, ya que aún están muy recientes los hechos que involucraron al rey de Inglaterra y al Duque de Buckingham, felizmente muerto a manos de un oficial inglés de vuestras mismas creencias, si me permitís el comentario,(6) y la ayuda que prestó a los hugonotes de La Rochela , precediendo el ataque inglés contra Francia.- (7) contestó con un leve toque airado en la voz, que no dejó de notar Kane.

-Nada sé respecto a los hechos que me comentáis, y aún menos del hombre que según decís, aparece en vuestros documentos con mí mismo nombre, ya que he estado fuera de mi país y de otras naciones civilizadas durante un tiempo que desconozco, y aunque he luchado por mis creencias puritanas con la espada y la pólvora contra la intransigencia promovida por los papistas desde Roma, e incluso contra alguno de mis compatriotas, nunca he juzgado a los demás por las suyas-continuó el puritano con un brillo ardiente en sus ojos- y sólo espero que me aclaréis por que me habéis hecho venir hasta aquí, ya que el mensaje que me entregó en mano vuestro servidor, tras conseguir mi liberación de los calabozos del puerto, indicaba que se me requería para una misión de justicia divina, la cual estaba obligado aceptar por mi honor de caballero y fe cristiana. ¡Y por Dios, que yo no he de dejar de acudir a una llamada amparada en el nombre de Nuestro Señor!-

Después de un brusco silencio que dejaba al descubierto la algarabía y la babel de sonidos que en aquella posada se iban dando cita, el misterioso embozado que hasta aquel entonces se había limitado a lanzar breves palabras de asentimiento al discurso de Solomon Kane, retomó vivamente la conversación con no pocas muestras de entusiasmo por todo lo escuchado en boca del inglés.

- Mi noble señor, he de maravillarme ante personalidad tan obstinada y a la vez llena de sabiduría en sus palabras como es la vuestra. Ahora os haré partícipe de la necesidad de vuestra fuerza y espada vengadora. Habéis de saber que, dispuesto a vengar el alma de una joven muy querida para mí y cruelmente asesinada no hace mucho tiempo por oponerse a las intrigas que están instaladas en la corte amparadas por el mismo rey, he empeñado toda mi fortuna y vida en conseguir la justicia que las leyes de los hombres me niegan, y aunque de creencias religiosas enfrentadas, ambos somos hombres de fe. En vuestras palabras he hallado un espíritu afín al mío, más yo carezco del valor y la audacia necesaria para hacer purgar a sus asesinos su pecado. Por el contrario, vos estáis repleto de toda la fuerza que le falta a mi brazo, y de la destreza y la bondad en sus razonamientos que sin duda mí alma comparte y aprueba. Amigo mío, yo os ayudaré a saldar con victoria vuestro cometido y juntos conseguiremos acabar con la vida de aquellos que no dudaron en terminar con la de tan bella criatura como sin duda fue Ana de Breuil , Milady de Winter. Hasta su Eminencia, el Cardenal, vería con buenos ojos esta justicia terrenal, ya que habéis de saber que la joven dama había sido su protegida en la corte, protección que, desgraciadamente, sólo le atrajo el odio de los enemigos de su Eminencia, que vieron en su asesinato una forma de herir al Cardenal. Su Eminencia, como hombre de Dios, tiene negada la venganza por medio de la violencia y es por ello que yo, como servidor muy cercano a él he hecho mía su pena y reparación.-

-Aunque estoy de acuerdo con vos en el hecho de que tan execrable crimen no ha de quedar sin castigo,- reflexionó Solomon- no deja de sorprenderme que una persona como vos, al parecer de notable influencia como queda demostrado por la rapidez de mi liberación y vuestra posición cercana al Cardenal, no disponga mediante el oro o la obediencia, de espadas dispuestas a defender vuestra causa.-

- ¡Bien decís!- aseveró el otro hombre- Pero los asesinos de Milady son poderosos y están protegidos por la sombra del trono y si yo utilizara mis, digámoslo así, recursos en la corte, no tardaría mucho tiempo en ser alojado en alguna húmeda mazmorra de La Bastilla o peor aún, sentir como mi cabeza rueda bajo el hacha del verdugo. No, hemos de ser cautos y por ello os necesito a vos, un extranjero a quien nadie conoce y no pueda ser relacionado conmigo. Como veis, soy todo lo sincero que las circunstancias me lo permiten. ¿Aceptareis ser vos, por lo tanto, el brazo de la justicia?-

Durante un breve instante, las facciones del puritano permanecieron inescrutables para seguidamente asentir levemente.

El misterioso conversador emitió un apagado suspiro que tenía mucho de alivio y sacando del interior de su capa un papel con letras escritas en su dorso, se lo entregó a Kane despidiéndose con un gesto de afectada reverencia y marchó por la puerta de la posada sin mediar más palabras ni dejar otra constancia de su paso por aquel local del París profundo. Solomon leyó las palabras escritas en el papel entregado por el hombre embozado, en el que figuraban cuatro nombres, sin duda los de aquellos que no dudaron en aprovechar su mayor número y violencia para acabar con la vida de la pobre Milady, y los lugares donde podrían ser encontrados. Los nombres de los asesinos de la noble dama eran Porthos, Aramis, Athos y Artagnan.

Una nota a pie de página explicaba la situación de privilegiados mosqueteros del rey Luis XIII de la que gozaban los cuatro acusados, continuos provocadores, según el escrito, de las desiguales refriegas aventuradas entre el cuerpo de los mosqueteros del Palacio Real y la guardia de su Eminencia el Cardenal Richelieu. Tratándose de un mensajero de la palabra de Dios, Kane no dudó en poner su brazo a disposición del bando de su Eminencia, de quien había escuchado no pocos elogios y muestras de cariño durante el trayecto a París; en contraposición a la dudosa honorabilidad de su majestad la reina Ana, de quien se decía había mantenido una sospechosa amistad con cierto duque, ya fallecido, de la corte inglesa, a espaldas de su burlado marido, el rey de Francia. Aunque inglés de nacimiento, Solomon Kane repudiaba en su fuero interno las acciones innobles de aquel duque y la ligereza de la regia dama.

Si un noble inglés había sido el causante indirecto de la muerte de una inocente joven, siendo este a su vez asesinado por otro de sus compatriotas, se dijo a sí mismo el puritano, otro inglés sería el encargado de dar paz al alma de Ana de Breuil (7)

2. Dos Espadas en la Noche.

La noche parisina recibía con descansada hermosura a todos sus hijos entregados al encanto de las tenues luces de bohemia con andares noctámbulos y sigilosos en el silencio de las calles desérticas; tan solo habitadas por mujeres de llamativos vestidos y entristecidas miradas, y hombres enjutos de dudosa honorabilidad bajo las capas de caballero. Uno de estos hombres que daba vida con su caminar a la noche parisina era el caballero Porthos, orgulloso mosquetero del rey, de altanera figura y que en aquel momento regresaba a casa después de una apasionada jornada de romance y huecas palabras de amor ante la deshecha mirada de la adinerada dama de turno. De esta manera, con los bolsillos repletos del secreto favor de sus amantes y la mirada perdida en insospechados pensamientos de burlador de honras y fortunas familiares, Porthos encaminaba sus pasos en dirección a su, situada en las cercanías del paso del Sena por París, atusándose un cuidado bigote. Fiel a su costumbre, vestía un traje llamativo compuesto de una casaca de uniforme de color azul celeste, sobre la cual ostentaba una magnífica bandolera bordada de oro. Una larga capa de terciopelo carmesí caía sobre sus anchos hombros, descubriendo solamente por delante un dorado enganche del que pendía en un tahalí de pulido cuero una espada de grandes dimensiones. Y fue precisamente sobre el puente que cruzaba en uno de sus tramos el recorrido del renombrado río francés, donde una figura de oscuros ropajes y de inquietante mirada mezcló sus pasos con los de Porthos, deteniendo el caminar de este con un imperioso gesto de su mano izquierda. El mosquetero, escarmentado en decenas de lances nocturnos con maridos y hermanos burlados, no dudó en desenvainar su espada y apuntar con cierto aire de bravuconearía el pecho de su misterioso atacante, el cual, no menos avezado que el soldado del rey en aquellas cuestiones, se movió silencioso y rápido como el rayo, empuñando el arma que portaba al cinto con intención de cruzar el acero, sorprendido por lo inesperado de aquel ataque del mosquetero del rey. Así comenzó el combate entre los dos espadachines, a cual de ellos más certeros en sus terribles envites y reveses con la espada, aunque bien es cierto que era Porthos quien, con mayor soltura en la lengua, se prodigaba a la hora de lanzar amenazas.

-¡Pardiéz caballero, ignoro el porqué de vuestro ataque, pero ya que deseáis verter sangre sobre el Sena en esta tranquila noche, permitidme que sea yo quien os conceda los honores de entregar el rojo de vuestro cuerpo a las oscuras aguas del río!-

Kane permanecía callado, completamente concentrado en la lucha que mantenía con aquel espadachín mucho más hábil con las palabras que no con la espada; aunque nadie dijo que vencer a un mosquetero de Luis XIII, aunque se tratara del más bravucón de todos ellos, fuera una tarea fácil.

-¡Maldita sea! ¡Hablad de una vez, antes de que me decida a arrancaros una a una las palabras con la punta de mi espada de vuestra garganta!-gruñó Porthos fintando una estocada larga para retroceder con apuros ante el firme bloqueo y la veloz contra de su oponente, que a punto estuvo de ensartarle el pecho.

El inglés tan solo dejaba escuchar leves sonidos de su respiración, agitada por el esfuerzo físico y toda la tensión vertida en aquel duro combate de poder contra poder, acompañado por los sonidos de las aguas del Sena y el entrechocar metálico de los aceros. El mosquetero, en un arranque furioso, se lanzó impetuoso con una estocada mortal de necesidad, pero donde esperaba encontrar el pecho de su escurridizo adversario, sólo encontró el vacío, puesto que con un hábil e imprevisto giro de su muñeca, Solomon consiguió desarmar al bravucón mosquetero mientras este caía irremisiblemente, víctima de un golpe del duro puño del inglés, hacia las aguas, agitadas por el viento, del río. En un último esfuerzo por aferrarse a la vida, Porthos consiguió agarrarse con su mano derecha al pétreo pretil del puente, en el que tan dura derrota le había sido asestada a su orgullo. Kane hizo intento de sujetar la engarfiada mano del mosquetero, pero este, en un desesperado movimiento por izarse hasta el borde terminó cayendo definitivamente al Sena para no volverse a alzar sobre las sombrías aguas.

Sin duda, Solomon Kane había logrado llevar a buen puerto la primera parte de su venganza particular para con los asesinos de Milady de Winter, la cual podría comenzar a descansar tranquila al conocer la existencia de aquel inquietante inglés empeñado en una desinteresada lucha por acabar con quienes no dudaron en terminar con la vida de tan recordada joven.

3. La Espada y la Pluma.

En la tranquilidad de su silencioso estudio, retomaba el mosquetero real Aramis la escritura de los versos que en la noche pasada había dejado de lado momentáneamente, dada la fatiga del sueño sobre sus dedos e intelecto, apartados hasta la llegada de la jornada siguiente. Con todo ello, y coincidiendo con los primeros rayos de sol abriendo pequeños surcos de luz a través de su ventana, el recién despertado caballero volvía a entregarse con soltura a los austeros placeres del alma solitaria; personificados en las copiosas lecturas de los clásicos y la construcción de églogas y canciones que parecían desprender momentáneamente la mente de Aramis del cuerpo que la vestía. En mitad de aquel silencio en el cual la inspiración poética mezclaba sus finas alas de sensualidad con los sueños de caballerías y la quimera de amores jamás consumados, un sonido de pasos a través del pasillo que conducía hasta el estudio de Aramis, hizo levantar de su entregado trabajo poético la mirada del joven caballero y poner en atención a sus sentidos en la búsqueda del origen de aquel caminar inesperado en el silencio general de la casa.

Finalmente, los pasos en el pasillo acabaron su golpear sobre el suelo de madera; prorrogando su misteriosa presencia en el sonido de unos puños sobre la carcomida superficie de la puerta, la cual separaba la habitación de Aramis del resto de habitaciones de la casa de huéspedes en la que el mosquetero permanecía oculto del mundanal ruido en sus cuatro paredes de austeridad inflamadas. El golpear sobre la puerta despertó definitivamente a Aramis de la fantasía onírica en que parecía estar sumergido hasta ese momento, tomando ante la insistente violencia de la llamada tras el pasillo y lo inesperado de aquella visita su bien templada espada en una mano mientras el dedo índice de la otra resbalaba por su labio superior con un leve movimiento instintivo acariciando el fino bigote de su labio superior. No sin reparos e incertidumbre por su parte, abrió la puerta que había de desvelar la identidad de aquel que tan repentinamente llamaba a su habitación.

Apenas hubo abierto la puerta de la cámara, cuando un bulto surgido de la oscuridad exterior del pasillo le cayó encima, inmovilizando durante unos segundos su desprotegido cuerpo y lanzando por los aires su espada de elegante caballero de la corte francesa. Como consecuencia de aquel duro golpe, una brecha comenzó a sangrar dolorosamente, en la frente de Aramis, impidiéndole por momentos la visión de su misterioso atacante. Este descubrió su rostro en medio de la constante pugna que mantenía con Aramis por tomar el control de la situación con la fuerza de sus puños y fuertes brazos. Solomon Kane, pues de el se trataba, imponía sin demasiados problemas su mayor tamaño y habilidad sobre aquel joven caballero totalmente inexperto en aquel tipo de lucha, que Kane había aprendido en multitud de combates sobre sangrientas cubiertas haciendo que sus músculos fueran duros como cadenas de hierro. De esta manera, con los dos envueltos en su propio sudor y sangre vertida con la lucha, ambos combatientes comenzaron a hacer rodar sus cuerpos por todo lo largo de la cámara en busca el uno de la rendición del otro.

Kane no se mostraba compasivo ante aquel joven caballero con rasgos cándidos y dulces en su rostro de ardientes ojos negros, aunque en ningún momento Aramis se dejó amedrentar por la superioridad física y fiereza combativa que mostraba su contrincante. Al fin, un golpe de la cabeza del mosquetero contra uno de los salientes de la pared de la habitación hizo que este sucumbiera ante las violentas acometidas dispensadas por Kane, el cual no dudó en considerar acabado a su oponente al contemplarlo totalmente rígido sobre el suelo de la cámara, estirado en medio de un charco de sangre que manaba de su cráneo.

El segundo de los objetivos en la venganza personal llevada a cabo por el inglés había expirado igual que lo había hecho el primero, rodeado por una incombustible violencia que el puritano intentaba justificar a sí mismo por su lucha en pro de los justos y desvalidos. Aunque en este segundo acecho contra los asesinos de Milady, y tras haber contemplado con resignación y melancolía la juventud del hombre que en aras de la venganza acababa de matar, Solomon no podía por menos que luchar contra sus propios prejuicios y reticencias para continuar con aquel asunto; apretó los dientes en un intento de proseguir, con no pocas dudas, sobre la nobleza de aquella misión que el destino le había fijado.

4. La Melancolía de Athos y la Conciencia de Kane.

Fue en la tarde siguiente a aquellos hechos transcurridos cuando el tercero de los mosqueteros más populares del cuerpo de guardias de su majestad, Athos, supo de la incierta desaparición de sus amigos Porthos y Aramis de las calles de París sin haber dejado rastro o señal alguna antes de partir en dirección a su incierto destino. Por un momento, la trágica convicción de que ambos pudieran encontrarse en peligro de muerte en aquel instante o algo mucho peor rozó la siempre inexpresiva mirada del silencioso caballero, el cual no pudo evitar reflejar la preocupación y el desánimo en sus grandes ojos llenos de melancolía.

Caminando por los límites del empedrado parisino, con el andar apesadumbrado y sus pensamientos vagando por las indefinibles sendas de su enigmática imaginación, Athos detuvo sus pasos sorprendido por el lugar al que de manera inconsciente había llegado en su triste paseo vespertino. Se trataba de la terminación de la calle Vaugirard, que daba al prado árido situado cerca del edificio de la orden religiosa de los Carmelitas Descalzos, sitio donde tiempo atrás se habían cruzado las espadas de los dos ausentes compañeros de Athos junto a la suya contra el acero de aquel jovenzuelo recién llegado a la capital que no dudó en rebelarse, desafiante, contra tres veteranos miembros del cuerpo de la guardia real, Artagnan.

¿Quién había de decirles entonces que el mozuelo desvergonzado acabaría convirtiéndose en orgulloso teniente de los mosqueteros, cargo que hasta la fecha nadie de tan corta edad había logrado alcanzar?

La vida, sin lugar a dudas, era un ciclo evolutivo e imprevisible en sus giros y vaivenes para Athos, quien parecía resistirse a los cambios constantes provocados por el paso del tiempo en su entorno; guardando aun en la memoria aquellas viejas heridas de guerra que el campo de batalla y el desigual amor hacia una mujer dejaron grabadas sobre su corazón para no olvidarlas jamás.

Aquellas meditaciones y la melancolía que emanaba como una serpiente alrededor de su pálido rostro, se vieron cortadas de golpe por el sonido de unas palabras cortantes que provenían de una enorme figura oculta entre las sombras de los árboles de la explanada de los Carmelitas, acerada espada en mano, y con intenciones visiblemente retadoras.

-¡Poneos en guardia, asesino de mujeres! Ha llegado el momento de rendir cuentas con el diablo que sin duda guía vuestro traicionero brazo-habló Kane.

-¡Dios Bendito!- exclamó el mosquetero dando un paso hacia atrás, llevando su enguantada mano a la empuñadura de su espada, reaccionando como hombre de armas que era- ¿Sois un loco o un aparecido?-

-¡Soy la Espada del Señor de la Venganza y vengo a cobrar en su Nombre la justa retribución que le debéis por vuestro execrable crimen!- susurró sombríamente el puritano inglés, salvando la distancia que le separaba del mosquetero como un enlutado vengador.

-¿Crimen? ¡Ciertamente estáis loco!- respondió Athos adoptando una elegante guardia, parando a duras penas la primera estocada de Kane.

De esta manera comenzó el combate de poder contra poder entre aquellos dos personajes de parecidos movimientos en la lucha y destreza con el acero. El sonido de las espadas entrechocando, el refulgir brillante de las hojas y el sonido de las respiraciones entrecortadas constituían el único testimonio de aquella lucha sin cuartel en la que difícilmente podía adivinarse un seguro vencedor. Athos demostraba una maestría en el arte de la esgrima que durante el principio del duelo consiguió que los ataques del inglés fueran infructuosos, pero poco a poco fue imponiéndose la dureza y resistencia de este, conseguida en las situaciones más difíciles y desesperadas de su azarosa existencia.

Pronto comenzaron a aparecer las primeras heridas sobre la carne y los hilos de sangre empezaron a teñir de rojo las parcas expresiones en los tensos semblantes de ambos adversarios. El cansancio iba provocando una notoria ralentización de los giros y fintas asestados por los dos espadachines; los cuales se adentraban, lentamente, movidos por el fragor del duelo, en el oscuro bosque, donde los árboles constituían los únicos testigos de tan magnífico encuentro entre espadas de igual destreza y gracia en su manejo.

En un ataque fulgurante, el misterioso atacante, ya con el rostro al descubierto como consecuencia de los movimientos derivados de la lucha, terminó asestando un duro golpe con el filo de su espada sobre uno de los hombros de su oponente, el cual cayó al suelo emitiendo un apagado grito de dolor, provocado por la herida que dicho tajo había abierto a la altura de su brazo derecho.

-¡Voto a Tal!-gruñó Athos, más molesto que vencido- ¡Precisamente habíais de herirme en el hombro recién curado, debido a una estocada traicionera de un guardia del Cardenal!-

Tumbado sobre la hierba húmeda, el mosquetero del Rey permaneció durante unos instantes murmurando en voz queda, aferrando con desesperación la herida que comenzaba a sangrar de manera preocupante. Este inesperado desenlace del duelo había variado el cometido inicial con el que Solomon Kane había acudido a aquel lugar, buscando una venganza que quizás comenzaba a llegar demasiado lejos a ojos del puritano. Justo en el momento en el que Kane se decidió a acercarse con interés por conocer el alcance de la herida de su oponente caído, Athos se derrumbó pesadamente sobre el suelo y allí permaneció completamente inmóvil mientras el respeto por la derrota de su oponente tomaba en el rostro del inglés una clara expresión de melancolía y no de triunfo.

Aparentemente, la misión de Solomon estaba casi completada, pues ya solo faltaba uno de los cuatro asesinos de Milady Winter por ser ejecutado en nombre de la justicia y la venganza. Pero la duda sobre la dignidad de sus actos, cada vez más acentuada en los pensamientos de Kane, parecía comenzar a abrir una zanja insondable entre el deber adquirido y los motivos que llevaron a aquellos tres luchadores aparentemente nobles en el combate a asesinar de modo tan vil a una mujer desprotegida. En el cinto de su cinturón, el misterioso fetiche africano que Kane había traído de sus viajes por el corazón de África emitía un leve brillo en silencioso asentimiento a las reflexiones vertidas en aquel momento por el puritano que no pudo por menos que estremecerse al tener la sensación de que no era sino un simple peón en una oscura intriga.

5. La Espada de Artagnan y la hora del Cardenal Richelieu.

Un gran alboroto se había armado en los alrededores del palacio real al conocerse el rumor que por las calles de París circulaba acerca de una posible muerte de los mosqueteros Athos, Porthos y Aramis. Esta circunstancia de unos compañeros de armas desaparecidos en extrañas circunstancias, incentivada además por el hecho de la gran amistad que a todos ellos les había hecho permanecer unidos desde su llegada a la capital hace ya algunos años, mantenía en constante desconcierto al recientemente ascendido teniente de los mosqueteros Artagnan de Bearn. Por todo ello, por lo desesperado de la situación actual para el cuerpo de guardia de su majestad y la tensión con que muy especialmente Artagnan y el capitán de los mosqueteros, Treville, estaban viviendo aquellos difíciles momentos de desconcierto, ambos permanecían al resguardo de la tempestuosa noche en una de las salas iluminadas de palacio, la cámara personal de Treville, con sus semblantes gascones contraídos por la incertidumbre y el nerviosismo acumulado a lo largo de las últimas horas.

Al otro lado de la gran cámara de audiencias del palacio real, sentado plácidamente en un cómodo sillón almohadillado y con sus fríos e insondables ojos perdidos en el firmamento de sus oscuros pensamientos, el Cardenal Richelieu velaba silenciosamente la escena de los dos oficiales en continuo movimiento y especulaciones de cuales podían haber sido las razones que habían podido llevar a la repentina desaparición de los tres mosqueteros de Su Majestad, manteniéndose su paradero desconocido desde hacía un día y medio. Armand-Jean Du Plesis, Cardenal de Richelieu, era un hombre de mediana estatura, semblante altivo, ojos vivos, frente ancha y rostro enjuto que la perilla hacía parecer más alargado. Sus cabellos, bigote y perilla eran grises aunque un observador atento no hallaría en él ningún síntoma de debilidad o ancianidad, ya que todo en su porte ponía de manifiesto al monje guerrero, tal y como había demostrado con creces el año antes dirigiendo el asalto a la ciudad hugonote de La Rochela. Ahora, escuchaba con aparente desinterés, la conversación de los dos oficiales de mosqueteros.

-Por mucho que reflexione sobre la actual situación, capitán, no encuentro ningún motivo por el que Athos y los demás hubieran de marchar de París de forma impetuosa y sin decírselo a nadie de los que formamos su círculo privado. Como camaradas que somos, tengo serios motivos para preocuparme por el misterio de su paradero y sobre el estado en que puedan encontrarse en este momento -comentó el joven teniente de mosqueteros con una sombra de preocupación en su semblante enjuto y moreno, de pómulos salientes y ojos francos e inteligentes. Sus piernas de hierro y su muñeca de acero en los duelos le habían ganado la admiración de todos sus compañeros en la guardia del rey y el respeto de sus adversarios cardenalicios.

Treville no decía nada a las palabras vertidas por su apreciado subordinado. El silencio y la duda reinaban en su rostro, justo cuando las meditaciones y constantes pruebas de su conocida entereza se vieron de improviso cortadas por una violenta irrupción de aire frío en la sala. El viento parisino soplaba con especial fuerza en aquella noche y ello había provocado la inesperada apertura de una de las ventanas de palacio. Fue en el momento en que Artagnan se encaminaba a cerrar la fuente de aquella corriente de aire frío cuando una figura vestida completamente de negro, que hacía resaltar aún más la palidez de su rostro, irrumpió en la sala a través del hueco de la ventana abierta. Espada en mano y guiado por un gesto amenazador, el desconocido se acercó con pasos lentos hacia el lugar en que se encontraba Artagnan, mientras le conminaba con secas palabras.

- ¡Empuñad vuestra espada, mosquetero y preparaos a rendir cuentas al Todopoderoso por vuestro crimen, al igual que ya lo han hecho vuestros cómplices!-

Aún con la sorpresa dibujada en su joven rostro, Artagnan no dudó en desenvainar su espada de la funda al verse de improviso amenazado por aquel misterioso asaltante. De esta forma, habiendo adivinado antes de recibir la primera acometida del hombre de negro, la intención con la que aquel misterioso espadachín se había adentrado en los aposentos de Treville, el gascón esquivó con soltura las primeras estocadas y hábiles envites generadas por su contrincante al tiempo que le devolvía unos cuantos cintarazos mortales en pos de buscar la victoria ante un enemigo que tras su enigmática apariencia mostraba las maneras de un excelente espadachín y no menos loable contrincante en lo que a fuerza y reflejos se refería.

No tardó en llegar la guardia de palacio a la cámara en la que se estaba manteniendo la lucha, como respuesta a los gritos lanzados en señal de socorro por Treville, que espada en mano dudaba en ayudar a su fogoso paisano o proteger al cardenal. Y mientras todo esto transcurría, Richelieu continuaba sentado al fondo de la sala aguardando con una ligera sonrisa en los labios el prendimiento por parte de los guardias reales del misterioso espadachín.

Kane se batía con la fuerza y la ferocidad de un gran felino, moviéndose de un lado a otro con movimientos veloces y precisos, parando estocadas y esquivando las furiosas acometidas de los guardias armados con largas picas, a los cuales hacía retroceder con gritos de dolor cuando la hoja de su larga espada encontraba huecos donde herir con la fulgurante celeridad que mostraría una cobra al atacar. Hasta el mismo Artagnan, muy a su pesar, había tenido que ceder terreno en la primera línea de los que acosaban al puritano.

Por fin, arrollado materialmente por el número en aumento de sus adversarios, fue golpeado con dureza en varias partes de su cuerpo con los gruesos astiles de las picas y obligado a dejar caer su arma y el bastón de negra madera rematado con la cabeza en forma de gato sobre el suelo quedando de esta forma totalmente indefenso ante las amenazadoras lanzas de los soldados del Rey. Estos obligaron al magullado y sangrante asaltante a permanecer inmóvil contra uno de los muros de la estancia, ante la expectación en la mirada de todos los allí reunidos. Artagnan y Kane sostuvieron sus miradas durante unos instantes intensos y el mosquetero, a pesar de ser un hombre de probado valor, no pudo por menos que estremecerse al contemplar los fríos rasgos de Solomon, totalmente inmutables ante lo desesperado de su actual situación en aquel lugar.

El hasta entonces parco en movimientos y palabras Cardenal Richelieu se dirigió hacia Artagnan, quien todavía tenía el cuerpo visiblemente fatigado por la lucha mantenida. El Cardenal, sin prestar aparentemente curiosidad por el prisionero, comenzó a interesarse de forma inesperada por el estado de los rasguños y pequeños cortes sangrantes que el combate con Kane había dejado en las enmarañadas ropas y carne del mosquetero.

-Permitidme, valeroso teniente, acompañaros a vuestra cámara. Así como prontamente hacerle saber a los galenos de palacio el estado de esas heridas que a la altura de vuestro brazo y hombro no deja de producirme gran incertidumbre y desasosiego.- habló con una suavidad engañosa el hombre más poderoso de Francia.

-Me abrumáis, Monseñor, no son más que magulladuras y pequeños rasguños los que la lucha con este espadachín me ha dejado. Aunque bien es cierto que si el combate hubiera durado algo más, no puedo decir ciertamente si mi espada hubiera sido capaz de superar con entera seguridad a la de mi contrincante.-

-¿Insinuáis acaso que un teniente de los mosqueteros de su Majestad no se halla capacitado para acabar con la insolencia de este intruso, el cual sin duda llevaba como malévola intención la de atentar contra la vida de nuestro Rey? ¿Es esta la protección que un oficial del cuerpo de la milicia real puede ofrecer al monarca de Francia?-

Treville, que hasta el momento no había intervenido en la conversación al considerar a su teniente lo suficientemente válido como para superar las burlas, envueltas en alabanzas, vertidas por el cardenal y sus desprecios dedicados a los mosqueteros, tema al que Richelieu no dudaba en referirse siempre que encontraba posibilidad para ello, no dudó en contestar finalmente en un tono de rabia contenida a las flemáticas y perversas palabras del cardenal.

-¡Permitidme, Monseñor, que os diga que los mosqueteros conforman el cuerpo de guardia más válido para mantener en todo momento a buen seguro la protección del rey! Y si acaso dudáis de mi afirmación lo más mínimo, siempre estáis en posición de poner a mis hombres a prueba, si es que lo consideráis necesario, sin otro motivo más que el de vuestro propio interés por conocer el estado actual y la auténtica valía de los mosqueteros. -

- Siento que mis palabras hayan podido ofenderos, pues os aseguro que no era esa no era mi intención, mi buen capitán de Treville y a vos también os agradezco la gentil defensa que habéis hecho de mi persona ante la intrusión de este loco. Tan solo estaba preguntándome cuál sería la protección que en un momento de inesperado peligro los mosqueteros pudieran ofrecer a su majestad, y si sería su respuesta la más adecuada para enfrentarse a dicha situación. Si creéis que en algo he podido ofender el orgullo de vuestros hombres, os pido que me perdonéis humildement.-

De esta hábil y estudiada manera, Richelieu había retomado por enésima vez el eterno debate sobre cual de las dos guardias parisinas era la más adecuada para encargarse de la seguridad personal del rey; si la de los orgullosos mosqueteros de Treville o por el contrario aquella que conformaban los altaneros hombres de la guardia personal del cardenal.

Treville permaneció en silencio después de las últimas palabras de Richelieu. Sin volver a referirse a la polémica allí despertada ordenó a la guardia de palacio llevar al silencioso intruso, que había permanecido muy atento al cruce dialéctico mantenido por los dos hombres, escrutando al tiempo el rostro del Cardenal con una sombra de duda en su gélida mirada, a las frías mazmorras de la Bastilla donde sería interrogado, en espera de una futura deliberación sobre cuales habían sido los motivos que en aquella noche le habían llevado a irrumpir con violentas maneras en palacio.

6. La Traición.

Poco después de aquellos acontecimientos vividos en el interior de las habitaciones, la figura de un hombre con el cuerpo cubierto por una gran capa de terciopelo negro surgió con apresurado andar por un pequeño y escondido portón de los muros exteriores de palacio, que daban a los silenciosos jardines y que se abrió con un apagado chirrido de sus enmohecidos goznes. Envuelto por las sombras de la noche parisina, dirigió sus pasos con gran cautela ante el riesgo de ser descubierto en aquel lugar, hasta la puerta de entrada a una de las residencias en que habitaban los mosqueteros del Rey destinados a la guardia nocturna. El hombre embozado golpeó de una manera ya estudiada la puerta, esperando obtener la respuesta deseada detrás de aquellos muros de piedra. No tardó en oírse procedente del interior de la residencia la voz de un hombre en contestación a la llamada del misterioso embozado, quien sacó del interior de su capa un sobre cerrado en el cual figuraban el nombre del Capitán de los Mosqueteros, Treville, y debajo de él aparecía la leyenda “Declaración Jurada del caso Anna de Breuil” escrita con tinta oscura. La puerta de la casa se abrió y de su interior apareció el brazo enguantado de un caballero, quien tomó de manos del hombre embozado el sobre, para volver a cerrar la entrada de la residencia de Mosqueteros dejando fuera al emisario de aquella carta remitida por el cuerpo de guardia real. Tras un breve tiempo de espera, volvió a abrirse la puerta de la casa y otra vez apareció la mano enguantada para devolver al embozado su carta y cerrar seguidamente la entrada de la residencia tras apalabrar con un gesto de asentimiento la conformidad de todo lo allí acontecido. De esta forma el hombre de la capa aterciopelada guardó en el interior de esta el sobre, que poseía en su cabecera un distintivo que en su origen no había tenido: el sello de los Mosqueteros del Rey , dando carácter oficial a aquella carta de ignominioso contenido.

La escena terminó tal como había comenzado; con el hombre embozado caminando por las silenciosas calles de París y la oscuridad envolviéndolo todo en una mezcla de confusión e incertidumbre por lo futuro a acontecer.

7. Las Mazmorras de La Bastilla.

Ya instalado en aquel triste lugar que era la cárcel de La Bastilla, Solomon Kane estiró sus entumecidos huesos sobre la dureza de una cama situada al fondo de la celda que le había sido asignada tras su prendimiento en las habitaciones del palacio real. Envuelto por la corrompida esencia de aquel oscuro lugar, y terriblemente cansado por toda la tensión acumulada en su cuerpo durante los últimos días, Kane no tardó en caer profundamente dormido en un destartalado jergón de sus ropas. Frente a él, separado por los gruesos y herrumbrosos barrotes de su celda, se encontraba también aquel fetiche de tierras africanas que Solomon llevaba en todo momento, como si de una segunda espada sujeta en su cinturón se tratase. Los carceleros que habían requisado las propiedades personales de Solomon, coincidiendo con su entrada en la Bastilla, tomaron en un principio con interés la presencia entre los objetos varios del inglés de aquella vara terminada en una cabeza de gato, especulando sobre cual podía ser el valor real de esta en los puntos de venta del mercado de París. Pero al comprobar que el material con el que había sido fabricado dicho artefacto distaba mucho de ser oro, plata o cualquier otro recurso valioso, además de sentir una desagradable y fría sensación al tocar el bastón, abandonaron con recelo aquel objeto, aparentemente vulgar, sobre el armero de hierro del cuerpo de guardia sin darle más importancia al asunto junto al resto de sus armas. Fue entonces, cuando la noche y el sueño atenazaban con su manto los fatigados miembros de Solomon y sólo se escuchaban los ronquidos del carcelero, que el puritano despertó de improviso como un lobo en tensión, observando como una tenue fosforescencia surgía del objeto africano, llenando con una extraña luz blanquecina la totalidad de la celda ocupada por Kane y envolviendo su cuerpo como un sudario.

En su mente, Solomon veía la imagen de sí mismo caminando por un largo camino envuelto de verde vegetación y que terminaba en la orilla de un pequeño arroyo en el cual varios hombres allí reunidos parecían debatir cual había de ser la suerte de uno de ellos. Pronto aparecía una imagen conocida por Kane; la del inquietante Cardenal Richelieu, el cual contemplaba la escena con expectación y sin omitir sonido alguno, para posteriormente romper su silencio en repelentes carcajadas que parecían provenir de otros mundos mucho más cercanos a las oscuras sombras del Hades que a este.

Entonces cesaron las ensoñaciones de Kane, el cual despertó totalmente, sobresaltado al escuchar un fuerte golpe metálico que le había atraído desde la otra punta de su celda. Acercándose hasta allí dispuesto a golpear con sus puños de hierro, Kane no se sorprendió demasiado al encontrar apoyado sobre los fríos barrotes de la celda, la conocida imagen del hombre embozado que dos días atrás le había convencido en aquella taberna de “Le Petit Homme” para emprender una venganza que hasta el momento solo le había llevado a dar con sus huesos en el fondo de la oscura Bastilla. En un ademán violento, Kane buscó tras los barrotes de su celda el cuello del misterioso hombre bajo el embozo que le cubría, consiguiendo retenerle entre sus fuertes manos, como un dogal irrompible. Más aunque el visitante nocturno emitió un ronco carraspeo de dolor, aparentemente, este distaba mucho de verse inquieto ante la violenta reacción que Solomon había tenido al encontrarse con él en los tristes subterráneos de las mazmorras parisinas. De hecho, las entrecortadas palabras del embozado sonaban más a amenaza que a ruego a pesar de la dureza del abrazo de Kane sobre su garganta, la cual pendía de la fragilidad de un hilo de romperse.

-Escuchadme... violento inglé.- tartamudeó con apuros- Habéis de... saber que la venganza que ambos habíamos dejado vista... para sentencia... aun no se ha cumplido en su totalidad. Estoy en ...disposición de devolveros vuestra libertad si acatáis mis... órdenes sin reservas, terminando la misión que hace dos días planeamos bajo el brillo de las antorchas... tabernarias o dejaros en manos del capitán de mosqueteros, que a buen seguro decidirá que sois un espía inglés... enviado para asesinar al rey, al cardenal o a el mismo-

-¡Sois el Diablo o alguien muy cercano a él!- gruñó el puritano, permaneciendo callado después, aunque en sus ojos podía leerse la frialdad de quien es víctima de un gran desconcierto sin poder dilucidar una salida que responda al mar de preguntas que se agolpaban en su ceñudo semblante. Mientras tanto, la presa asfixiante del inglés sobre el cuello del embozado había disminuido en su fuerza sensiblemente y esto fue aprovechado por el misterioso individuo para liberarse de las manos de Kane, permaneciendo con cautela a varios metros del límite de la celda, mientras se acariciaba suavemente el dolorido cuello. De esta forma, clavando sus brillantes ojos en la furiosa mirada de Solomon, el hombre embozado retomó de nuevo sus palabras sin más interrupciones por parte del inglés.

- Me satisface comprobar que estáis dispuesto a escuchar. De acuerdo, aunque de mis labios no vais a escuchar más de lo que ahora os voy a decir. Habéis de saber que nuestra particular venganza contra los culpables del asesinato de Milady de Winter ha dado un giro dramático en las últimas horas, debido a la reveladora carta que esta tarde he recibido de manos de uno mis emisarios destinados a las diferentes zonas del reino. En ella puede leerse la declaración detallada que un mosquetero, perteneciente al grupo de hombres que presenciaron la ejecución de la pobre dama, hace de dicho crimen, señalando al mismísimo rey de Francia como auténtica mano ejecutora y cabeza pensante en el asesinato de la tristemente recordada Ana de Breuil.

Solomon Kane no pudo resistirse a mirar con estupor la carta a la que el hombre del embozo hacía referencia, la cual fue lanzada por parte de este al suelo de la celda con intención de que el inglés la leyera. Y ocurrió que todo cuando aquel misterioso personaje había dicho en relación a los asesinos de Milady era real; así lo declaraba aquella carta encabezada por el inconfundible sello de los Mosqueteros, que certificaba la autenticidad del puño y letra que firmaba aquellas líneas. Silencioso y aparentemente convencido, Kane permaneció sentado sobre el suelo de sucia paja de la prisión sin más expresión en su rostro que el profundo desconcierto imperante en su mirada en aquellos momentos de desconcertante realidad. El misterioso hombre embozado no tardó en marchar de los calabozos de la Bastilla, después de haber lanzado a poca distancia de los barrotes de la celda de Kane las llaves pertenecientes a la mazmorra ocupada por este y susurrar que el puritano estaba atado por la promesa hecha a una muerta. Solomon tenía en aquel momento la libertad al alcance de su mano, pero un océano de dudas martilleaba sin piedad su cabeza sobre cual era la decisión que debía tomar. Si permanecía en la celda, conocía perfectamente cual era la suerte que aguardaba a todos aquellos que habían sido acusados de intento de asesinato en la persona de uno de los oficiales de la guardia real; la pena de muerte. Pero por algún motivo, el inglés era reticente a dejar aquellos muros y volver a adentrarse en la noche con intenciones desfavorables para la vida de un hombre al cual no conocía, aunque la vida de una mujer asesinada clamaba venganza en su espíritu. Justo antes de perderse entre las sombras de la prisión, el enigmático liberador de Solomon se despidió de este con unas palabras rotundas y amenazadoras.

-¡Recordad, esta noche el Rey de Francia debe morir o seréis vos quien muera en esta prisión!

8. La Verdad sobre el Hombre Embozado.

Después de decidirse a utilizar las llaves dejadas sobre el suelo de la prisión por el hombre embozado y comprobar que tanto los carceleros del cuerpo de guardia como los centinelas de las puertas exteriores habían sido drogados a tenor de las botellas de vino que había esparcidas por el suelo, Solomon Kane recuperó el bastón ju-ju y sus armas de encima del armero y encaminó sus pasos en dirección al palacio del soberano de Francia. Durante la brevedad de un segundo, Kane dudó sobre la veracidad de todo cuanto aquel extraño personaje cubierto de pies a cabeza le había dado a conocer desde su primera cita en aquella polvorienta taberna en el interior de las calles de París. Pero a pesar de todo, aquel momento de duda duró solo eso, un instante efímero tras el cual Kane retomó con determinación el camino hacia el lecho de aquel que ya había sido condenado por su mano acusadora en relación al asesinato de la indefensa Milady de Winter.

Un viento helado de madrugada acompañaba los pasos de Solomon Kane hasta su destino en el palacio de El Louvre. Después de fundirse en las sombras nocturnas, logrando esquivar las patrullas de guardias que hacían su ronda por los exteriores del palacio, Kane comenzó a trepar apoyándose en los prominentes adornos que, a trechos, escalonaban los muros de la mansión real gracias a la fuerza de sus nervudos brazos cuando no sirviéndose de las tupidas hiedras que como un verde manto culebreante, cubrían la gris piedra. Empapado en sudor por el tremendo esfuerzo físico que acababa de realizar, Solomon rompió con el codo el cristal esmerilado de una pequeña ventana que se alzaba a gran altura del suelo y tras girar el pestillo metálico, se franqueó el paso y penetro en el interior del castillo. Kane se encontró en un silencioso y largo pasillo que comenzó a recorrer en silencio como un felino que acechara a su presa en la profunda jungla. Aquella zona palaciega no parecía estar vigilada por la famosa guardia de mosqueteros y el inglés dedujo que sin duda los pasillos interiores habían de llevarlo hasta la cámara principal, en la cual no costaba imaginar que en aquel momento se encontraría durmiendo ajeno a todas las intrigas despertadas a su alrededor el desprevenido monarca al que Kane estaba decidido a dar muerte en el transcurso de aquella noche.

Finalmente, y después de indagar y recorrer con prontitud y sigilo en sus silenciosos pasos todas las habitaciones situadas a ambos costados del oscuro pasillo , Solomon encontró una ancha e iluminada escalera que parecía ser sin lugar a dudas la entrada a la cámara personal en la que Luis XIII descansaba en aquellas altas horas de la noche. La experiencia de Solomon le indicaba que algo en la puesta de escena no encajaba, ya que la puerta de madera noble de teca oscura se hallaba sin vigilancia y una cosa era sobornar a unos carceleros en La Bastilla, se dijo a sí mismo, y otra muy diferente a la guardia real de mosqueteros. Más que nunca, Kane se sintió como la pieza prescindible de un intrigante juego y aunque había tenido la oportunidad de abandonar París tras su huida preparada de La Bastilla, el hombre embozado había acertado al decir que el nunca rompería una promesa sagrada. De manera que, adentrándose con sigilo en la habitación real y pudiendo contemplar claramente cómo se encontraba en una enorme cama engalanada de sedas el durmiente cuerpo del monarca, Solomon Kane desenvainó su espada con gesto sombrío. Alzando con lento ademán su bien afilada espada, parecía haber tomado ya definitivamente la sacra decisión que sin duda iba a producir grandes revuelos en la corte francesa, si finalmente se aventuraba a dar el paso definitivo en su particular venganza contra los asesinos de Milady de Winter. Pero un nuevo instante de reflexión y duda para con sus enfrentados pensamientos dio a luz un imprevisto rayo de esperanza para la vida del monarca francés. Kane comenzó a dudar seriamente sobre la verdad vertida por el misterioso hombre embozado a lo largo de las últimas horas en referencia al asesinato de la duquesa de Winter. De forma que ante la duda, cubierto el rostro por un sudor frío consecuente de su gran agitación actual, el inglés se decantó al fin a devolver su espada al cinto y marchar prontamente de aquel castillo sin que fuera advertida su presencia por la guardia. Sin duda el misterioso hombre embozado que había originado todo aquel plan, más parecido a un golpe de estado que no a un acto de justicia impelido por el alma de una mujer muerta, tenía mucho que explicar sobre cuales eran sus motivos reales en aquel asunto que progresivamente iba añadiendo interrogantes alrededor de la sombra de Milady de Winter.

Pero justo en aquel momento, cuando Kane se decidía a abrir la puerta de las habitaciones reales buscando su huida de aquel lugar, irrumpió en la cámara del monarca un nutrido grupo de hombres armados en lo que parecía,más que una simple ronda de guardias nocturnos, una auténtica emboscada para impedir una situación ya conocida con anterioridad.

El grupo de hombres uniformados con el distintivo cardenalicio en sus casacas, despertaron en su alboroto al durmiente Luis XIII, el cual no pudo más que asustarse ante la irrupción inesperada de aquellos caballeros en sus habitaciones. En un momento de frenesí y desespero, Solomon Kane consiguió abrirse camino a golpe de espada a través del compacto grupo de guardias de palacio. No tardaron los soldados en lanzarse a la captura de Kane, comenzando de esta forma una persecución por los pasillos; presididos estos por una larga fila de habitaciones que comenzaban a abrir sus puertas mostrando el rostro confundido de sus ocupantes ante aquel griterío despertado en altas horas de la noche. Solomon buscó el escondrijo de una de aquellas habitaciones que había permanecido con la puerta cerrada en todo momento, por lo que el inglés no se lo pensó dos veces y penetró en su interior; sin poderse percatar a tiempo de los silenciosos pasos que detrás suyo se habían situado justo para golpearle con gran violencia sobre la desprotegida cabeza.

A pesar de la dureza del golpe recibido, Kane no perdió del todo el sentido e instintivamente buscó la espada en su cinto para dar buena cuenta de su misterioso atacante. Al girar sus talones, el inglés quedó petrificado ante la impresionante visión de una extraña criatura del color del ébano, de forma aparentemente humana y desproporcionados miembros que irradiaban una primordial sensación de fuerza y destrucción, pero mucho más cercano a un demonio procedente de las huestes de Satanás que no a un auténtico hombre. Su abombada frente se hallaba rematada por dos retorcidos cuernos de cabra y su bestial rostro, en el que destacaban dos estrechos ojos de rojo refulgir, como las llamas del infierno que le habían visto nacer, mostraba unas terribles fauces de largos colmillos tan afilados como cuchillas. Dos coriáceas alas membranosas se plegaban sobre su contrahecha espalda. Kane podía adivinar sin dudar la procedencia claramente sobrenatural de aquel monstruo; y aunque en otras ocasiones el espadachín ya se había enfrentado con los hijos de Lucifer, no pudo evitar un breve instante de indecisión que fue aprovechado por el demonio para levantar a pulso al inglés, tal como si de un pelele se tratara, lanzándolo con gran fuerza contra uno de los muros de la habitación, donde rebotó rodando por el suelo de la estancia al tiempo que perdía su espada. A pesar de sentir como todo su ser se estremecía de dolor y la sangre goteaba desde una profunda brecha abierta en su cuero cabelludo, Solomon se levantó tambaleante dispuesto a plantar cara al demonio, impelido por una fuerza que estaba más allá de toda cordura. El puritano, con una ardiente mirada en sus ojos, cerró su mano sobre el bastón que portaba al cinto y alzándolo sobre su cabeza, a modo de una pica, lo clavó profundamente entre las fauces del demonio que ya se cerraban sobre su garganta. Con un rugido inhumano, la criatura de los infiernos cayó al suelo tratando de arrancarse aquella improvisada estaca mortal, mientras giraba y se revolcaba locamente sobre sí mismo presa de una agonía más allá de cualquier entendimiento humano. Solomon vio como el cuerpo del negro demonio empezaba a deshacerse en medio de una hedionda humareda para desaparecer al fin, como si unas llamas invisibles le hubieran calcinado desde su interior. Por último, sólo quedó el bastón con cabeza de gato en el suelo de la habitación.

Kane ,a punto de perder el conocimiento como consecuencia del fuerte golpe recibido y del cansancio de la titánica lucha sostenida, reparó en la entrada en escena otro personaje, en este caso ya conocido por el puritano, y que había permanecido oculto detrás de un grueso cortinaje al otro lado de la cámara en sombras. Se trataba del misterioso hombre encapuchado, quien se dirigió hacia Kane sin temer, aparentemente, un nuevo ataque por parte de este. Solomon, como impulsado por un resorte a pesar del dolor de su cuerpo, se lanzó violentamente sobre la capucha del hombre movido por un desesperado intento de conocer la identidad de aquel misterioso personaje. Con un brusco tirón, Kane se quedó en su mano con la parte superior del embozo, dejando al descubierto de esta manera el sonriente rostro del cardenal Richelieu bajo el disfraz de la capa oscura.

-¡Por Todo lo que es Sagrado! ¡Sois Vos!- exclamó airado el inglés

-¡Necio! Al haber perdonado la vida al rey, habéis condenado la vuestra.- le espetó con un terrible brillo de odio en los ojos el hombre que manejaba en las sombras los destinos de Francia- ¿Acaso no habíais llegado a imaginar, ni tan siquiera por unos instantes, quién estaba detrás de un plan tan brillantemente concebido? Y también he sido yo quien desde un principio ha estado engañándoos para alcanzar mis objetivos en la corte al tiempo que conseguía quedar fuera de toda duda mi honestidad y fidelidad al rey. La criatura que tan sorpresivamente, he de reconocerlo, habéis derrotado hace unos momentos, es la primera de un gran ejército de servidores surgidos del infierno, con cuya ayuda conseguiré alzarme hasta el trono de Francia. Merced a las negras artes de la hechicería que he ido cultivando en secreto durante los últimos años harán lo que yo les ordene. Debido a mi alta posición eclesiástica, he logrado reunir durante años una serie de libros prohibidos, como el maldecido Necronomicon del árabe loco Abdul Alharez, que retiré de las muertas manos de un hereje hugonote tras la caída de La Rochela. Así he tenido acceso a conocimientos prohibidos. Y es que mis aspiraciones no se limitan a la banalidad de conseguir el favor del rey en beneficio de los hombres de mi guardia personal, sino que el destino que me ha sido asignado me señala como rey de este país y futuro emperador de Europa.-

Entonces Kane, sintiendo un gran vahído de debilidad debido a los esfuerzos que había mantenido desde que se viera involucrado en la locura del cardenal, cayó al suelo intentando recuperar con su mano diestra su espada y con la otra el bastón procedente de sus viajes por África. Este último llamó la atención del cardenal, el cual lo arrebató de la mano exangüe de su propietario, guardándolo en uno de los baúles de la habitación con gran interés por su parte hacia aquella singular lanza acabada en una cabeza de gato.

- Amigo mío, cuando os convoqué desde el pasado mediante un poderoso hechizo, ignoraba que vos también pudierais tener relación con el mundo de la magia, y estoy seguro que en mis manos este objeto será mucho más provechoso de lo que pudiera serlo en vuestra propiedad. Además, después de haberos sido destinada la suerte de los que intentan atentar contra la vida del rey, de poco os servirían vuestros fetiches cuando la férrea ley de la hoja de la guillotina acabe dictándoos su sentencia letal.

El cardenal, abandonando la habitación, ordenó a un grupo de hombres de su leal guardia que se mantenían en los pasillos cercanos de palacio para que se llevara al inconsciente cuerpo de Solomon Kane en dirección de nuevo a La Bastilla; donde por segunda vez, las oscuras celdas de dicha prisión volverían a hospedar al inglés, esta vez con las horas contadas sobre su vida.

9. El Sueño y la Realidad.

Una vez llevado en volandas por los brazos de sus carceleros, el cuerpo todavía inconsciente de Solomon Kane volvía a yacer desmadejado sobre el duro suelo de las celdas de La Bastilla. Mientras tanto, en palacio los acontecimientos derivados de la irrupción de Kane en las habitaciones del rey parecían haber despertado los fuegos airados de cierta polémica ya comentada con anterioridad al respecto de cual debía ser el cuerpo de guardia encargado de la seguridad personal del monarca de Francia. En aquellos momentos, todavía envueltos por la incertidumbre y el desconcierto vividos en las últimas horas en palacio, Luis XIII no dudaba en mostrarse francamente enfadado y decepcionado hacia las atenciones que para su seguridad los mosqueteros parecían haber dejado de tener en aquella noche. Enjuto en su malévola sonrisa, Richelieu no dudó en recordar al monarca que aquellos que habían impedido el asesinato del Rey gracias a su espontánea irrupción en los aposentos de este, eran miembros de la guardia del cardenal y no mosqueteros como en un principio hubiera podido parecer. El rey, a quien la creciente insistencia del cardenal había acabado por agriar su carácter respecto a aquel enojoso asunto, que ya estaba en boca de toda la corte y el populacho de París, llamó en audiencia privada, aunque con la presencia del Cardenal, al capitán de Treville , recriminándole con severas palabras.

-Treville, estoy francamente decepcionado por el completo desorden y despropósito del cual los mosqueteros han hecho gala en esta noche, que bien podía haber terminado en trágica jornada si no hubiera sido por la bienaventurada intervención de la guardia del cardenal en mis habitaciones. Es por ello que he decidido tomar a prueba durante los próximos días a los hombres de Monseñor como mis protectores personales, destituyendo momentáneamente así al cuerpo de los mosqueteros de esta responsabilidad que, según cual sea el comportamiento de la guardia de Richelieu durante estos días de prueba, puede pasar de transitoria a definitiva ,pues grande ha sido la decepción que vuestros hombres me han provocado.

El capitán de los mosqueteros, mortificado en grado sumo en su orgullo de gascón aunque disciplinado hasta más allá de lo que el deber le imponía, no tenía nada que decir al respecto de las duras palabras lanzadas por su rey, el cual se despidió de Richelieu y Treville en dirección a sus habitaciones con intención de retomar el sueño que de forma tan dramática le había sido robado en aquella noche. El Cardenal se despidió también del hasta hace poco máximo responsable de la seguridad del rey, y con claros gestos de triunfo en su caminar salió de esta manera de la habitación de Treville.

Al poco tiempo llegó Artagnan al encuentro de su capitán, y después de conocer las malas noticias que este le hizo saber al respecto de la nueva situación de los mosqueteros en palacio, el impetuoso teniente no dudó en hacer una apreciación a Treville referente a todo aquello que en tan negativa consecuencia para los intereses de sus compañeros había comenzado a gestarse, a juicio de Artagnan, a partir de la repentina desaparición de Athos, Porthos y Aramis vivida en los dos últimos días.

- Capitán, estoy totalmente seguro que todo esto está unido por los hilos de un plan maliciosamente ideado por la mente Richelieu, quien ha visto por fin cumplida su gran victoria sobre los mosqueteros con esta drástica decisión tomada por el rey. Además, creo no equivocarme si vos también consideráis posible la existencia de un traidor entre nuestras filas que, siempre actuando desde la sombra , ha sido el auténtico instrumento utilizado por el Cardenal en todo lo acontecido durante las últimas horas. Cabe señalar además que me encuentro en total seguridad de proclamar la inocencia del misterioso espadachín que cruzó esta noche su espada con la mía, situándole más bien como víctima del engaño maniobrado por una inteligencia diabólicamente embaucadora y perversa.-

Con estas palabras Artagnan abandonó la sala con la determinación clara de buscar entre sus filas la existencia de un traidor que, sin escrúpulos de ninguna clase, había vendido a sus compañeros a los deseos de desmesurado poder del cardenal Richelieu.

Mientras, en las catacumbas de la oscura prisión de La Bastilla, Solomon Kane continuaba habitando en el mundo de los sueños completamente ajeno a toda aquella tensión que progresivamente iba despertándose alrededor de las acciones en las cuales había intervenido a lo largo de los últimos días. Y mientras Solomon dormía sobre el duro camastro de aquella celda en el corazón de París, a mucha distancia, el bastón africano del inglés robado por el cardenal Richelieu comenzaba a emitir la misma luz blanquecina como hiciera horas atrás. Por algún motivo extraño, aquel fetiche proveniente de tierras africanas parecía comunicarse con los sueños de Kane y pronto toda la habitación de cardenal, quien en ese momento se encontraba fuera de palacio, se vio iluminada por el crudo resplandor de la vara terminada en cabeza de felino.

De esta forma, Kane volvía a retomar el sueño comenzado en aquella misma noche, recreando en su mente la familiar escena que, interrumpida, había aparecido en sus sueños dejando no pocas preguntas inconclusas tras de sí.

Otra vez aparecía la satisfecha imagen del cardenal Richelieu ante el espectáculo de un grupo de hombres deliberando algún tipo de asunto que sin duda había de condenar la vida de uno de ellos. Pronto surgió un elemento hasta entonces nuevo en las ensoñaciones de Kane. Se trataba de una mujer de rubia cabellera que, rodeada por el grupo de hombres allí reunidos, no cesaba en su empeño de atacar a estos con uñas y dientes por algún motivo ignorado. Su rostro, de una belleza inmensa, se difuminaba y se convertía por momentos en las retorcidas facciones de un demonio con retorcidos cuernos de cabra y punzantes colmillos en su boca. Solomon se percató además de la presencia de otra joven cercana al grupo de hombres y a la diablesa. Entonces la escena dio un giro dramático, al asestar de improviso una profunda cuchillada la demoníaca mujer a la joven cercana al ensimismado grupo de hombres, cayendo esta al suelo herida de muerte, con una mancha circular de sangre en su pecho que parecía condenarla definitivamente al olvido. Consumado este trágico suceso, el grupo de hombres se dirigió con implacable gesto en sus rostros hacia la diabólica asesina, la cual iba condenando a una suerte de estatuas de sal a todo aquel que, abrumado por sus encantos y sin par belleza, caía en la trampa de besar sus labios ofrecidos por ella con generosa maldad. Fue entonces cuando, en mitad del Pandemónium y la muerte que allí se habían dado cita, apareció la oscura figura de un voluminoso hombre enmascarado armado con una pesada hacha, cuyo largo y grueso mango descansaba sobre uno de sus hombros. La diablesa no tardó en adivinar cual iba a ser su suerte, y lanzando largos e hirientes gritos y maldiciones, terminó con la cabeza ensangrentada rodando por el suelo; adoptando esta a partir de ese momento la forma definitiva del demonio que hasta ese momento había habitado en su interior oculto tras la hermosa fachada de sus ojos azules y labios voluptuosos. En su cuerpo, a la altura del hombro derecho, se descubría entonces la forma de un tatuaje con la acusadora Flor de Lis que en Francia condenaba a todos aquellos seres viles que por la dureza sus crímenes habían sido condenados a muerte por la justicia del Rey.

Mientras esto sucedía en la mente de Solomon Kane, fuera de su celda todo parecía comenzar a tomar un cariz bien distinto, al cual el inglés había contribuido de forma importante sin proponérselo. Los mosqueteros vivían entre sus filas momentos de gran agitación, y su teniente, Artagnan de Bearn, se dirigía justo entonces por medio de un discurso a todos ellos buscando la oveja negra que había condenado al resto de orgullosos caballeros franceses. Desde la distancia de las habitaciones de Richelieu, el bastón africano continuaba lanzando ráfagas de luz blanca, mientras Kane se adentraba desde su celda de La Bastilla en el umbral de otro sueño de revelador significado.

En esta ocasión, los sueños de Kane descubrían la conocida imagen de tres caballeros vestidos de azul que irrumpían de improviso en la plácida estancia habitada por un hombre embozado, el cual iba acompañado de otro hombre con el rostro igualmente oculto detrás una máscara. Tras una dura lucha llevada a cabo entre los cinco combatientes, finalmente el hombre del antifaz en su rostro terminaba rindiéndose ante la ferocidad de sus contrincantes. Pero cual sería la estupefacción de estos al ver cómo el primero de los hombres embozados terminaba retirándose de aquella escena con completa seguridad para su persona y sin temer ser prendido en su fuga.

Justo entonces un golpe de metal despertó a Solomon de su profundo sueño, disipándose y apagándose al mismo tiempo en otro lugar la densa luz proyectada por el bastón africano. Situados en la puerta de su celda permanecían erguidos cuatro hombres vestidos con la casaca azul de los mosqueteros con una amplia sonrisa sobre sus rostros. Estos caballeros no le resultaron en absolutos desconocidos al sorprendido inglés. Se trataba de aquellos tres mosqueteros, Athos, Porthos y Aramis, a los cuales Kane creía haber dado muerte en un acto que el inglés ya declaraba como totalmente desgraciado por su parte. También iba con ellos el joven teniente de aquel cuerpo de la guardia francesa con el que Solomon había mantenido un duro enfrentamiento al comienzo de la noche, el cual comenzó a hablar con una mezcla de cansancio por todo lo vivido y regocijo complaciente al expectante inglés.

-Me alegra el poder encontraros ya despierto, caballero, pues muchas son las explicaciones y noticias que he de daros a conocer y para lo cual os necesito perfectamente despejado. Finalmente, se ha descubierto la identidad del mosquetero traidor que desde la sombra ha estado llevando a cabo todo el plan perfectamente estudiado que debía desembocar en el cese de las responsabilidades de protección del rey de los mosqueteros a favor de los hombres de la guardia personal del Cardenal Richelieu. Dicho personaje había pactado con la cabeza pensante de este traicionero plan su posterior incorporación al cuerpo de guardias de Richelieu, asumiendo además la oficialidad, un cargo de mando en el mismo. Por fortuna Luis XIII ha devuelto la competencia de la seguridad de palacio a los mosqueteros después de darse a conocer la maliciosa trama que en un intento por desvirtuar a nuestro cuerpo se ha dado en los últimos días. De alguna manera, os habéis visto envuelto en mitad de una oleada de pasión y traiciones de las cuales temo no errar si creo en vuestra inocencia a este respecto, así como el completo desconocimiento de causa sobre el cual parecíais estar obrando siempre bajo el engaño de otro-

- No os equivocáis en absoluto, teniente- contestó Solomon Kane mientras se pasaba una mano sobre la costra de sangre, ya reseca, de su frente.- Aunque no dejo de sentir un profundo dolor por todo cuanto, ciego y sordo a la autentica verdad, he provocado y desposeído en los últimos dos días. Si bien debo decir que, y creo que no me engañan los ojos, la muerte que creí haber dado a estos caballeros que os acompañan afortunadamente parece no haber resultado totalmente cierta tal y como la di por hecha en un principio-

Athos tomó la palabra, envuelto como siempre en su semblante pálido y desgarrada voz.

-Estáis en lo cierto, pues en mi caso no se trató más que de una pérdida temporal de conciencia provocada por el dolor que este maldito hombro me viene produciendo durante las últimas fechas siempre que me veo obligado a intervenir en un combate.

-En mi caso se trataba también de un ocasional desmayo. - señaló Aramis retomando las palabras lanzadas por su compañero. Y es que amigos míos, parece ser que estoy condenado a dejar este rudo oficio de la caballería para dedicarme al fin a menesteres más reposados para mi espíritu anhelante del estudio y no de la batalla.

-Y yo solo puedo decir que vos me subestimasteis, mi bravo inglés, pues es largo conocida mi fama de excelente nadador en todo París. Por todo ello, ¿acaso me iba a dejar llevar ignominiosamente por la corriente del Sena? No, amigo mío, no es este el fin que el destino ha fijado para el caballero Porthos en el final de sus aventuras en la tierra de los vivos.

-Entonces,-argumentó Solomon bastante más tranquilo que antes de empezar la conversación con los cuatro espadachines- ¿ a qué se debe que no dierais señales de vida hasta ahora en que-recordando por un momento las formas vislumbradas en sus sueños de aquella noche- vuestra intervención parece haber resultado determinante para el definitivo esclarecimiento de todas las intrigas despertadas en torno a palacio?-

-Simplemente se trataba de un gesto estratégico por nuestra parte, en el cual decidimos no darnos a conocer hasta que hubiéramos descubierto la identidad del mosquetero traidor; al cual se encargó de desenmascarar Artagnan después de haber encontrado en sus bolsillos una copia de la carta que dicho personaje se encargó de firmar con el sello de los mosqueteros, entregando de esta forma la oficialidad de nuestro capitán de Treville a manos del artífice de todo este malévolo plan.

-El nombre del traidor concluyó en las explicaciones dadas al respecto Artagnan- no podemos hacerlo público, ya que entonces se despertaría un gran revuelo en las calles de la ciudad dada la fama y buen nombre que este caballero había conseguido labrar hasta la fecha. Pero lo cierto es que todos los aquí reunidos sabemos que, detrás de este mosquetero traidor, existe alguien muy poderoso y que ha sido en todo momento el auténtico cerebro de la trama.-

- Y ese hombre es el cardenal Richelieu, como bien sabéis- apostilló Kane- Aunque sospecho que no está en vuestras manos el poder llevarle hasta la justicia. Y aunque mi alma clama venganza contra él, un poder que no comprendo me impide, esta vez sí, aplicar la justicia de Nuestro Señor contra un servidor de los infiernos. Esa misión ha de quedar en vuestras manos, caballeros.-

Los cuatro mosqueteros asintieron en silencio aquellas reveladoras palabras, enfurecidos en su mirar por la impotencia que parecía condenarles a no poder inculpar al ideólogo de la traición al Rey debido a su privilegiada situación en la corte. Entonces Solomon Kane comprendió al fin toda una serie de incógnitas que hasta la fecha le habían mantenido apartado de la auténtica verdad de todo lo vivido; la carta firmada por el mosquetero traidor al cuerpo, la importancia del hombre embozado en todo aquel asunto y la posición de privilegio que hacía del Cardenal Richelieu alguien imposible de ser acusado como cabeza pensante de aquella trama. Jamás el testimonio de un inglés sobre la verdad de todo este asunto, dada además la mala fama con la que sus compatriotas contaban dentro de las fronteras francesas desde los últimos conflictos diplomáticos y bélicos vividos entre las cortes inglesa y francesa, sería tomado en consideración por los tribunales de Francia. Tan sólo quedaba algo por determinar; Kane necesitaba certificar en boca de alguien que se hubiera visto involucrado en el asunto la verdad que en los extraños sueños vividos en aquella noche parecía haberle sido revelada en cierta forma sobre quien había sido realmente Milady de Winter y las razones que envolvían a los motivos de su muerte.

- Aún existe algo que quisiera conocer en honor a la verdad. Se trata de una mujer llamada Anna de Breuil de la cual quisiera saber si la muerte que por vuestra mano le fue dada había sido justificada por una razón de justicia real o no.

Entonces, una inmensa melancolía abarcó totalmente el rostro del caballero Athos, el cual con un imperativo “sí” que Solomon Kane creyó sin dudas y al que no tenía nada más que añadir en relación a la muerte de la diablesa conocida como Anna de Breuil, duquesa de Winter.

Y así fue como Solomon Kane abandonó finalmente París, tras haber dejado tras él una larga sombra de violencia que había acabo forjando nobles lazos de amistad entre este y los cuatro caballeros infatigables protectores de la tranquilidad en la corte francesa. Poco antes de dejar la ciudad, llegó al encuentro del inglés uno de los cadetes, aspirante a mosquetero, enviado por Artagnan que llevaba en su mano algo que le era bien conocido a Solomon. Se trataba de su bastón africano, al cual Kane se había sentido extrañamente unido en los reveladores sueños vividos la noche anterior.

- El teniente Artagnan os presenta sus respetos y me envía para entregaros este objeto que ha sido encontrado tirado sobre el suelo de una de las habitaciones de palacio y que mi teniente ha querido insistir en hacéroslo llegar al estar seguro que es de vuestra propiedad -

- Es cierto, seguramente lo reconoció por haberlo visto sujeto a mi cinto durante el duelo que ambos mantuvimos en la cámara del capitán de Treville, en palacio. Dadle las gracias a vuestro oficial por esto y también por haber intercedido ante el rey para que me fuera devuelta la libertad -

De esta forma, de nuevo acompañado por aquel extraño fetiche de tierras africanas, Kane abandonó definitivamente París sin cabalgar en montura alguna, ya que una silenciosa llamada resonando en su interior le susurraba para que retomase un camino largo tiempo interrumpido en el pasado.

Tiempo después, cuando Artagnan le preguntó al cadete por la conversación mantenida con el enlutado puritano, el joven aspirante juró por su honor que creyó ver como la figura del alto espadachín, envuelto en una pálida luminosidad que parecía emanar del extraño bastón que portaba en su cinto, se difuminaba y desaparecía fundiéndose con los últimos rayos del sol del atardecer, como si nunca hubiera existido.

NOTAS.

Por Eugenio Fraile

(1)- El Hombre Pequeño. En el francés original.

(2)- Señor. En el francés original.

(3)- Solomon Kane se refiere a las luchas que enfrentaron, en los siglos XVI y XVII, a los hugonotes franceses de creencias religiosas afines al protestantismo apoyados por los rebeldes flamencos de Flandes y la reina Isabel I de Inglaterra, y al Liga de Católicos Franceses, ayudados por el emperador español Felipe II. Los conflictos entre ambos grupos confesionales durarán desde 1562 a 1629, siendo el suceso más trágico la Noche de San Bartolomé, en el año 1572, en la cual tiene lugar la matanza de herejes calvinistas.

Muerto el rey de Francia, Enrique III, Enrique IV de Borbón (1589-1598) emprendió las operaciones para instalarse en el trono; para evitarlo, el rey español envió tropas a París, al mando de Alejandro Farnesio, y propuso como reina de Francia a su propia hija, la princesa Isabel Clara.

Enrique de Borbón, temiendo que Felipe II se hiciera con el trono de Francia y ante los continuos descalabros que sufrían sus ejércitos a manos de los Tercios españoles, acabó por convertirse al catolicismo en el año 1593 y la firma del tratado de Vervins en 1598, puso fin a las disensiones entre las dos naciones.

(4)- Ver “Las Colinas de los Muertos”. “Las Aventuras de Solomon Kane”. R.E. Howard. Colección Ultima Thule. Editorial Anaya.

(5)- Lapso de tiempo transcurrido entre la aventura narrada en Las Colinas de los Muertos” y “Hawk de Basti”.

(6)- El 2 de septiembre de 1628, el Duque de Buckingham fue asesinado por Felton, un oficial de creencias puritanas, alegando que el duque había abandonado y traicionado la causa protestante por su retirada de La Rochele.

(7)- La Rochela era la plaza fuerte y capital de los rebeldes hugonotes en Francia. El 27 de junio de 1627, el Duque de Buckingham partió del puerto de Portsmouth con una flota de un centenar de navíos para apoyar a La Rochela y desde allí, comenzar la invasión de Francia, incitando la guerra civil que pretendía iniciar el Partido Protestante hugonote contra el rey Luis XIII. La inteligencia de Richelieu y su determinación hicieron fracasar la invasión inglesa y conquistó la “ciudad santa” protestante el 28 de octubre de 1628.

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA.

-"La Senda de Solomon Kane: Un Biografía Informal”. Artículo por Fred Blosser.

-“Los Tres Mosqueteros”. Alejandro Dumas. Editorial Ramón Sopena. Barcelona 1965.

-“Richelieu”. Auguste Bailly. Editorial Espasa-Calpe. S. A. Colección Austral. Madrid 1969.

-“Flandes contra Felipe II”. J.Alcala-Zamora, G.Parker, M.Fernandez y A. Domínguez Ortíz. Cuadernos de Historia 16 Nº 5. Madrid 1985.

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